Miercoles 11 de Enero de 2017
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Pablo Beecher
Gladys Hoffman de Suárez:
Un compromiso que trascendió las aulas
En 2002 Gladys Hoffman se sumaba a la labor pastoral que el recordado cura español -Juan Barrio- desarrollaba en el barrio San Benito, que crecía a pasos agigantados con migrantes chilenos, bolivianos y paraguayos, además de los argentinos. Un despojado tráiler se convirtió en la primera capilla después de celebrarse la misa durante varios años en la casa de los vecinos que se ofrecían… Un puñado de vecinos del centro de la ciudad y comerciantes benefactores iniciaba una cruzada por la solidaridad, sorteando un sinnúmero de obstáculos y socorriendo semana tras semana a los hogares más vulnerables del barrio. En 2006 también se
Viernes 16 Dic 2016
 Las familias López y Suárez.

Las familias López y Suárez.

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La obra del padre Juan

No sabemos cómo hacía el padre Juan, pero conseguía las cosas… el primer tráiler, después el segundo… donde entraron más personas, entonces los unió y él daba la misa ubicado en el centro para poder observarnos a todos. Un día apareció el propietario del terreno donde estaban ubicados los tráileres y tuvimos que corrernos a la esquina opuesta de la misma manzana, que sería luego el predio correcto para la iglesia. Es la esquina de las calles 13 y 22. Mientras tanto empezaba a edificar la capilla, la planta baja y la planta alta, pero la obra quedó inconclusa y de a poco se va retomando.

Había vecinos que ayudaban a organizar la misa, además el padre Juan tenía ese don de convencer a la gente para que se hiciera responsable y algunos comenzaron a acercarse. El era muy soñador y siempre decía: “Primero la escuela y después la iglesia”. Soñó siempre con la escuela... 

A él le preocupaban la pobreza, la falta de servicios, el transporte, la iluminación de las calles (sobre todo en invierno), la alimentación, la falta de trabajo porque los hombres, muchos padres de familia, eran en su mayoría changarines. Mucha gente fue acercándose por necesidad o por fe y apreciaban mucho al padre Juan.

Me tocó la elaboración del proyecto para una escuela y un jardín de infantes que el padre Juan lamentablemente no alcanzó a ver. 

Había una calle, la número 13, que viene de Asturias hacia el barrio y que es muy extensa, entonces los vecinos juntaban chapas y pintaban: “Calle Padre Juan”. El me decía cuando lo acompañaba: “¡Mira Gladys!... ¡Esta es mi calle… yo la voy a llenar de árboles! Va a ser la calle más hermosa de la ciudad!”.

Entre los que trabajamos con el padre Juan reunimos más de dos mil firmas para que la calle 13 lleve su nombre, sin embargo, como todavía no estaba dentro del ejido urbano, no prosperó la propuesta.


Los niños del San Benito

En 2006 se sumó la hermana Teresita Ferretti de María Auxiliadora como asesora de los padres del barrio. Más adelante se sumaba la hermana Paola Oldani, italiana misionera. Esta capilla del San Benito depende de la parroquia San José Obrero. Allí damos el catecismo, bautismos, la preparación para la Primera Comunión y la Confirmación, además funciona Cáritas.

En la primera época hacíamos la leche chocolatada en una estufa a carbón y empezábamos a las ocho de la mañana, luego caminábamos cuatro cuadras con la inmensa olla. Nunca faltaron facturas ni tortas. Había veces que Rita Villegas y su grupo de amigos organizaban un día de esparcimiento con payasos. Otras veces la Municipalidad organizaba juegos.

Más adelante reunimos dinero y compramos grandes termos para llevar el chocolate que hacíamos en casa. Los chicos escuchaban el ruido de la camioneta de don José -que venía con las facturas del día anterior- y gritaban: “¡Ahí viene el panadero, el panadero!”.

Nos cansamos de pedir prestado un equipo de audio, hasta que finalmente compramos uno.

En el barrio habita mucha gente proveniente del norte del país, como jujeños, chaqueños, formoseños, correntinos, además de bolivianos y paraguayos. Todos muy religiosos, con sus santos y sus imágenes de la Virgen. El padre Juan nos decía: “No importa de dónde vienen. No importa si son católicos. Debemos cumplir con las obras de la misericordia y hacer realidad aquello de darle de comer al mendigo, cobijarlo”. 

Una vez que cubrimos las necesidades de la gente, el resto de la ropa y las empanadas se vende para seguir cubriendo necesidades. También llevamos a los barrios “Los Lolos” y “Bicentenario I”.

Los lunes, las familias más necesitadas retiran el pan y la leche, que nos entregan los comerciantes y vecinos, como don Reyes que periódicamente lleva su caja de víveres o ropa. Necesitamos más benefactores. Un día llegó un hombre que dijo: “Yo prometí que si conseguía trabajo iba a donar 300 pesos a la capilla”, que para un trabajador es una enormidad de dinero: “Aunque sean dos ladrillitos”, dijo. En otra ocasión una mujer llegó con una camioneta repleta de víveres porque había hecho una promesa a San Benito si conseguía trabajo. El primer sueldo lo destinó a las necesidades del barrio.

