Jueves 12 de Octubre de 2017
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Pablo Beecher
Día del Maestro
Teresa: La maestra de Turbio Viejo
En Misiones, la familia de Teresa Krioca tenía una granja y un yerbatal, inmigrantes ucranianos que ingresaron al país por Brasil. En 1947 recibió en Posadas el título de maestra en el Colegio “Hermanas del Verbo Divino”. En 1948 se casó con Eduardo Dadomo, que era gendarme, y fueron trasladados al destacamento de Itatí, en la frontera con el Paraguay, donde Teresa enseñaba en una escuela parroquial y en otra pública. En 1953, la Dirección General de Gendarmería destinó a Dadomo como encargado del Escuadrón de Río Turbio. Había una vacante para maestra, pero solamente en El Turbio Viejo, a pocos kilómetros de la localidad minera
Domingo 17 Sep 2017
Teresa Krioca y sus hijos, Federico y Ana María Dadomo, en El Turbio, 1959.

Teresa Krioca y sus hijos, Federico y Ana María Dadomo, en El Turbio, 1959.

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Una infancia feliz

Sus abuelos eran ucranianos, llegaron al Brasil antes de 1900, algunos inmigrantes bajaron, cruzando a la Argentina y quedaron en Corpus, Misiones, otros fueron a Chaco, Formosa o Buenos Aires. Había de religión ortodoxa y católicos, ellos eran católicos. El abuelo materno quedó en Colonia Pellegrini, donde nació la mamá de Teresa, Ana Turique, después fueron a Corpus. Había en la zona muchos ucranianos, también polacos, alemanes y japoneses, que cultivaban el té.

El padre de Teresa, Federico Krioca, era yerbatero, tenía cincuenta hectáreas de yerba mate, aparte tenía granja, criaba vacas, ovejas, cerdos, es decir que podían autoabastecerse. Ana se ocupaba de los quehaceres de la casa. 

Teresa nació en Corpus (a una hora de viaje de Posadas), donde se crió hasta los veintiún años. Fueron nueve hermanos, hablaban ucraniano y castellano. Una bisabuela, Ana, vivió hasta los cien años y a Teresa le gustaba conversar con ella porque hacía mate, se sentaba debajo de una planta y le contaba recuerdos de Ucrania, ella fumaba pipa. 

(Un plato típico, el piroli, es una empanadita hervida rellena con cebolla de verdeo picada y condimentos, después se le hace una salsa de crema de leche condimentada. Una conserva típica son los pepinos chicos en salmuera). 

La casa era de madera con corredor, es decir que por fuera tenía galerías abiertas. Tenía cuatro dormitorios, cocina, sala, despensa y sótano para los embutidos ahumados. Una vez al año se mataban un novillito y un cerdo de más de trescientos kilos para tener provisiones durante el año.

El verano es cálido, pero en invierno tenían diez grados y a veces un grado bajo cero. Era llovedor y a veces sufrían sequía de seis meses, la temperatura era de más de cuarenta grados y los chicos se bañaban en el río. 

Federico hizo un tajamar de cemento donde se bañaban en agua cristalina. Hicieron un bosquecito en el que jugaban con los chicos de los vecinos. 

El domingo iban a pie cuatro o cinco kilómetros hasta el pueblo para concurrir a la iglesia, siempre pasaban por la casa de los abuelos y después ellos iban a la casa de los nietos en la granja.

El ferrocarril pasaba por el lugar, aunque no eran de viajar, sí Federico, cuando tenía que hacer algún trámite en Posadas. En esa época, Buenos Aires solamente estaba en la imaginación. 


El yerbatal

En el yerbatal trabajaban cerca de cuarenta personas durante la temporada, desde mayo a septiembre, muchos venían del Paraguay. No se conocía el dinero, todo se pagaba con vales para comprar en los almacenes de ramos generales. Algunos comerciantes se aprovechaban de la gente y nunca podían desendeudarse. Esto desapareció con Perón. 

Una figura conocida era el hachero que desmontaba los árboles. El “capanga”, el capataz, les pegaba con un rebenque a los hacheros cuando se ponían a descansar.

Cuando cosechaban la yerba mate estaba lo que se llamaba el barbacuá, no había secadero ni máquinas. Primeramente se traían los raídos, la yerba mate “ponchada”, es decir, embolsada. Ahí, el tarefero, que era el que cortaba la yerba, hacía que cada productor tuviera su cantidad de raídos y de acuerdo al peso se le pagaba. De ahí se pasaba adonde había un tambor grande, redondo, que abajo tenía un horno del que salía el calor para secar la yerba. Había dos o tres peones que sapecaban eso, todo a mano, después pasaban a la barbacuá, que era como un semicírculo de tacuara, en donde tiraban la yerba sapecada y seguía secándose, dando vueltas continuamente. En dos o tres días quedaba lista. 

