Martes 14 de Noviembre de 2017
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Pablo Beecher
Miradas centenarias… vivir 100 años
María Alvarez: Un ejemplo de resiliencia
En el ‘900 Asturias dejaba partir de sus brañas y pedregales a muchos osados que imaginaban a la Patagonia como tierra de esperanza. Tantos contares de una familia a la otra y de un pueblo a otro, provocaban cada partida. En 1917 Manuel Alvarez regresó a España después de cuatro años de abnegado trabajo en el campo sureño que deterioró sensiblemente su salud. En los años ‘30, cuatro de sus hijas, fuertes y laboriosas, llegarían a Santa Cruz. María Alvarez fue una de ellas.
Domingo 5 Nov 2017
María y Manuel Alvarez con su hijo Julio. (Foto Roil).

María y Manuel Alvarez con su hijo Julio. (Foto Roil).

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En Sardín
La familia de María era oriunda de Sardín, Soto Rivera, Asturias. Manuel Alvarez y Anastasia Muñiz fueron sus padres. Tuvieron nueve hijos: Encarnación; Avelina; Laureano; Manuel; María; Luciano; Marina; Josefa y Pilar. María nació en 1913.
Allí, muchos jóvenes trabajaban en las peligrosas minas de carbón “El Caudal”, donde pagaban bien y, por salubridad, se jubilaban con buen dinero en pocos años. Además, la actividad en la región de Sardín era la agricultura en pequeñas extensiones de tierra, donde cada familia cultivaba y cosechaba porotos, maíz, papas, zanahorias, avellanas, nueces y castañas, y criaba sus animales, chanchos, chivos, ovejas y vacas. Todos los productos se comercializaban en el mercado de Mieres.
Después de que hicieron el servicio militar, los hermanos de María se casaron y fueron a trabajar a las minas, en la casa quedaron las hermanas, que debían hacer todas las tareas de campo, como recoger la cosecha y cuidar los animales. 
El trabajo era más importante que la escuela y si debían ayudar en los trabajos del campo, directamente no iban a estudiar.
Anastasia le decía a Manuel: “Manolo, las chicas van al colegio” y él decía: “¡No, que hay que hacer trabajo en el huerto y en la tierra!” y después agregaba: “que vayan a aprender a leer y escribir por si se van a ese mundo, allá adelante (refiriéndose a Argentina), para que sepan mandar una carta, para saber nosotros dónde están”.
Cuando se celebraba la fiesta de San Juan, que duraba ocho días, iba un grupo de muchachas del pueblo a la verbena y regresaba a la madrugada (durante el día, se hace la ‘romería’ y a la noche es la ‘verbena’), las acompañaban los hermanos, porque si no, no les permitían ir: “Esa fiesta era hermosa... Había bailes con banda de música, voladores (fuegos artificiales), juegos y payasos… También hay otras fiestas que duran menos tiempo, pero como debíamos trabajar en el campo, llegábamos cansadas tras caminar una hora hasta llegar a Vaíña, en Loredo, para la verbena. 
Mi madre tocaba la pandereta, recuerdo que la gente llegaba a mi casa los sábados o domingos para pedirle: ‘Anastasia, venga a tocar la pandereta que queremos bailar’ y mamá caminaba hasta la plazoleta, adonde se acercaban las madres, vigilando a sus hijas y las parejas bailaban sueltas. 
Nos gustaba cantar mientras trabajábamos, sin descuidar el trabajo”.

Emigrar 
Muchas de las esposas que emigraron a la Patagonia regresaron a España, dejando aquí a sus maridos. Si las esposas no acompañaban al marido al campo para trabajar, quedaban en los pueblos como cocineras o lavanderas en los hoteles y pensaban que, entre lavar aquí en casa ajena y lavar en España, en el propio hogar, mejor volver a España.
Más de uno que llegaba al sur, si hubiera tenido plata para un pasaje de vuelta, marchaba a España otra vez. Algunos muchachos estuvieron unos pocos meses aquí y regresaron a sus pueblos en España para que todos se burlaran diciéndoles: “¿Qué tal la América?”, “¿Qué trajiste de la América?”.
Manuel Alvarez -el padre de María- llegó a Santa Cruz en 1913. En España se hablaba mucho de América y de la posibilidad de emprender una nueva vida. La mayoría de los jóvenes de diecisiete o dieciocho años decidía emigrar para evitar el servicio militar que los enviaba a la muerte en Africa, adonde enfermaban de fiebre amarilla y sufrían tremendos calores. Hubo familias de cinco hijos en las que todos ellos emigraron. 
Manuel quiso afincarse primero con un buen trabajo en Santa Cruz y que su esposa viajara luego con todos los hijos. Aquí tenían parientes por el lado de los Muñiz y sabían lo que era emigrar...

