Sabado 20 de Mayo de 2017
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Destellos Patagónicos
Colección cuentos y relatos cortos
Por Sergio Pellizza
Jueves 18 May 2017

La maldición de la 

Estancia del Bajo

(Primera parte)

Eleuterio Sisaro, ya pisando los 80 años, con buena salud salvo unas recaídas como de pérdida de energía vital que ningún médico consultado supo explicar. Retirado de sus tareas de ovejero, con una magra jubilación en su bolsillo que, según él, alcanzaba y sobraba para sus necesidades que eran más magras que su jubilación. Había aprendido a leer de grande y allí descubrió el tesoro que ofrecen los libros. En estos tiempos sin nada que hacer sus gustos eran leer y estar presente en cuanto fogón se le ponía a tiro. Le encantaba escuchar las historias de los paisanos y sabía cuánta sabiduría tenían esos relatos que eran la historia viva de su tierra. 

En una oportunidad en que se había terminado la esquila en “La Cristina” al Norte del lago Viedma se armó el tradicional fogón después de un muy buen asado de cordero, regado con bastante vino de damajuana. Y como siempre Eleuterio presente y atento a los relatos. 

Mientras el mate recorría la rueda, alguien dijo: Eleuterio, vos tenés que contarnos alguna vez tu historia secreta de la Estancia del Bajo. Sabemos que prometiste mantener reserva, pero no te vas a morir sin que nos enteremos. 

-Sí, dijo Eleuterio, hoy lo haré.

–No es un secreto, sólo que aun tengo miedo cuando me acuerdo de eso. 

- Es sabido que mucha gente cree en la existencia de los fantasmas o al menos en la posibilidad de su existencia. Esto que les voy a contar, porque hoy escuché de uno de ustedes que no conozco, las palabras de que “debo hacerlo antes de morirme”.

 Se acomodó en el banco, cerró sus ojos y como si entrara en una especie de trance. 

-No eran buenas épocas, la lana no tenía buen precio y menos aún como se la estaba vendiendo, sucia y sin ningún proceso. Como ustedes saben al animal sólo se le cortaba el vellón, se enrollaba y de allí al fardo prensado que terminaba en hilanderías inglesas o europeas. 

-Nunca fui de aquerenciarme en el mismo sitio por mucho tiempo, así que andaba con mi alazán y el pilchero (caballo que se lleva para transportar las pertenencias del paisano, algo de ropa, algunos enseres para cocinar, etc.).

-Me sorprendió en ese agosto la noche temprana con amenaza de nieve, malo para pasarla a la intemperie. No llegaría al puesto sur de la próxima estancia antes de que se hiciera de noche. A la vista tenía el casco abandonado de la Estancia del Bajo.  Se decían tantas cosas de este lugar que realmente metía miedo. 

– Ya había comenzado a nevar y la cosa se pondría muy fea a campo abierto. No lo pensé más y decidí refugiarme allí, empujando muy adentro ese miedo que seguramente no era más que impresión.

-La puerta de la casa estaba cerrada y no cedió a mi primer empujón, las bisagras oxidadas, pensé. O a lo mejor está con llave… En ese momento la puerta se abrió sola, sin un solo quejido. Traspuse el umbral. De adentro venía un frío que me hizo tiritar y me dije: mejor le peleo a la nieve y a la escarcha afuera. Cuando giré para salir la puerta se cerró de golpe sin ruido, casi en mis narices. El silencioso golpe fue tan fuerte que no pude abrirla. Tras varios intentos empecé a agitarme, sentía una gélida presencia a mis espaldas y más al oír que alguien se quejaba. No sabía si voltearme o tratar de romper la puerta. No hice nada más que entrar en pánico al escuchar una vos cavernosa pronunciando mi nombre. 

–De golpe se me fue toda la fuerza y caí al suelo tan diluido como si no tuviese un solo hueso en el cuerpo, como si fuera un pedazo de gelatina, temblando igual que ella. Por suerte mi vista estaba tan borrosa para notar esa figura inmensamente negra que se estaba irguiendo ante mí. En un intento desesperado y sacando fuerzas de no sé dónde, me incorporé, corrí unos metros y me tiré por la ventana cercana cayendo entre vidrios rotos sobre el duro suelo escarchado. Quede medio inconsciente; al volver en mí, con el rostro ensangrentado, aquella cosa estaba aún allí… corrí desesperado a campo traviesa y caí lejos, sobre la nieve blanda, exhausto… 

-Mi alazán y el pichero me siguieron en esta huida y, como muchas veces lo hicimos antes, se pararon sobre mí dejándome bajo sus vientres, cobijando mi cuerpo de la intemperie. Así abrigado por el calor de los animales entré en un profundo sopor a igual distancia del sueño y la pesadilla y escuchando la cavernosa voz que me decía: No tomé lo suficiente de ti Eleuterio. Te fuiste antes, pero cuando antes de morir cuentes esta historia la marca de tu brazo se pasará a tu vecino próximo y de él seguiré tomando los fluidos que necesito.

La paisanada impresionada por el relato, inmóvil como rulo de estatua, apenas respiraba. Ya pasada la impresión comenzaron a codearse intentando unos desabridos comentarios, como: “Qué imaginación había tenido el Eleuterio”… y otros por el estilo. Alguien dijo, pasemos la ginebra que está haciendo frío y se dirigió a Eleuterio con el porrón en la mano. El primer trago es para usted por tan buena historia. Acercándose, sírvase un buen trago hombre… Eleuterio no se movió, el comedido lo tocó y se desplomó de su banco, permaneciendo inmóvil sobre el piso. Estaba muerto… En ese instante el comedido que lo había alentado a contar la historia sintió una fuerte picazón en su brazo izquierdo. No le dio importancia en ese momento, pero poco tiempo después…

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Jueves 18 May 2017