Miercoles 22 de Noviembre de 2017
RGL11,1 ºC ST 11,1 ºC H 41 % +info
10370 lectores en línea
Destellos Patagónicos
Selección de cuentos y relatos cortos
Jueves 9 Nov 2017
Este es un espacio cedido por La Opinión Austral hace más de diez años para aproximarnos a usted, Sr. Lector, e invitarlo a compartir el buen uso de las nuevas tecnologías, informática, Internet, como un medio de apoyo a la docencia, como una eficaz herramienta para ayudar desde la labor educativa salesiana en este vital proceso del “saber ser, sabiendo hacer”. Desde nuestro lugar, Patagonia austral argentina, abrimos una ventana, Destellos Patagónicos. Desde su apertura de par en par, nos ofrece en esta entrega:

El paisano gringo de a pie
Por Sergio Pellizza
El hombre venía caminando por la senda de ripio que une Puerto Santa Cruz con El Calafate. Se le veía acercarse con un paso ágil y rítmico. Cuando estuvo al lado de la fogata que los ovejeros habían encendido a la vera del camino, notaron a un joven y fuerte cuerpo, casi de atleta, pero el acordeón de arrugas en su frente insinuaba una patética historia de sufrimiento y ambiciones suprimidas. 
Eso lo notó don Zenón al toque, el encargado de los carretones de lana rumbo al puerto y antes de que terminara de decir…
-Buenas noches, ¿permiten que me quede con ustedes para calentarme en este fuego?
Don Zenón mismo respondió…
-Claro hombre, arrímese al fogón y tómese unos mates mientras el asado se pone a punto. 
De inmediato, mientras el hombre se quitaba su pesada mochila y no terminaba aún de acomodarse cerca del fuego, don Zenón disparaba como ametralladora preguntas sin interrupción.
-¿De dónde vine amigo?, ¿a dónde va?, ¿qué le paso a su caballo?, ¿por su acento es español, verdad?, ¿busca trabajo?...
El joven hombre, con toda tranquilidad, una vez que se hubo acomodado dijo:
-Con gusto responderé a lo que deseen saber, vuestra generosa hospitalidad lo hace necesario.
Sí, soy español, me llamo Francisco Fernández, pero díganme Paco. También soy ciudadano francés desde no hace mucho. Vengo de Africa del norte. Después de tomar varios barcos, enganché este vapor que venía a Argentina, Buenos Aires, a descargar telas y otros productos manufacturados de elaboración inglesa y después a este puerto de Santa Cruz a buscar la lana que ustedes llevan, para traer en el próximo viaje las telas y ropas ya hechas.
-Disculpe la interrupción, amigo, dijo Don Zenón. ¿Pero por qué camina?, ¿no sabe andar a caballo?... La gente de estos lugares no ve bien a los caminantes, creen que están medio locos.
-Sé andar a caballo, repuso el joven. Pero prefiero caminar. Las propias piernas son más confiables que nada. 
-Pero amigo, esto es Patagonia. Por más que le guste caminar, las distancias son muy largas, hace frío, hay viento. Aquí el caballo y el perro ovejero son nuestros más fieles servidores, no podríamos arriar a estos cientos de ovejas que vienen acompañando la caravana de carretas sin ellos.
-Entiendo todo eso don Zenón y como pienso quedarme en esta hermosa tierra que no vi nunca, pero que en mis sueños aparecía siempre, cuando pueda, me compraré un buen caballo. Hace casi un mes que camino desde Puerto Santa Cruz y me encontré con otros paisanos, siempre hospitalarios, pero todos iban a la costa, al puerto a llenar las insaciables bodegas que parecían alimentarse de fardos de lana. Yo estoy ansioso por ver los glaciares y tomar sus aguas. Sufro una dolencia que estoy seguro terminará de curarse allí, en ese lugar que veo en mis sueños. Ustedes son unos privilegiados, viven en un lugar maravilloso. 
Les contaré algo más porque deseo que me conozcan como soy y aspiro además a ser merecedor de su hospitalidad. Espero tener amigos que no se mueran en mis brazos.