El regreso de Manuel
En 1917, Manuel decidió regresar a España porque había enfermado a causa de la mala alimentación en el campo. Trabajaba en la estancia “Cerro Blanco”, vivía en un puesto donde solamente comía carne y tortas fritas cocinadas en grasa. Contaba que, con el frío, por más que quisieran hacerla levantar, la masa del pan no levaba y entonces convenía hacer tortas fritas en grasa. El colesterol le subió tanto que le tapó las arterias y pronto estuvo delicado de salud.
Cuando regresó fue una alegría muy grande. Ese día Anastasia viajó hasta el puerto de Gijón a recibirlo. Los hijos, tan pequeños, estaban muy contentos de tenerlo otra vez en casa. 
Luego de haber conocido el clima y la tierra en la Patagonia, él valoró la tierra de su hogar. Una de las primeras cosas que hizo, recién llegado a España, fue preparar en la huerta unos surcos donde plantó durazneros, ciruelos y cerezos... Se admiraba de cómo crecían sus frutales.
Entre las historias que contaba sobre sus andanzas en el campo, María recordaba cuando una vez salieron a rodear las ovejas de un campo cerca de La Esperanza para esquilar ojos. Contaba que a la noche acamparon para dormir dejando a las ovejas rodeadas por un alambrado provisorio, hecho con piquetes. 
Los hombres se taparon con cueros y una lona encima, porque se dormía a la intemperie y a la mañana sintieron que las pilchas pesaban, hasta que se dieron cuenta de que había caído una tremenda nevada que los había dejado sepultados. Pronto debieron largar las ovejas, recoger las pilchas y marcharse. También recordaba lo que significaba dormir al reparo de las matas, cuidándose del viento, mientras acampaban para realizar aquellos trabajos que llevaban varios días de dedicación.
El recordaba las comidas, cuando hacían un alto en el medio del campo y preparaban un pequeño fuego, y contaba sobre el trato con los indios, a los que se les daba ginebra, su bebida preferida, tabaco y caballos, animal muy preciado por ellos, a cambio de cueros o para mantenerlos como amigos y que no trataran mal a la hacienda. El no entendía nada de la lengua tehuelche, pero decía que los indios eran muy correctos.
En Sardín los niños Alvarez veían con admiración los quillangos que el tío Belarmino Vázquez (casado con Eugenia Montes, dueños de estancia “Las Buitreras”), colgaba en un corredor.

Mujeres coraje
Años más tarde fueron cuatro hermanas las que emigraron: Avelina, Marina, Josefa y María. Avelina fue la primera en partir, casada con Higinio Barbaroi, que era maquinista de ferrocarril en Jacobacci, San Antonio Oeste y luego se radicaron en Lomas de Zamora. 
Después llegó María y siguió Marina, que se casó con José Fernández Montes, el administrador de las estancias “Ototel Aike” y “Punta del Monte”. Por último llegó Josefa, que se casó con José Pantín, quien administraba la estancia de su familia, la “Aída”. Josefa era viuda de José González y tenía tres hijos: Antonio, Manuel y Francisco. 
María se casó con Amador Alvarez Vázquez, él había nacido en Sardín, el mismo pueblo que ella. Cuando era un niño, Anastasia -madre de María, que aún era soltera- lo llevó caminando a la iglesia para bautizarlo. Años más tarde, cuando ya estaban casados, María le decía a su madre en broma: “¿Por qué no lo tiró a un redero cuando lo llevaba?”... 
Amador emigró a la Argentina en 1920 y aquí estuvo hasta 1931. El padre, antes de que él partiera, le dijo: “Tú te vas a América, pero si regresas, olvídate de que aquí tenías hogar”.
Recién llegado a Río Gallegos, Amador sufrió la huelga rural, de la que contaba que no le permitían llevar armas. Más tarde se radicó en una estancia de San Pablo, Tierra del Fuego, donde estuvo como encargado. 

