Jueves 7 de Diciembre de 2017
4778 lectores en línea
Pablo Beecher
Doctor Raúl Paolucci
El adiós a un médico “todo terreno” de Santa Cruz
El cierre de un importante capítulo de nuestra historia, como fue el fin de la época territorial y el surgimiento administrativo de la provincia, deparó a la población otros desafíos. En 1959 llegaba a Puerto Santa Cruz como cirujano el joven médico Raúl Alejandro Paolucci, junto con su esposa María Cristina Prosen. El viejo hospital de Santa Cruz, levantado por los primeros vecinos, tenía nuevo director luego de que se marchara el doctor Eduardo Canosa. Mucho habría que hacer para optimizar el hospital, adecuándolo a los nuevos tiempos, y solamente un hombre de vocación y preparado podía lograrlo.
Domingo 19 Nov 2017
 Raúl Paolucci y Cristina Prosen.

Raúl Paolucci y Cristina Prosen.

  1 de 8   Anterior Siguiente
Era hijo de Alberto Paolucci y María Elena Fourcaud. Alberto, hijo de italianos: Anna de la Legna, que vivía en Capánori, a quince kilómetros de Lucca, donde nació quien sería su esposo, Giovanni Paolucci. Alberto era profesor de Matemática, llegaron al país con la Generación del 80, y se radicaron, primero en Banfield y luego en Lomas de Zamora. El jamás se naturalizó argentino y eso le ha permitido tener la doble nacionalidad a toda la familia.
El abuelo materno, Juan Fourcaud, era francés y murió muy joven, se supone que de peritonitis. La abuela, María Victoria Goytía Blaye, pertenecía a una familia patricia y era concertista de piano. Sus hijos varones estudiaron en el Colegio La Salle. Hubo una crisis económica que los afectó mucho y tuvieron que irse de vivir en Recoleta, en la calle Juncal, a la localidad de Banfield.
Alberto y María Elena se casaron en 1919 y tuvieron tres hijos: Jorge, Juan Alberto y Raúl, que nació el 14 de junio de 1933. En la infancia vivían en Carlos Spegazzini, una cortada de dos cuadras en el barrio de Caballito.
En 1933 su padre fundó la Dirección General Impositiva junto al doctor Ernesto Malacorte y estuvo al frente de esa Delegación para la provincia de Buenos Aires. Por eso viajaba todos los días a la ciudad de La Plata.
En 1939, el doctor Santiago Aráoz operó a Raúl de una mastoiditis, que es una inflamación del peñasco y que ya no se opera más por el uso de los antibióticos. La operación no fue nada, pero para las curaciones debían sujetarlo entre siete porque lo hacían sufrir mucho. Entonces él pensaba: “¡¡¡Me voy a vengar!!! Cuando sea grande estudiaré para médico y voy a hacer sufrir a la gente como me hacen sufrir a mí”. Tenía seis años. Después de esto, lo operaron de amígdalas. 
Había varios médicos por parte de la familia materna, como el doctor Bonorino Udaondo, que donó a la ciudad de Buenos Aires el Instituto de Gastroenterología.
En 1940 ingresó en el Colegio de San Francisco de Sales, casualmente allí estudió Monseñor Alemán, allí cursó la Primaria y la Secundaria. Y se recibió con medalla de oro.
Ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. 
La Facultad la cursó en el edificio de Uriburu y Paraguay, e hizo las prácticas obligatorias en diferentes hospitales. Pero en 1954 ingresó en la Guardia del Hospital Rawson y estuvo hasta 1958. Allí -mencionaba- fue donde verdaderamente aprendió de todo. Tuvo excelentes maestros, médicos como Héctor Venturino y Oscar Ezquerro. Ellos eran de reconocida trayectoria como Cirujanos Generales de la Escuela de Finochietto, además Venturino era, no sólo médico de Racing Club sino de la Selección Nacional. 
Raúl Paolucci pensaba hacer Clínica Médica, pero cambió de idea luego de conversar con un médico del sur. Así lo recordaba: “Un día dentro del predio del Rawson, vi un auto espectacular, con chapa de Puerto Deseado. Vino un señor caminando, se subió y me animé a acercarme y le pregunté: “Discúlpeme, como veo la chapa del auto de Puerto Deseado y yo tengo interés en irme al sur, quisiera saber si es médico...” Me contestó: “Sí, soy el doctor Roberto Gárriz... Pero mirá, si querés irte al sur, tenés que hacer cirugía porque vas a llegar allá y no hay nada. De entrada te la tenés que rebuscar solo”. Así me alentó a venir. En Deseado, los Gárriz tenían campo y un hotel. El maestro Roberto Gárriz me formó primero en el Servicio de Cirugía del Pabellón Olivera del Hospital Rawson y también en la Corporación Médica del Sud, donde se desempeñaba. Siempre me llamó “Pibe”. Su hermano era abogado”. 
