Jueves 12 de Octubre de 2017
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Destellos Patagónicos
Selección de cuentos y relatos cortos
Jueves 12 Oct 2017
Este es un espacio cedido por La Opinión Austral hace más de diez años para aproximarnos a usted, Sr. Lector, e invitarlo a compartir el buen uso de las nuevas tecnologías, informática, Internet, como un medio de apoyo a la docencia, como una eficaz herramienta para ayudar desde la labor educativa salesiana en este vital proceso del “saber ser, sabiendo hacer”. Desde nuestro lugar, Patagonia austral argentina, abrimos una ventana, Destellos Patagónicos. Desde su apertura de par en par, nos ofrece en esta entrega:

Policía montada 
en Cabo vírgenes
(Parte II)
Por Sergio Pellizza

La primera jornada hacia Cabo Vírgenes de esta Policía montada fue lenta, por la dificultad del ganado. La hacienda, de 150 bovinos, se movía despacio. El cuadro que se fijaba en los ojos de Teófilo era inolvidable. En primer término el arreo, la caballada, las chatas cargueras y los jinetes. La senda la hacían al marchar hacia el sur. Hacia atrás quedaba el norte. Quedaban los grandes bajos que, arrancando a la izquierda del río Santa Cruz y río Chico, se extienden hasta San Julián. Estos bajos con más de 100 metros bajo el nivel del mar y constituyen la depresión más importante del hemisferio sur. Acamparon en un lugar conveniente para animales y humanos.   
Día 7 de agosto 188... Así abría Teófilo su diario de campaña.
Hora, 7 de la mañana, mucho frío húmedo, por aporte de aire del este. El sol saldrá a las 9 y tendremos media hora de luz de crepúsculo. Como una disposición no ordenada, en esa pereza helada se despertó el campamento; toda la gente de campo sabía, sin consultar el almanaque náutico, la hora de partir. El sol apareció brillante, con su precisión acostumbrada, en un cielo sin nubes con un cielo azul purísimo, pareciendo que la atmósfera se estremeciera de contagiosa emoción.
Hacia las dos horas de marcha se vio un humo al frente, a la derecha, en dirección a Punta Arenas. 
Teófilo, sin pensarlo dos veces, se dirigió al humo acompañado por su recientemente nombrado comisario Villagrán. Primera misión de la Policía montada. A unos 4 kilómetros encontraron una carpa y algunos caballos sueltos.
-¡Hola buenos días!, ¿hay alguien aquí?…
Se abrió la puerta de la carpa y apareció un hombre de regular estatura cubierto con un quillango. Asomaba por entre los pliegues de este una carabina que apuntaba alternativamente a Teófilo y al comisario Villagrán.
-Tranquilo hombre, dijo Teófilo, somos la autoridad argentina en estos lugares y ¿usted quién es? 
El hombre dejó de apuntar con su arma a los recién llegados y respondió.
-Soy Gerónimo Habit –Oie, ingeniero de minas. Salí de Punta Arenas hace 8 días y me dirijo a Santa Cruz para solicitar pertenencia minera en Cabo Vírgenes.
-Mucho me alegro Sr. Gerónimo en que respete la ley.
-¿No tiene diarios a alguna noticia del norte? Hace 4 meses que no llega barco a Santa Cruz.
-No señor oficial, dijo Gerónimo, sólo tengo unos ejemplares de “Le Tems” donde se da cuenta del descubrimiento de oro en Cabo vírgenes. En Punta Arenas no se habla de otra cosa. Como viajo ligero, espero alcanzarlos en el río Coile. 
Una hora y media duró la ausencia de Teófilo y Villagrán de la tropa, que seguía su lento avance hacia el sur. Los esperaban muchas preguntas de sus compañeros de viaje. Este episodio puso una nota diferente en la rutina del viaje y toda la gente imaginó que juntarían oro en bolsa y que al final todos materializarían sus sueños. 
Los días 8, 9, 10 y 11 de agosto trascurrieron sin novedad y los llevaron hasta las orillas del río Coile. Tuvieron un tiempo excelente. El día 11 a la tarde entraban en el valle con buenos pastos para los animales. Como dice el refrán: “Hacienda bien comida es, hacienda pronto echada”. Dejan a dos hombres a su cuidado y continúan con la carga unos dos kilómetros más arriba, en la falda de una colina cubierta de matorrales de buena leña. 
El tiempo espléndido que los había acompañado hasta aquí parecía cansarse de su amabilidad y estaba dando indicios de que cambiaría rápidamente. Los hombres de campo saben leer estas señales y se preparan. Las nubes provenientes del suroeste no se veían amenazadoras. La aguja del barómetro parecía danzar en su cuadrante numerado. El buen sentido común de Teófilo le dijo que escuchara lo que tenía que decir el viejo peón Eustaquio, nacido y criado en la Patagonia. 
-Patrón, se viene la mala, mejor esperamos hasta que aclare.
-Está bien, dijo Teófilo, transmítale la orden al comisario Villagrán de que disponga el armado de las carpas al reparo, al pie de la colina. 
-No bien esté ubicado el ganado, que disponga una ronda de vigilancia a relevarse cada dos horas. 
El viento comenzó a soplar del suroeste con fuerza al atardecer. Como una hora más tarde, comenzó a caer granizo como arroz, descargándose enseguida una fuerte nevada. Teófilo sabía que después de la nevada bajaba mucho la temperatura y todo se congelaba. No era bueno, pero peor era que se levantara viento fuerte, esto sacudiría las carpas, castigaría al ganado y los mantendría incómodamente inmovilizados hasta que amainara. 
Justo esta es la previsión que se cumplió. A la madrugada comenzó a soplar fuerte del sudeste con mucha nieve y un frío intenso se dejó sentir. El termómetro marcaba 4 grados bajo cero en el interior de la carpa. La caballada, con el anca al viento, no se movía. La temperatura afuera era de 8 grados bajo cero y seguiría descendiendo. Con un tiempo semejante, no era posible dejar el campamento y continuar hasta el río Gallegos. Lo único bueno en este esperar a que aclarara fue que una tropilla de guanacos, buscando abrigo, se había recostado sobre el campamento que, todo cubierto de nieve, no les había advertido del peligro del hombre cercano. Ver a estos animales y escuchar despertar el instinto cazador fue cuestión de segundos. Bastaron unos pocos disparos para tener carne suficiente hasta el final del viaje. 
Parecía una incoherencia, tanto ganado y tener que cazar guanacos para comer carne. Pero Teófilo, oficial de marina con férrea disciplina militar, tenía la orden de que el ganado tenía que llegar intacto a destino, era una orden. No entendía bien cuál era el plan del gobierno nacional. Tenía un sobre cerrado que había llegado con las órdenes y que debía abrirlo al llegar. Y así se haría. 
Mientras, el viento y la nieve seguían sacudiendo y enfriando las carpas. La temperatura afuera ya estaba en 16 grados bajo cero. Se cumplía el tercer día de espera en el campamento y 14 desde la partida de Santa Cruz. 
La misión debía continuar… y el relato también…

Continuará

Jueves 12 Oct 2017