Lunes 11 de Diciembre de 2017
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Destellos Patagónicos
Selección de cuentos y relatos cortos
Jueves 7 Dic 2017
Este es un espacio cedido por La Opinión Austral hace más de once años para aproximarnos a usted, Sr. Lector, e invitarlo a compartir el buen uso de las nuevas tecnologías, informática, Internet, como un medio de apoyo a la docencia, como una eficaz herramienta para ayudar desde la labor educativa salesiana en este vital proceso del “saber ser, sabiendo hacer”. Desde nuestro lugar, Patagonia austral argentina, abrimos una ventana, Destellos Patagónicos. Desde su apertura de par en par, nos ofrece en esta entrega:

El misterio del molino viejo
Por Sergio Pellizza 

Venía del este, donde está ese misterioso molino viejo que se vía como una cruz negra en la distancia. Ese molino con tantas historias de cosas raras que todos sabían y que comentaban por lo bajo…
Se contaba que hacía muchos años, un día el agua que bombeaba para el tanque australiano salía pardo rojiza, imbebible para los animales. Asociadas a esta rara circunstancia, aparecieron en las cercanías varias ovejas muertas. No eran ataques de pumas. No había rastros de ningún zarpazo o dentellada propias de la forma de estos animales salvajes. Las ovejas presentaban dos cortes limpios como hechos a cuchillo en el pecho hasta la garganta, y por ese corte parecía que les habían sorbido toda la sangre y las vísceras como con una aspiradora. Aparecían así cerca del molino, con la piel, algo de tejido muscular y los huesos. Alguien leyó en un diario viejo acerca de un animal rarísimo que había parecido en México. Lo llamaban el chupa cabras. Así quedó la versión local del “chupa ovejas”. Nunca paso más nada… 
El patrón había mandado cercarlo con alambre tejido para evitar más comentarios y proteger a su personal de no sabía bien qué. Pero por si acaso…
En ese madrugar tardío, donde el sol se despereza con toda tranquilidad para luego aparecer de golpe, como dando un salto de la cama de la noche prolongada en ese mes de agosto, lo vieron. Caminaba despacio, tambaleándose, silueteándose grotescamente contra el claro cielo iluminado. Al aproximarse apenas lo reconocieron, era Laureano, el capataz de la estancia vecina. Hacía tiempo que no lo veían. Algunos pensaron que se había ido con la última comparsa de esquila. 
Nadie hubiera creído que Laureano, un paisano bien plantado y no mal parecido, hubiera decaído tanto. Parecía que le estuvieran sorbiendo la vida. Se veía andrajoso, débil, apenas podía caminar.
Varios corrieron a su encuentro.
-¿Don Laureano, qué le ha pasado?, preguntó Juan, una joven promesa de excelente domador, que llegó primero.
-Les contaré, pero no se me acerquen. No pararé aquí, ni en ninguna otra parte, sólo manténgase lejos, denme un poco de agua, descansaré un rato y seguiré mi camino. 
Parecía en estado de trance o de shock. En su relato renacía el terror y sus ojos resbalaban hacia la boca, que se torcía y temblaba. Luego de la boca se trasmitía a las manos, que tendían los dedos en una especie de espasmo, como diciendo: no se acerquen.
-Hay que llamar al administrador, dijo Juan, guardando prudente distancia, él sabrá qué hacer y hagámosle caso. Mantengámonos lejos, puede tener alguna enfermedad contagiosa. 
Hay que llamar al administrador y al patrón también, dijeron varios.
Un paisano mayor, ya casi anciano, el respetado Don Braulio, dijo:
-Déjense de macanas, no se dieron cuenta del estado de este hombre, necesita auxilio. Déjenmelo a mí, mientras ustedes van en busca de más ayuda. 
Don Braulio se aproxima al hombre, lo abriga con su poncho y le dice… al oído: 
-Tranquilo amigo… lo llevaremos a la casa y se quedará aquí hasta que se reponga. En ese instante siente como dos pinchazos en su cuello y el hombre sufre como un estertor y se afloja, como si sus huesos fueran de goma, totalmente flácidos. 
-Ha muerto, dice don Braulio. Con una extraña voz que nunca le habían escuchado antes… Se yergue y a medida que lo hace, parece que un cambio se está produciendo en su cuerpo. Los dolores del reuma localizado en su columna vertebral, que le obligaban a caminar medio encorvado, ya no están. Se sintió fuerte de repente, veía mucho mejor, escuchaba hasta la respiración de los paisanos esperando a prudente distancia. Erguido en toda su estatura, se sentía más alto. Se palpó los brazos llenos de solida musculatura, al igual que las piernas. También se pasó una mano por su cabeza. ¡Le había crecido el pelo!… De repente se sentía muy fuerte y poderoso… Se seguía explorando, atónito por los cambios, se pasó también los dedos por la boca y allí notó más cambios. Los colmillos habían crecido desmesuradamente y aún con la boca cerrada sobresalían un par de centímetros de sus labios. Al mismo tiempo, sintió una desesperante sed, no de agua precisamente. 
Sabía dónde saciarla y se encaminó lentamente al grupo… Juan se adelantó corriendo hacia él y preguntó:
- ¿Qué pasó don Braulio? Cuente… 
Fueron sus últimas palabras. 

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Jueves 7 Dic 2017