Más adelante se pasaba a la molienda, que era un espacio de madera con base de piedra, con un rollizo con clavos que un caballo hacía girar. Después se embolsaba y quedaba en un lugar seco; luego venía un comprador.


La escuela

Teresa hizo sus estudios en la Escuela 17. Era traviesa. Una vez el maestro la puso en penitencia en el rincón, pero ella se daba vuelta y hacía muecas, entonces alguien le avisaba: “¡Señor, señor!, ¡Teresa está haciendo muecas!”. Se aprovechaba porque el maestro vivía en la casa del abuelo, porque tenía negocio y una habitación que daba en pensión. 

Los maestros eran severos, cada grado tenía un puntero con el que les pegaban a los chicos en las manos si se portaban mal. Si uno faltaba dos días seguidos, el director iba a la casa a preguntar, porque algunos chicos hacían la “rabona”, se escondían hasta que tocaba la campana y después muy tranquilos salían a pasear. El guardapolvo era color gris y después los cambiaron al beige.

Teresa pasó de la Escuela 17 a la 15 de San Ignacio porque era más cercana, para terminar el sexto grado. Y fue luego, por intermedio del párroco, a Posadas, al Colegio de las “Hermanas del Verbo Divino”, cinco años internada. Sus hermanas también fueron al mismo colegio mientras que sus hermanos estudiaron pupilos en el “San José” de los salesianos. 

Las religiosas eran severas, levantaban a las alumnas a las seis de la mañana, iban a misa, volvían para hacer las camas, desayunaban y a los cursos. 

Los padres enviaban todos los meses el dinero de la cuota. No salían salvo que las hermanas las llevaran de paseo por la ciudad.

El colegio ofrecía modalidad común, Magisterio y Comercial. Había nacido en Teresa el amor y la vocación por enseñar y estar con los niños. 

En 1947 se recibió de maestra y cuando le entregaron el certificado, fue a la Inspección para anotarse y ahí mismo le dijeron que hacía falta una maestra suplente, entonces fue a dar clases a una escuela de Gobernador Roca, también Departamento de San Ignacio.

En un baile familiar conoció a Eduardo Dadomo, un gendarme cordobés que estaba en el destacamento del lugar. Los Krioca no estaban muy de acuerdo con el novio, pero finalmente lo aceptaron.


En Itatí. Hacia Río Turbio 

El 30 de diciembre de 1948 se casaron, ese día llovía torrencialmente y la gente le decía: “¡Vas a tener mucha suerte!” y Teresa pensaba: “¡La bendición del cielo!”.

Fueron a Itatí, adonde trasladaron a Eduardo, y Teresa estuvo trabajando un turno en la Escuela Parroquial y el otro en la Nacional 227. 

Había paraguayos, brasileños e hijos de brasileños. Tenían grado por grado. 

Eduardo estaba como encargado del personal y a veces salía en comisión por la frontera del Paraguay, por el contrabando comercial, lo que no había en un país lo traían del otro.

En Corrientes luego levantaron la Gendarmería y quedó solamente Prefectura, porque era costa de río, entonces, cuatro años después de haber llegado, tuvieron otro destino asignado.

En la Dirección General de Gendarmería destinaron a Eduardo como encargado del Escuadrón en Río Turbio, territorio de Santa Cruz, sin embargo, le ofrecieron quedarse en Buenos Aires u otro lugar, y él dijo: “No, a mí me destinaron a Río Turbio y a Río Turbio voy”. Teresa, lo único que sabía de la Patagonia era sobre el frío, las estancias y las ovejas.

Llegaron en tren a Buenos Aires, ella no conocía la ciudad, después salieron en otro tren hasta San Antonio Oeste y de ahí en un ómnibus viejo hasta Río Gallegos. 

Era principios de junio de 1953, había nieve, hielo y mucho frío. Teresa quedó en el hotel “Covadonga” mientras que su marido viajó a Río Turbio, porque todavía no tenían casa: “Me quedaba en la habitación, casi me muero de angustia, los primeros días lloraba mucho. No me animaba a salir porque no sabía caminar en el hielo. A veces venía el jefe del Escuadrón de Gallegos para preguntarme si necesitaba algo, pero lo único que necesitaba era tener mi casa”.