El 17 de noviembre de 1958 Raúl Paolucci se recibió de médico y estaba de novio con María Cristina Prosen, maestra.
Los dos querían viajar al sur. Se casaron. Como el padre de Raúl tenía conexión con YPF, le pidió que le consiguiera un nombramiento como médico, en Comodoro Rivadavia. De esa forma podrían, después, irse más al sur todavía. Cuando lo llamaron para firmar el contrato, le dijeron: “Vea, doctor, hay un pequeño inconveniente: en vez de Comodoro, tendría que ir a Tartagal, pero como pediatra”. No podía firmar. El padre también conocía al diputado Miguel Aidar, de la Unión Cívica Radical de San Julián, y, por su intermedio, lograron viajar a Río Gallegos. El trato era estar tres meses en el hospital, a prueba. Llegaron el miércoles 24 de febrero de 1959 porque la flamante provincia había decidido importar médicos. 
Había nada más que once médicos en el hospital. Raúl Paolucci fue el número doce. El domingo llegó el doctor Mario Africano y luego, un poco después, Jorge Díaz Walker con su mujer, enfermera profesional, y Manuel Salgado.
En el hospital vivían en el Pabellón de Tuberculosos porque no había más habitaciones disponibles para médicos y las comodidades eran por orden de llegada. 
Pasados los tres meses, les ofrecieron quedarse. Era la época de las dos Clínicas: la de González Landa o la de los Borrelli.
Los Paolucci optaron por el interior de la provincia. El doctor “Tito” Borrelli les sugirió Puerto Santa Cruz porque era un pueblo de familias muy arraigadas y había un hospital. Les ofreció darles unas cartas de presentación porque la familia de su mujer, Daphne Doherty, era de allí. 
El doctor Paolucci llegó a Puerto Santa Cruz el 29 de abril y se hizo cargo de la Dirección del Hospital el 2 de mayo de 1959. 
Tito Borrelli les había dado una presentación para los Watson, familia materna de su mujer, para Leslie Carr-Rollitt, uno de los dueños de la Agencia Ford, otra para Alicia Pueyo, una prestigiosa vecina y una para Daniel Coto, que trabajaba en la agencia de los Rollitt. Todos, con el tiempo, llegaron a ser muy buenos amigos.
El 4 de junio su esposa Cristina llegó a Río Gallegos, con su hijo, Alejandro, de apenas dieciocho días, que había nacido en Buenos Aires. Seguirían: Gabriela y Cecilia.
Puerto Santa Cruz era un pueblo de alrededor de 1.200 habitantes. No tenía calles asfaltadas, ni veredas, menos cordones. Tampoco tenía agua corriente.
Había una Usina de corriente continua que daba luz de 7 a 12 y de 15 a 22 horas. Los teléfonos aún eran a magneto y funcionaban de 7 a 22 horas, con telefonista. Las comunicaciones de larga distancia eran por radioteléfono en tres horarios de 20 minutos cada uno, por día. Había dos aviones diarios, uno de ida y otro de vuelta, y dos cargueros por semana, todos de Aerolíneas Argentinas. 
El doctor Eduardo Canosa llevaba veintisiete años casi ininterrumpidos en Puerto Santa Cruz.
Canosa era radical y el doctor Werbitzky, peronista. Por eso tenían muchas diferencias y según el signo del gobierno de turno, uno era director. Canosa le dijo: “Nunca se haga amigo del ruso. Si él cobra $ 100 la consulta, usted cobre $ 80. Y no compre auto porque acá, si la gente lo necesita, viene a buscarlo”. El 1º de mayo le ofrecieron una despedida y al día siguiente se marchó. 
Al Hospital nadie iba, salvo los enfermos terminales. Allí se iba a morir. También era costumbre hacer los partos a domicilio.
El personal estaba compuesto por una administradora, Olga Suárez, tres enfermeras: Amanda Del Río, Antonia Bahamonde y “Porota” Dublés, que cumplían turnos de ocho horas alternadas; una lavandera y planchadora, una costurera, una cocinera, la señora Gardaílla y Juancito Lluis que era el portero. 
Paolucci se encargó de integrar a todos los que pudiera: llamó a Werbitzky, y al odontólogo del pueblo, Barril, porque no era posible que habiendo uno no trabajara en el hospital. Hizo nombrar a Werbitzky porque había estado en la Segunda Guerra Mundial, era un cirujano muy práctico. El operaba en su consultorio particular.
El gerente de La Anónima les prestó una casa sencilla. En la habitación con piso de madera armó el consultorio y en la de baldosas, la sala de espera. 