María y Amador Alvarez
Cuando Amador regresó a España, en 1931, comenzamos a noviar. El siempre pensaba en su América y quería regresar a la Patagonia. En 1935 se casaron y pensaron en radicarse en Argentina. No estaban apurados por viajar, pero crecieron los rumores sobre la guerra civil en España y finalmente decidieron hacerlo, porque la situación se ponía muy fea. 
La suegra de María decía: “Si quieres irte, hazlo ahora, porque va a estallar la guerra y si quedan aquí, no podréis salir”. A los pocos días de que embarcaran en el vapor “España” y ya en alta mar, telegrafiaron la noticia de que la guerra había estallado en España. 
Llegaron a Buenos Aires y quedaron allí durante unos meses, porque María estaba por dar a luz. Ya nacido su hijo, Julio Alvarez Alvarez, a los catorce días de llegar de España, embarcaron en el vapor “Asturiano” hasta San Julián: “Recuerdo que cuando atracamos en Puerto Deseado podíamos bajar al pueblo por unas horas. Intentamos caminar, pero era tan fuerte el viento que el bebé no podía respirar bien”. 
En San Julián los esperaba el tío Eduardo Vázquez, que los llevó al hotel “Colón”. 

En la “Entre Ríos”
Vázquez tenía la estancia “Entre Ríos”, donde trabajaron durante un tiempo: “Me acuerdo que para llegar a esa estancia debimos cruzar el río Lista a caballo en cinco oportunidades. Cuando llegamos frente al río, me dijeron: “Bueno, hay que cruzarlo”, y yo pregunté: “¿Cruzar este río?”. Levantábamos las piernas para no mojarnos del todo y mi marido llevaba a nuestro bebé pegado firme al cuerpo... Era muy peligroso. 
Mi marido hacía los trabajos de campo con los otros hombres y yo quedaba en la casa con las mujeres, cocinando y haciendo el pan. Mi preocupación era la distancia para la atención médica del bebé y lo difícil que era llegar y salir de ese lugar tan aislado. Allí estuvimos durante un año.
 Sabíamos trabajar, porque nuestros padres en España bien nos lo habían enseñado”. 
En la “Entre Ríos” había una pista para carreras de caballos donde competían con animales de San Julián y los alrededores y siempre dejaban algunos caballos preparados para salir a hacer algún trabajo: “Un día dije: Ya que llegué a este lugar cruzando cinco veces el mismo río a caballo, déjenme cabalgar un poco en un animal manso”. Mi marido y mi sobrino me dieron un caballo y empecé a andar muy despacio, hasta que el animal vio la pista y comenzó a galopar tan fuerte que no había riendas que lo sujetaran... llegaba a echar espuma por la boca... Me aferré con tanta firmeza que no me tiró y no frenó hasta terminar la pista recta. Todos se reían, pero me las aguanté. Yo sólo quería pasear...”.
En 1937 decidieron ir a trabajar a la estancia “La Colmena”. En ese tiempo se tomaba a la gente para el verano y en invierno los despachaban. 

A Río Gallegos
En 1938 llegaron a Gallegos. Salieron de San Julián en el vehículo de Rogelio Alvarez, parando en Puerto Santa Cruz y luego en Puerto Coyle. “El camino estaba hecho un pantano, el coche se empantanaba y los hombres debían poner pedazos de matas debajo de las ruedas para poder continuar el viaje. Recuerdo que era un 20 de Junio, Día de la Bandera y en Gallegos había un barrial terrible. ¡Ay Dios, pisar tanto barro y hundirse sin las madreñas!...”.
Estuvieron parando en la casa del doctor Pablo Borrelli (p): “Yo me encargaba de atender a las visitas que venían a la consulta y también hacía la limpieza. Allí conocí al pequeño Pablito, que venía con su mochilita del colegio, yo lo adoraba, ¡tan divino!”.
Cuando José Antonio Cabral supo que Amador y María deseaban trabajar en el campo, le comentó a su amigo José Fernández Montes, administrador de “Ototel Aike y Punta del Monte”, y éste los llamó: “Nos ofrecieron ir a trabajar a la estancia “Ototel Aike”, propiedad de Iglesias y Bersovic, a hora y media de Gallegos… 
El doctor Borrelli no quería que nos fuéramos, y le había conseguido trabajo a mi marido en la Gobernación, pero a mi esposo siempre le gustó el campo, entonces le conseguimos otro matrimonio al doctor y fuimos a “Ototel Aike”, en donde estuvimos siete años”. 