Era boxeador peso pesado en Barcelona, tenía 19 años, una pegada de izquierda que según los entrenadores nunca se había visto. A los 20 años profesional con ninguna derrota. El dinero y las malas compañías no tardaron mucho en meterme en un gran problema, del que sólo pude salir alistándome en la Legión Extranjera Francesa. Sin preguntas, me admitieron de inmediato. Pasé las pruebas y después de tres meses de instrucción, fui destinado a Marruecos en Africa, un mar de arena con sofocante calor de día y fuerte frío de noche. Mi buena condición física me permitió soportar los 88 pasos por minuto, lo máximo que se permite caminar en arena por horas y horas. Lento pero muy lejos, decía el reglamento. Al cabo de 3 años fui herido en batalla. Una bala destrozó mi hombro izquierdo. Así y todo pude sacar al oficial al mando de la compañía de la zona de fuego. Me condecoraron por eso y me dieron la nacionalidad francesa. En mi largo periodo de recuperación, pensé qué haría con mi vida y allí aparecieron los sueños de esta Patagonia. 
Simplemente me dije: ‘Allá vamos Patagonia austral’, y aquí estoy respirando esta geografía que es el espacio de mis sueños. 
La paisanada escuchó el relato en silencioso respeto y por la mirada de don Zenón, entendieron que el tiempo de preguntas se había terminado. Gustaron de un exquisito asado de capón, regado con la apropiada cantidad de vino para bajar la grasa. Y en medio de la charla informal posterior a tener la panza llena, don Zenón le dijo al joven Paco:
-Mire, amigo, le propongo un trato que a lo mejor le conviene. Tenemos dos ovejeros lastimados por un accidente cuyo estado está empeorando. Pensamos que lo mejor para ellos es regresar a una estancia cercana donde hay medicinas y quizás le convenga regresar con ellos. No le ahorra tiempo, pero sí viajará más cómodo y su ayuda para el conductor de la carreta será muy apreciada.
-Gracias don Zenón por darme oportunidad de ser útil. Esta tierra y su gente desde que desembarqué, siempre me han dado sin pedir. Algo que nunca me pasó antes y le digo que me llena el corazón de alegría. Además de ayudar al conductor, le comento que estudié 3 años de medicina y perfeccioné mucho mis conocimientos en la Legión Extranjera. Veré de inmediato a los heridos. 
El primer herido tenía fractura de tibia mal entablillada, aún se podía arreglar. El otro tenía un pie aplastado por un eje de carro que le cayó encima. Este último era más complicado. El botiquín sólo traía alcohol, vendas, tintura de iodo y árnica. Casi nada para lo que tenía que hacer. De todas maneras, decidió que debía cortar el pie antes de que aparezca la gangrena y restablecer el eje óseo en la fractura de la tibia. Habló con Don Zenón y decidieron atrasar la tropa unos días mientras se realizaban estas operaciones. Paco traía como recuerdo un par de pinzas hemostáticas, una tijera y un viejo bisturí; los sacó enseguida de su mochila, pidió que los hirvieran bien. Como no tenía sierra, pidió que le hicieran dientes a un cuchillo mediano y al rato, a la luz de los faroles en una carpa preparada lo mejor posible, comenzó a operar. Fue doloroso, pero el de la tibia rota no rengueó nunca. El del pie cercenado, tiempo después el patrón le hizo hacer una prótesis y camina y monta casi normal. En ese momento sintió el abrazo de amor de la Patagonia, fuerte y frío, que lo envolvió y lo aceptó totalmente. En ese instante dejó de ser Paco el español con ciudadanía francesa. Pasó a ser Paco el Patagónico argentino. Un gaucho de a caballo y dos perros ovejeros. 

Ofrecemos a los lectores una selección de cuentos y relatos totalmente gratis, vía correo electrónico. Para obtenerlos sólo hay que pedirlos a destellospatagonicos@gmail.com. Los enviamos en formato PDF por adjunto. 
Jueves 9 Nov 2017