El objetivo ahora es mejorar las condiciones edilicias de la capilla hasta finalizarla para ofrecer mejor atención. Esta era el sueño del padre Juan y queremos cumplirlo. Hasta ahora hacemos nuestras actividades en los tráileres o dentro de la iglesia que está sin terminar. Estas últimas Pascuas nos reunimos dentro de la iglesia con piso de tierra y colocamos plásticos en las aberturas. Otras veces pedimos que nos presten la escuela, el jardín o el Cuartel de Bomberos del barrio para celebrar algunos acontecimientos, como el encuentro de los jóvenes misioneros, las comuniones y el Día de San Benito, que es el 11 de julio -pleno invierno- ,sin embargo lo festejamos con igual algarabía. Este año el frío no nos permitió hacer la procesión, sin embargo nos fuimos pasando de brazos en brazos la imagen del santo patrono.


Las anécdotas

Una vez al padre Juan se le ocurrió hacer chorizos para recaudar fondos. Habló con un hombre que pasaba caminando: “¡Venga, amigo!” y cuando el padre te decía “¡Venga, amigo!” era muy difícil decirle que no, entonces le encomendó que cocinara los chorizos en un chulengo que nos pidió. En una obra muy amablemente los obreros nos lo prestaron. Una vez que terminó la misa invitó a todos a comer chorizos. Las mujeres cortamos el pan y el hombre nos los iba pasando. El padre Juan nos codeaba una por una: “¡¿Qué tal están?!”…¡Llegábamos a nuestras casas pasadas de humo!

Un día le dijimos que los obreros nos pedían el chulengo, entonces lo devolvimos, pero el sábado siguiente le pidió a otro muchacho que pasaba caminando y arriba de una chapa volvió a hacer los chorizos.

Un día le dijimos: “Padre. No podemos seguir así”, entonces otra vez llegó con los chorizos humeantes detrás de su auto, porque los había hervido en la cocina de la parroquia: “¡Más sanitos porque perdieron toda la grasa!”. Era maravilloso… También fue muy defensor de los animales y las plantas.

Un día casi lo llevaron preso… Un vecino necesitaba chapas y él buscó unas que estaban apiladas en un predio. Cuando lo citaron en la comisaría, dijo al dueño de las chapas: “¡Qué mal que has hecho tú!... Yo se las di porque las necesitaba. Las tuyas están pagas en el Híper. ¡Ahora te subes conmigo en la camioneta y vamos a buscarlas!”.

En un inicio de Cuaresma el padre Juan nos dijo que el domingo nos iba a llevar a sus colaboradores un hermoso regalo. Estábamos todos expectantes durante la misa, y cuando finalizó nos entregó una bolsa de supermercado ¡con menudos de pollo! y los extranjeros, entre los colaboradores, no entendían, entonces yo les decía: “¡Hacé un guisito, vos una sopita!”. Yo les explicaba que el sacerdote no tiene dinero para comprar obsequios, sino que en estos casos lleva lo que le llega a la capilla. Al año siguiente nos regaló ¡una caja de cien saquitos de té! 

Uno a veces se queja porque el marido entró a la casa con los zapatos sucios o colgó mal el abrigo… Un día me dijo una señora si podía ir a ver a una familia. Me fui con una amiga… Era una habitación grande, dividida con una lona de plástico negro. Nos hicieron pasar. En el suelo había una mujer con un bebé arriba de unos cartones y trapos sobre un pallet. Una hija asomó la cabeza corriendo la cortina de lona. Preguntamos dónde dormían los niños y nos dijeron que todos en el suelo. Entraba aire por todas partes. Enseguida tapamos los agujeros como pudimos, fuimos a ver al padre Juan para contarle y nos acompañó… Tenía una cancha este cura... Lo primero que le dijo a la mamá fue: “¡Qué hermosa es tu hijita!” y la levantó en brazos: “¡Cuídala mucho!... ya te vamos a ayudar”. Nos fuimos a la parroquia y buscamos camas, colchones, frazadas, víveres. Esa tarde nos fuimos tan reconfortadas. 

Todavía me acompañan Rosita, Joaquina, abuela María, Nina, Andrés, José, Irma, Esther y Edith, todos colaboradores. Mis amigas también ayudan, como Olga Sánchez y su hija, Nélida Chazarreta y Daría, Elida Zunino, María Rosa y familiares, las primas de mi nuera Analía López; los compañeros del Corralón donde trabaja mi marido. Todos colaboran... 

El 15 de abril de 2012, el día en que el padre Juan falleció, los chicos recogieron margaritas silvestres alrededor de la capilla y cuando pasó el féretro se las arrojaron como símbolo de afecto. Un cura inolvidable… Ahora acompañamos la tarea pastoral de los padres Fabián Gili y Sergio Latini. 

Como vecina de Río Gallegos me preocupan tantos temas… el patrimonio tangible como intangible… el cuidado de las antiguas casas, los árboles inclinados por el viento, mientras en otras localidades se trabaja para el turismo, aquí los arrancamos porque la gente a veces no tiene paciencia para solucionar el tema de las raíces. Me preocupan lugares emblemáticos como la Curva del Carancho. He presentado proyectos a distintos concejales para que coloquen al menos un cartel indicativo.

Esta es mi manera de pensar, porque la historia y la geografía de la Patagonia me atraparon. No pierdo las esperanzas en que podamos superarnos como sociedad.

Viernes 16 Dic 2016