Sabado 20 de Mayo de 2017
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Pablo Beecher
Entre San Julián y el Tucu Tucu
El tiempo de las carretas
En el San Julián de 1910 el español José Castro fue jornalero en el campo y luego se hizo de una chata y algunos caballos hasta emprender su trabajo como fletero. Tuvo una nutrida cartera de clientes y fleteaba para las estancias de la zona de Colonia Pellegrini, cercana a Bajo Caracoles, La Manchuria y a veces llegaba hasta el boliche del río Lista, camino al Tucu Tucu. Un viaje demoraba semanas y acampaban en el camino, durmiendo con sus pilchas debajo de la carreta y a diario preparándose la comida. Empezaba el invierno y José aún estaba fleteando lana.
Domingo 7 May 2017
 José Castro y su cuñado José López en sus chatas, San Julián, años ´20.

José Castro y su cuñado José López en sus chatas, San Julián, años ´20.

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José Castro
José Castro nació en Lugo, Galicia, llegó a San Julián en 1910 como tantos otros españoles que venían a “hacer la América”. 
El primer trabajo de José fue en las excavaciones de Punta Caldera para intentar hallar agua, ya que el suministro de agua potable fue siempre el problema de la zona. (El nombre de Punta Caldera es porque antiguamente allí había funcionado una grasería de lobos de mar). 
Más adelante fue jornalero en el campo y luego se hizo de una chata y algunos caballos y emprendió su oficio como fletero de fardos de lana y materiales. El circuito normal consistía en bajar la lana al puerto de San Julián y subir los víveres a las estancias, para que los pobladores estuvieran surtidos de lo necesario durante el invierno. 
José adquirió un predio de 50 x 50 donde había un pozo de agua algo salada, allí hizo los bebederos para los caballos, bombeaba el agua con una bomba “a sapo”, como se la llamaba antiguamente. 
Tuvo una nutrida cartera de clientes y fleteaba para las estancias de la zona de Colonia Pellegrini, cercana a Bajo Caracoles, La Manchuria y a veces llegaba hasta el boliche del río Lista, camino al Tucu Tucu. 
(En esa época también eran famosas las tropas de chatas de las estancias “Lago Tar” y “La Federica”, que tenían cada una hasta catorce chatas. Estas tropas eran tan grandes que se organizaban de manera tal que pasaran distanciadas una de otra).
Cada viaje demoraba semanas y acampaban en el camino, durmiendo con sus pilchas debajo de la carreta y a diario preparándose la comida. Empezaba el invierno y José aún estaba fleteando lana. El invierno era invierno con mucho frío y el verano era verano con mucho viento.
En el anecdotario aparecen los accidentes de los viajes, alguna vez que se le dispararon los caballos u otra vez que volcó y cómo, con paciencia, José resolvía el contratiempo. Otra vez en el pueblo, de regreso de sus viajes, arreglaba sus chatas en el propio taller y si algo no lo podía hacer lo llevaba a la herrería de Jesús Fernández Peña. 
Pocas veces José Castro estuvo presente en el nacimiento de sus doce hijos porque siempre estaba viajando. 
Luego José dejó la etapa de la chata y los caballos para modernizarse y subirse a los camiones.

Nicanor Hernández 
Nicanor Hernández nació en 1894 en Salamanca, Castilla La Nueva, donde su familia tenía un fundo y se dedicaba a la labranza y la cría de animales. Era andariego y así fue como se vino en 1914 a la Argentina, quedándose primero en la provincia de Buenos Aires para trabajar en las cosechas.
En una oportunidad conoció a un ganadero que tenía cabaña de carneros en Trelew, Chubut, que le ofreció llevarlo como cabañero. En esa ciudad conoció a Petra Reyero. En 1917 se casaron y fueron naciendo los primeros hijos.
En 1919, John Frazer, dueño de la estancia “La Colmena” en la zona de San Julián, llegó a Trelew para comprar una tropa de chatas con mulas y burros. Esta tropa fue conocida como tropa “La Rubia”. 
“Míster Frazer” -como se lo llamaba- necesitaba una persona de suma confianza para llevar las seis chatas completas por tierra y el vendedor le dijo que le prestaba un hombre: “Eso sí, cuando llega allá me lo manda de vuelta”, dijo. “Sí, sí, no hay ningún problema” y el patrón le pidió a Nicanor que se encargara de llevar la tropa hasta la estancia del comprador, oportunidad que aprovecharon para llevar fardos de pasto y bolsas de maíz.
Contaban que tardaron alrededor de cuatro meses en llegar a la estancia “La Colmena” y una vez que se acomodaron, Nicanor se quedó trabajando hasta que mandó a buscarlo su antiguo patrón. El estaba decidido a regresar a Trelew, pero Frazer le ofreció mayor sueldo para que se quedara a cargo de la tropa y la manejara, entonces eligió quedarse y volvió en barco al Chubut para buscar a su esposa y sus dos hijos. 