En “Ototel Aike”
María recordaba: “Al principio me costó acostumbrarme a la comida, tan distinta de la de España, tanta carne en los platos. Yo era la cocinera, hacía la crema y la manteca, con la leche de las vacas que ordeñaba Amador. Me levantaba a las cinco de la mañana para preparar el pan, los scones y los pasteles, mientras la gente dormía (allí no pasaba el panadero), más tarde ponía la carne al horno para el almuerzo. Después de que los hombres desayunaban y salían a hacer sus trabajos, yo debía hacer la limpieza y las camas”. 
Amador cuidaba la quinta, el gallinero, los chanchos y las vacas para ordeñe y si era necesario, acompañaba a los peones. Cuando algunos peones y el cocinero se iban a trabajar a la estancia “Punta del Monte”, María debía cocinar también para los que quedaban en “Ototel Aike”. 
María venía de una región de España donde hay un pueblo al lado del otro, así que la impresión fue muy grande al ver tanta inmensidad: “Este es el fin del mundo... Cuando viajábamos hasta la estancia, veía una nube y pensaba que allí terminaba el mundo, pero era nunca llegar, siempre ver más allá del horizonte y nunca terminarse el paisaje”.
Las fiestas de Navidad y Año Nuevo eran fabulosas. A los peones se les daba comida y bebida, para hacer asados al reparo de unos álamos, luego esos hombres quedaban tres días durmiendo la mona... 
En Ototel Aike la casa grande tenía hermosos salones, muy amplios, adonde se hacían las fiestas en la época en que la estancia perteneció a la familia Rivera: “¡Unas farras bárbaras!... Había una inmensa salamandra que llenábamos con tacos de leña, pero a la madrugada, cuando ese fuego se extinguía, el frío avanzaba nuevamente. Una noche la escarcha quemó todas mis plantas, que estaban cerca de las ventanas. Solamente pude salvar unos pocos geranios. De allí en más, puse las plantas en otro salón, lejos de las ventanas y a la mañana las arrimaba nuevamente, para que les diera el sol”. 
Los domingos practicaban tiro con las familias Iglesias y Bersovic y pronto a María le gustó hacer puntería. Hubo una oportunidad en que un guanaco comenzó a frecuentar el potrero de las vacas lecheras porque allí había buen pasto para comer y ninguno de los hombres podía matarlo.
El administrador había ordenado que los hombres lo cazaran, pero cuando el guanaco los veía disparaba: “Un día, decidí llevar el rifle mientras llevaba las vacas al potrero, y vi al guanaco mañoso que lentamente saltaba el alambrado y se alejaba por el faldeo. Creo que no se asustó por mi vestimenta y tal vez no debió asociarme con el hombre que siempre lo corría. Muy despacio, preparé el rifle y el guanaco se detuvo, porque parecía que yo abandonaba el lugar. Allí disparé ansiosa y el viejo guanaco marchó a los saltos. Lo seguí hasta que lo vi echado detrás de una loma. Lo vigilaba de lejos, para asegurarme que le había dado. Me fui contenta a la casa y nadie podía creer mi hazaña”.
También le gustaba cazar avestruces para juntar las plumas, que se vendían muy bien y zorros, con trampas, para vender las pieles a los compradores que pasaban por las estancias: “Una noche en la que habían llegado los dueños a Ototel Aike y quedaron hasta muy tarde tomando café, cognac y de gran charla, alguien hizo la broma pesada de colocar varios zorrinos debajo del piso de madera de la casa grande. La orina de esos zorrinos no dejó dormir a nadie, porque toda la casa se impregnó... Era un desastre. Debimos tirar agua con lavandina y antisárnico con mangueras por toda la casa y el sótano. Fueron varias las noches que duró el perfume”.
Cuando había que llevar un piño de un campo a otro, María y su hermana Avelina se vestían con pantalones y subían a los caballos acompañadas por buenos perros. Iban solas, rodeando con ellos. De esta manera ayudaban cuando las necesitaban, pero después, durante tres o cuatro días quedaban de cama, con las piernas muy doloridas. 
En “Ototel Aike” había una sección de cinco mil animales, con un puesto donde vivían indios: “Allí había una mujer tehuelche a la que yo le tenía un miedo terrible, no sé por qué. En ese tiempo aún guanaqueaban y trabajaban sus cueros, haciendo quillangos para vender. Ellos comían mucho avestruz y nos convidaban tortas fritas. Mi marido me decía: “No seas tonta, si son buena gente”, pero yo veía a la india con esos trapos tirados sobre el hombro....
Nosotros les comprábamos quillangos, con ellos en la cama no hacían falta frazadas. Me acuerdo que el doctor Oriol de Domenech utilizaba las capas de guanaco como alfombra”.