Paolucci pidió en la telefónica que dejaran la clavija del hospital enchufada con la de su casa porque, en caso de producirse una emergencia, daban varias vueltas en la manivela del hospital y sonaba en su casa. Allí partía él, sin protestar, sin malhumor, como siempre. No había luz después de las doce de la noche, entonces, si se demoraba con un parto, gritaba: “¡Antoniaaa!” y ella salía corriendo con una linterna, a pedir más luz a la usina. Si faltaba poco, terminaba con un “sol de noche”. Antonia era una de las enfermeras. 
En toda esta precariedad, Paolucci trabajó e hizo las cosas como si fueran normales, cuando, en realidad, de normales no tenían nada.
Su esposa Cristina recordaba aquellos comienzos: “Un día la mamá de Leslie Carr Rollit vino al consultorio, vio como vivíamos y dijo: -”No, un médico no puede vivir en estas condiciones, y menos con chicos”, y como ellos se iban a pasar el invierno a Buenos Aires nos ofrecieron vivir en su casa. Era una típica casona inglesa, con una hermosa galería frente al mar y catorce habitaciones; de la nada pasamos al todo. Como con los tres chicos teníamos treinta y tres pañales para lavar por día, sin decir nada, mi mamá nos mandó un lavarropas de corriente continua, difícil de conseguir y muy primitivo, pero nos pareció una maravilla! Poco a poco fuimos relacionándonos con las tradicionales familias del pueblo, siempre con el mismo método: primero invitábamos nosotros”.
En 1963 lograron mudarse a su propia casa terminada, con un consultorio y su sala de espera. 
El doctor Paolucci recordaba los desafíos de aquella época para la medicina: “Antes, a los médicos nos preparaban para todo. Yo me recibí, vine acá sin haber estructuras y sin haber nada. Uno tenía dos opciones: o seguir igual o hacer algo, arriesgándose, claro. Opté por la segunda, yo no nací para vegetar! Hacía la anestesia porque anestesista no había. Me ayudaba una enfermera. Pero era bastante complicado. Hacías eso o no hacías nada. Pero había una gran diferencia: en esa época, si se te moría un paciente, la familia te decía “-Muchas gracias, doctor. Yo sé que usted hizo todo lo posible”. Ahora, si pueden, te hacen juicio por mala praxis”. 
En los años ´60 y hasta los ´80, para las cirugías más complejas Paolucci había llegado a un acuerdo con los anestesistas de Río Gallegos, y como en esa época llegaba a Santa Cruz un DC 3 a las siete de la mañana y a las dos o tres de la tarde había otro que pasaba de vuelta, tenía todo listo e iban a hacer anestesia las doctoras Sosa de Kraemer y Azlor, o los doctores Martín o Utrilla. Otras operaciones chicas, como de apéndice o cesárea, eran con peridural o anestesia local, que también hacía Paolucci. Operó a sus dos hijos de apéndice con este tipo de anestesia.
Hubo veces en que Piedra Buena quedaba sin médico, entonces él atendía a la mañana allá y a la tarde en Santa Cruz. No estaba el puente y eran unos sesenta kilómetros. Ahora son treinta y seis. Todos los días iba y venía con el chofer de la ambulancia de Piedra Buena.
Tuvo un trato muy especial con “Tito” Borrelli, porque cuando llegó a Santa Cruz también se dedicó a la Ginecología y estudió con un libro que él le facilitó, compró un colposcopio y hacía el estudio, el Papanicolau y la colposcopía y por medio del bioquímico, doctor Jorge Bacic, se lo enviaba a Borrelli, que estaba en Río Gallegos y luego él se lo devolvía con el informe. Hicieron, a lo largo de veinte años, cerca de diez mil estudios. 
En 1972, 1973 y 1974, el doctor Raúl Cevasco invitó al doctor Roberto Gárriz a Puerto Deseado -que era donde él había nacido- y se organizaron Ateneos Médicos (Cevasco era el director del Hospital de Deseado, Reynaldo Bimbi de Perito Moreno y Raúl Paolucci de Santa Cruz). 
En los ´60 se remodeló el viejo Hospital con el apoyo del intendente Juan Carlos Narvarte. A ese edificio, construido en 1934 por la Comisión de Damas, se le cambiaron los pisos, que eran de madera (lo peor para mantener la higiene y la desinfección), bajaron techos, calefaccionaron ambientes, ampliaron las salas generales, agregaron consultorios externos, office para las enfermeras, salitas para parturientas, para niños, pacientes posquirúrgicos o más delicados, baños y una sala de rayos para un aparato de mayor potencia.
Habían pasado treinta años y era imperioso contar con un nuevo hospital y la comunidad tenía conciencia de su importancia. Empezaron un largo peregrinaje, juntando firmas, con una Comisión ad hoc que integraban muchos vecinos, viajes a Gallegos, hasta que ganaron por cansancio y las autoridades decidieron emprender la obra. No era tan difícil de entender tal reticencia, en toda la provincia no existía un hospital hecho nuevo por completo y éste fue el primero. El edificio se inauguró en septiembre de 1987. El tiempo pasó, fueron casi cuatro años, y el hospital no se equipaba. Pretendían que se mudara con el equipamiento del hospital viejo y la vaga promesa de hacerlo en “un futuro”. 