El Escuadrón de Río Turbio estaba en Mina 1, los mismos gendarmes tuvieron que construir las casas. Hasta que no estuvo lista la de los Krioca, Eduardo no quiso llevar a su esposa, entonces él iba y venía. Un mes después, otro gendarme, Mariano Bórquez, le dijo a Eduardo que su esposa iba a estar mejor en su casa con su señora, “Lucita” Eamans. Con ellos estuvo cerca de cinco meses: “Tenían a sus hijos chicos. Un encanto de gente… Más adelante conocería a su hermano “Chalía”, que hacía el correo al Turbio”.

Llegaron finalmente a Río Turbio en un viejo ómnibus de “Miseria”, salieron a las ocho de la mañana y llegaron bastante tarde. Teresa, poco a poco, iría adaptándose. 


La escuela que no era escuela

El director de la Escuela 15, el maestro Pintos, le dijo que no había vacante en Río Turbio, solamente una en la escuela de El Turbio, pero la única forma de tomarla era quedándose de pensionista en el hotel de Paulino García. Había una comisaría, la escuela, el Juzgado junto con el Registro Civil y unas pocas casas de los policías y los empleados del yacimiento (YCF). El juez de Paz era Raymundo Fernández y el comisario Señoriño, que lo primero que le preguntó fue si era maestra recibida: “Ah, bueno, la felicito, porque la que estaba acá antes no era maestra”.

Había treinta alumnos, pero en realidad no tenían escuela, ni local, entonces los dejaron usar un salón de la comisaría de cuatro metros por tres y medio, al lado del guardia y la oficina del comisario.

Los bancos los mandó de Río Gallegos Manuel Miranday, de la Escuela 1. Y así, todos apretados, Teresa empezó dar clases el 13 de octubre de 1953 (el ciclo empezaba en septiembre). 

El esposo, Eduardo, quedaba en las instalaciones de Gendarmería en Mina 1 e iba algunos fines de semana a El Turbio con un transporte, después compró una moto, pero no tenían teléfono. Era una incomunicación. 

“Los chicos estaban contentos, algunos tímidos, otros traviesos, tuve de seis a doce años, mezclados. Había argentinos, hijos de chilenos, hijos de británicos, rusos. Hice un grupo, según las edades, con los de primer grado; otro con los de primero superior y segundo; otro con tercero y cuarto, y quinto y sexto. Me quedaba al lado de cada uno hasta que entendiera la clase, les daba tarea para la casa y reclamaban si nos les dada. Me acostumbré tanto a trabajar así que después, cuando tuve un solo grado, me veía perdida, la hora me sobraba. El 25 de mayo terminaban las clases”. 

Las estancias “Punta Alta”, “Fermina” y “Stag River” llevaban a sus chicos, cada una por separado, también iban los chicos de la ladrillería.

Era incómodo cuando llevaban a la comisaría detenidos o borrachos, eso no ayudaba porque los chicos observaban todo, entonces la cooperadora gestionó para que se mudaran al edificio del viejo Juzgado, pero había que arreglarlo porque el piso tenía algunos agujeros por donde entraba un viento helado. Una vez que estuvo arreglado, empezaron a dar clases, inclusive Teresa tenía su casa en el mismo edificio. 

Mientras la escuela funcionaba en el viejo Juzgado, la cooperadora y el Gobierno Provincial empezaron a hacer el edificio nuevo, que tuvo una cocina, dos dormitorios, la sala comedor y aulas de cinco por ocho. La Cooperadora Escolar estaba formada por los administradores de las estancias, que realmente ayudaron mucho a la escuela.

“Me acuerdo de los Konopatov, Piccinini, Cuyul, Dubini... También los preparaba para la Primera Comunión, dándoles Catecismo. Monseñor Magliano venía a El Turbio todos los meses y traía a los chicos canastas con medialunas, por eso venían todos a misa”. 

En 1954 Teresa estaba embarazada, esperaba a su primer hijo. Fue atendida en Río Turbio por el doctor Gómez, ahí también estaba el doctor Blachere y una partera. Federico Dadomo nació en 1954 y Ana María Dadomo en 1958.


(El maestro Pintos y su esposa, Susana, también maestra, eran peronistas, y cuando fue la revolución del ‘55 los destituyeron. Un matrimonio muy querido y apreciado. Un tiempo antes, la madre de Pintos había muerto en el incendio de su casa. Conmocionó a la comunidad). 


(Continuará).

Domingo 17 Sep 2017