En San Julián
Ya era el año 1920. Nicanor hizo una casa en San Julián en la calle Berutti y siguió fleteando con la tropa de chatas “La Rubia”, no sólo para “La Colmena”, sino también para otras estancias. El primer fardo de lana del lago San Martín lo sacó él con su tropa. Incluso una vez fueron por Cañadón Grande al lago Baker en Chile a buscar lana de una estancia porque no podían sacarla por otra parte.
Entre los que trabajaron con Nicanor estaban el chileno Juan Pérez, Adolfo Padeja y un tal Rivera. En el norte comentaban que se ganaba buena plata por día de arreo, en realidad eran dos o tres pesos y así fueron llegando otros hombres, algunos de ellos, después de los arreos se quedaban trabajando con Nicanor. 
Se fleteaba todo el año, salvo que lloviera o nevara demasiado; en la estancia “La Colmena” se engrasaban los ejes y se herraban los animales. Ellos mismos arreglaban las chatas, que tenían un mecanismo sencillo: las ruedas grandes traseras iban en un eje con los extremos que terminaban dentro de bujes de acero y tenían chavetas en las puntas. Estos bujes se engrasaban para que el andar fuera más aliviado para los animales que tiraban cada chata. Las ruedas chicas delanteras llevaban rosca en el eje y eran algo más delicadas. 
Había que ir cortando campo y haciendo una huella, porque no las había y a veces las chatas se empantanaban. La mula y el burro más fuertes se ponían adelante, de cadeneros. Habitualmente, llegando a San Julián, como iban por la misma ruta y los animales estaban acostumbrados, decían que cuando relinchaba el burro que iba de cadenero en la chata delantera era porque faltaban más o menos cuatro o cinco kilómetros y las bestias no paraban hasta que llegaban al pueblo. 
Una vez que bajaban los fardos en los patios de los galpones, a orillas del mar, iban hasta donde descansaban y podían cincharlos con un tractor que no se movían hasta que los desataban, los desensillaban y los largaban en las afueras del pueblo, donde el marucho los vigilaba. 
El marucho es como un campañista, él llevaba la peor parte porque vivía pendiente de las mulas, además, por lo general se salía bien temprano y si se conocía bien el terreno, salían de noche. 
A las doce el marucho buscaba las mulas para que a las dos o tres de la mañana estuvieran atándolas. Estaban los laderos, que tiran las ruedas; los vareros, que iban metidos en las varas y manejaban la chata; los cadeneros adelante y los cuarteros, que no llevaban más que una soga sola y otras veces los prendían al pecho (con pecheras), para cuando había una subida grande o un terreno blando que cruzar. 
En cada chata empleaban de dieciséis a veintidós animales y quedaban entre quince o veinte afuera, que llevaba el marucho de reserva. Un animal débil no podía estar porque no aguantaba, recordemos que cada fardo pesaba doscientos cincuenta kilos y a veces cargaban quince fardos por chata y esos kilos había que tirarlos... 
En las bajadas prendían caballos detrás de la chata para que la fuera frenando durante el descenso, además usaban unos frenos que eran tacos de madera dura de lapacho. Cuando empezaron a llegar los primeros camiones, les ponían a la madera del freno un pedazo de cubierta vieja. 
Al final del día acampaban, prendían un fuego y atravesaban una lona debajo de la chata para que atajara el viento y ahí pasaban de noche. Comían de todo, aunque lo más rápido era el churrasco. En la marcha de la tropa, que era lenta, el marucho se apuraba con los animales de reserva, los dejaba comiendo y se ponía a cocinar, esperando a sus compañeros con una sopa que era infaltable y después un guiso o un puchero, según el tiempo. 