El 19 de abril de 1990 llamó a Paolucci la secretaria del empresario “Goyo” Pérez Companc, señorita Marta Arce, para decirle que él quería verlo, pero lo antes posible. Por casualidad tenía que viajar a Buenos Aires, porque tuvo la suerte de figurar entre los cinco médicos rurales seleccionados entre los de todo el país, convocados por un concurso de la Fundación Navarro Viola. Entre ellos, también estaba seleccionado el doctor Reynaldo Bimbi, que sí ganó un premio.
Unos días después, luego de haber atendido los partos que tenía programados, Paolucci viajó a Buenos Aires y fue a verlo a Pérez Companc, quien le dijo: “La familia decidió donarte el equipamiento completo para el hospital. Te quería dar la sorpresa, pero empezamos a comprar y hay detalles que se nos escapan. El jefe de compras de la empresa, Cuman, dijo que era mejor que vos vinieras y eligieras”. 
Esta era una noticia tan maravillosa que le permitía solucionar el problema del hospital. De inmediato fueron a la casa “Pettinari Metales”, que era lo mejor en equipamiento hospitalario. Dieron carta blanca, tanto en cantidad como en calidad. Paolucci tardó tres días en elegir todo lo necesario y muchas cosas más, con las que ni se había atrevido a soñar. 
En febrero de 1991 hicieron la mudanza del viejo hospital al nuevo, contando con todo el personal, que era el mismo, pero para un lugar mucho más grande.
Así fue como la familia Pérez Companc hizo la donación a la comunidad de Puerto Santa Cruz. A la comunidad y no al propio hospital, porque siempre existiría el peligro de que desearan llevarse algo para otro hospital, considerando que tenían lo mejor que se fabricaba en el país.
Con la partida del viejo hospital se cerraba para siempre un capítulo fundamental en la vida de los Paolucci. 
Siguieron progresando como nosocomio. Ese fue el primer hospital informatizado de la provincia y Paolucci el primer médico que tuvo sus historias clínicas por computadora en su consultorio privado. 
El mismo sistema, diseñado por la licenciada Analía Marchione, lo prestaron al Hospital Regional de Gallegos, para su inauguración.
Luego la dinámica de la Medicina Hospitalaria cambiaría por completo con la figura del médico “full time”, que revolucionó la atención médica. 
En 1997 fueron el segundo hospital de la provincia en implementar la cirugía videolaparoscópica, después de Gallegos, donde comenzó el doctor Bonomo. 
El 31 de agosto de 2003 el doctor Raúl Paolucci se retiró de la Dirección del hospital luego de cuarenta y cuatro años y medio, y desde el 1 de septiembre continuó trabajando en el mismo, ad honórem por un decreto especial del gobernador y, como de costumbre, a la tarde en su consultorio particular. 
Desde 1962 fue miembro de la Sociedad Argentina de Cirujanos. 
Hizo tres cursos de Actualización en Cirugía en 1973, 1975 y 1977. 
En 1985 lo nombraron Especialista en Cirugía. 
En 1992, el Colegio Médico de la Provincia de Santa Cruz le otorgó la especialidad en Medicina General. 
En 2001 fue recertificado por la Asociación Argentina de Cirugía en la categoría de Médico Consultor Especialista en Cirugía General. 
Más adelante, la Asociación de Cirugía Videolaparoscópica lo acreditó para ejercer la misma. 
Fue el primer médico de la provincia en recertificarse en el Consejo de Certificaciones de Profesionales Médicos de la Academia Nacional de Medicina, fundada en 1991, como Médico Cirujano y fue Miembro Titular de la Sociedad Argentina de Patología Cervicaluterina y Colposcopía. 
También representó a los médicos del Hospital de Santa Cruz ante el Consejo Médico.
En marzo de 1962 se creó el Colegio Secundario Provincial Nº 8 “Naciones Unidas” -que funcionaba en el edificio de la Escuela Nº 2- por iniciativa del ingeniero agrónomo Alejandro De Vita, que fue el primer rector del establecimiento. Raúl Paolucci lo acompañó como vicerrector y cuando De Vita se mudó, fue rector del colegio. 
Además fue concejal por la UCR. 
A los 84 años, con esta trayectoria encomiable -además de otros logros y aportes que no trascendieron- la comunidad de Santa Cruz despide a Raúl Paolucci con zozobra pero, sobre todo, con inmensa gratitud por haber elegido este histórico pueblo de provincia sureña para formar una familia de bien y ejercer con tanta inquietud su profesión.
Domingo 19 Nov 2017