El hotel “Colonial” y la familia
El hijo de María y Amador -Julio Alvarez- comenzó la escuela y vivió con familias amigas en Gallegos, pero extrañaba mucho.
En 1944, como tenían algunos ahorros, alquilaron a la hermana de María la casa ubicada en Rivadavia y Urquiza, que luego fueron ampliando para hacer el hotel.
Hizo el trabajo de ampliación el constructor Abel Zanarello. Celestino Tresguerres les sugirió el nombre “Colonial”. En esa casa dormían los empleados del Banco Anglo: “Aquí, el español que ponía un hotel era ayudado por sus paisanos, que le buscaban pasajeros y organizaban despedidas de soltero o casamientos. 
Muchas personas colaboraron con nosotros para que levantáramos el hotel. Méndez, Tanarro, Tresguerres... todos nos ayudaron. Cuando trabajábamos con las empleadas no se sabía quién era la patrona y quién la empleada, porque todos trabajábamos por igual. 
Yo le decía a mi marido: “Menos mal que te quiero, porque si no me vuelvo para España y te dejo aquí”.
 Mientras se hacía alguna labor yo cantaba mucho, recuerdo: “¡A mí me gusta la gaita, viva la gaita, viva el gaitero, a mí me gusta la gaita, que tenga el fuelle de terciopelo!”...”.
Iban hasta la canilla del patio de los Tresguerres, media cuadra, para llevar un fuentón con agua para los clientes. 
A Julio Alvarez le gustaron los autos y los aviones desde muy chico. Estudió mecánica por correspondencia e hizo el curso de aviación en el Aero Club y superó el examen de piloto.
Cuando terminó la secundaria siendo el mejor alumno, el doctor Braulio Zumalacárregui le ofreció todos los elementos para que estudiara medicina. 
Julio viajó para su primer año a Buenos Aires y en verano, cuando volvió a Gallegos, lo vinieron a buscar para llevar en avión a un periodista del diario “La Voz del Pueblo” a unas carreras en Jaramillo. Cuando estuvo allí, todos querían volar con él. 
Julio subió a uno y dieron una vuelta, pero cuando quiso aterrizar, la rueda pisó una champa y al inclinarse, una de las alas tocó el suelo y el avión comenzó a dar vueltas, incendiándose. Allí falleció. El acompañante se salvó: “Allí se terminó todo para nosotros... El era nuestra ilusión. Quisimos cerrar el hotel y los médicos nos aconsejaron continuar, para que nos distrajéramos con el contacto con la gente. Yo estuve diez años sin salir a la calle y veinte años sin oír la radio, ni música”.
En 1959 vendieron las existencias del hotel y construyeron su nueva casa en Estrada y Zapiola. Amador plantó los árboles, que hoy están inmensos.
Fueron de visita a España y luego de fallecido Amador, María visitó a sus hermanos y sobrinos varias veces más. Ellos quisieron que ella regresara, pero a María le tiraba Argentina, Río Gallegos y aquí permaneció hasta los 102 años.
Cuando cumplió 100 años estuve entre los invitados y ella reflexionaba: “En esos tiempos se sufría mucho. En verdad que los trabajos eran duros, tanto en el campo como en la ciudad, sin embargo nunca pensamos en regresar a España. 
Amador era muy serio, muy respetuoso. Fue un ejemplo de marido y de padre. Se casó y luchó por su hogar, para que no faltara nada”.
Y así transcurrieron los 100 años de María Alvarez. Una mujer a quien la vida le dio y también quitó, mucho, todo… ¿Cómo se sigue adelante ante tamaña tragedia?; ¿Cómo sobreponerse?... Un ejemplo de fortaleza y resiliencia admirables. Hasta último momento María recibió en su casa familiares y amigos con una sonrisa, un comentario ameno y el optimismo que la mantuvo de pie nada más y nada menos que cien años.
Domingo 5 Nov 2017