En la huelga rural
En 1920, Frazer y Patterson le encargaron a Nicanor que viajara al Chubut a buscar otra tropa de carros y mulas, comisión que cumplió sin inconvenientes. 
Cuando ya había empezado la huelga rural y hubo una revuelta, culparon a Nicanor y a su hermano Domingo de que estaban haciendo un flete de lana para Frazer. En San Julián se había corrido el rumor de que “los gallegos” eran los cabecillas, entonces el Ejército salió a buscarlos y tanto persuadieron al capitán Varela, que aseguró que de no poderlos agarrar pagarían diez mil pesos por sus cabezas.
Un tal Mercedes José Hernández (que no era familiar) se enteró de los comentarios y recordó que los hermanos Hernández andaban por la zona de “Mulak Aike” y fue a avisarles que al día siguiente saldría el Ejército a buscarlos. Ese hombre llegó a “La compañía” (estancia Coronel), dejó el carro y siguió a caballo hasta que los encontró antes de llegar a “Mulak Aike”: “Te anda buscando el Ejército, si no ha salido anoche, salió hoy bien temprano. Dicen que vos sos uno de los cabecillas y en cuanto te agarren, te matan a vos y a tu hermano”. 
Nicanor pensó que lo mejor era volver cuanto antes al pueblo y le dijo a uno de los empleados más viejos: “Larguen aquí nomás que yo me voy para el pueblo”. Entonces buscó una mula y Domingo otra: “Si nos agarran juntos nos matan, es mejor que vayamos separados; por lo menos que quede uno. Nos encontramos en el pueblo. Yo me voy por el cañadón de “la compañía”, vos andá por el otro lado. El que llega primero ubica a míster Frazer y le avisa”.
Marcharon todo el día y toda la noche sin comer, llevaban sólo unas tortas en el bolsillo. Ya cerca de San Julián, Nicanor vio una polvareda y pensó que ahí iba la tropa, entonces subió a una cuesta, escondió la mula y desde el pedrero donde estaba escondido vio pasar la tropa. 
Había encontrado un huevo de avestruz (a veces, cuando el avestruz no alcanza a llegar al nido, pone su huevo en cualquier lugar, que queda como un huevo guacho). Mientras se alejaba la tropa hizo un pequeño fuego y se puso a cocinar el huevo, que al parecer estaba malo. Subió a la mula y poco después llegó al pueblo.
Esto lo contaba Nicanor, sin embargo algunos tienen otra versión, dicen que cuando los hermanos estaban en “Mulak Aike” con las chatas, “Facón Grande” los acompañaba y que se escondieron en el galpón, adentro de unos tambores y los soldados no los encontraron.
En verdad, afortunadamente Nicanor pudo llegar a San Julián y llamar por teléfono a su esposa, que estaba en “La Colmena”, para que le pidiera a Frazer que fuera al pueblo. “La compañía” y “La Colmena” tenían teléfono y estaban comunicadas con el pueblo. 
Al día siguiente llegó Domingo y se escondió en la casa de su hermano, después Frazer llegó a San Julián y le dijo a Nicanor que iba a arreglar todo: “¡Quedate acá en la casa, no te hagas ver, que yo te voy a traer todo lo que precises”. 
Frazer fue a la comisaría y habló con el comisario: “Ninguno de los de mi gente tiene que ver con esto, ellos solamente vienen cargados de lana para el pueblo”, aseguró. El comisario habló con el capitán Varela, que ya había dado la orden de que los matasen donde los agarraran: “¡Van a matar a dos inocentes que vienen trabajando con las tropas cargados de lana!”, entonces Varela se entrevistó con Frazer y mandó otra comisión, dejando sin efecto la orden anterior.

(continuará el próximo domingo…)
Domingo 7 May 2017