Lunes 17 de Julio de 2017
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Pablo Beecher
Pablo Lenzner
El pionero alemán que escribió su propia historia
En 1892 Pablo Lenzner desembarcó en Buenos Aires y poco después se trasladó a la provincia de Córdoba, trabajó de sol a sol. Tenía veintiún años. En 1897, alguien le informó sobre vastísimas extensiones en Santa Cruz, que el gobierno alentaba a poblar. El joven alemán se convirtió en ovejero y organizó algunos de los primeros establecimientos ganaderos alejados de la abrigada costa atlántica. En 1903 rompió aquel mito que afirmaba que “en la meseta no se puede”, y camino al lago Argentino pobló la estancia “El Librún”.
Domingo 25 Jun 2017
Pablo Lenzner junto a Copacho, 1912.

Pablo Lenzner junto a Copacho, 1912.

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Pablo Lenzner nació en 1871 en Lauchstedt, Sajonia, y a los veinte años se embarcó a América...
“De joven siempre me había atraído la idea de trabajar la tierra, pero eso tenía el inconveniente de que yo no disponía ni de la tierra, ni del dinero necesario para comprarla. Siendo el menor de nueve hijos, si me quedaba en Alemania, tenía pocas posibilidades al respecto, ya que allí uno tenía que moverse dentro de un esquema de ofertas de formación vocacional muy estrecho y predeterminado. 
Me fascinaban los viajes a países extraños y lejanos, por ejemplo intenté encontrar la forma de integrarme a una expedición al Africa, pero no resultó. En otra oportunidad, un buque de emigrantes hacia la América del Norte justo acababa de partir, y así, recordando a un compañero del servicio militar, el bibliotecario doctor Fick, que me contaba exóticas historias de un hermano suyo radicado en Chile, tomé la decisión y me embarqué en octubre del año 1892, a los veintiún años, en el buque de bandera argentina “Belgrano”, con rumbo a Buenos Aires. 
Buenos Aires era en ese entonces una ciudad de unos 650.000 habitantes, con sistemas sanitarios muy rudimentarios, el transporte público se realizaba con tranvías tirados por caballos y por las tardes se podía admirar a los porteños pudientes, o mejor dicho a las porteñas, que iban y venían entre la calle Florida y Palermo en lujosos carruajes tirados por hermosos caballos. 
El puerto se comunicaba con la ciudad, cuyas edificaciones comenzaban recién a partir de la barranca (después, calle Leandro N. Alem), a través de calles levantadas con terraplenes que cruzaban por las zonas bajas de lagunas y barro, aproximadamente donde actualmente se encuentra el Correo Central, y donde los domingos se solía cazar patos. 
Yo no conocía absolutamente a nadie, aún no hablaba el idioma español, y estuve pocas semanas en Buenos Aires. 

Hacia Córdoba
En esa época, los señores Dunzelmann y Oerthmann hacían publicidad para crear una colonia agrícola llamada “Bremen”, situada a unos 25 km de la ciudad de Cañáis, en el sur de la provincia de Córdoba. 
En 1893 viajé a esa provincia, el ferrocarril me dejó en Cañáis, que consistía entonces de la comisaría, algunos ranchitos y varios boliches. Trabajé unas semanas en la colonia agrícola Bremen, hasta que me pude comprar una chacra de 100 hectáreas con el dinero que mi madre me había facilitado al viajar, en la cual ya existía un rancho con paredes de barro de dos piezas. 
Todo esto me parecía un circo: Dormía en una cama de hierro, pero que no tenía colchón, y para frenar las pulgas ponía las cuatro patas de la cama en platos con agua. A pesar de todo, dormía muy bien. 
Empleé un peón y entre ambos nos turnábamos para arar y para la preparación de las comidas, (acerca de lo cual yo ignoraba todo, sólo hacíamos puchero y asado). Se trabajaba la tierra en cooperación con vecinos, de los cuales uno tenía una cosechadora (que corta el cereal) y otros tres vecinos tenían los carros de transporte de cereal. 
Como el volumen trabajado era poco, la máquina necesaria contratada para la trilla (máquina que separa el grano de trigo de la paja) no llegaba a tiempo, por lo cual hacíamos la trilla tirando el cereal cortado en el piso de un corral, luego lo hacíamos pisotear por caballos, y a continuación se separaba la paja del grano de trigo, levantando todo manualmente con palas contra el viento, un método usado en épocas de Abraham.
En realidad, el primer año sembramos maíz, pero que fue cosechado por bandadas inmensas de langostas, con una pérdida total. El segundo año intenté con trigo, comprando yo la semilla para sembrar a 11 pesos, y vendiendo lo cosechado a 5. El tercer año fue similar al primero debido a la incursión de nuevas bandadas de langostas.
En 1895, desanimado, pero no vencido, pude vender la tierra, pero no las herramientas, ya que los vecinos estaban todos fundidos, alcanzando apenas a pagar mis deudas, quedando “vis a vis de rien”.
En posesión de solamente un buen caballo y un recado, cabalgué sin éxito para buscar trabajo hasta Bellville, de ahí a Rosario, y a San Nicolás. 
En 1896, recién en Pergamino obtuve un empleo como ayudante de mayordomo en la estancia Santa Ana, de un señor Roth, con un sueldo de 30 pesos por mes. Después de seis meses comencé a trabajar como recibidor de cereales para la empresa Piazza & Zeller en San Nicolás (150 pesos por mes). A los tres meses se fundió esta empresa y como yo había preferido no retirar el sueldo para ir ahorrándolo, al final no pude cobrar nada. 
Terminé trabajando como juntador de maíz, lo cual no era sencillo porque, después de tantas malas cosechas, nadie tenía dinero para pagar. 
En esa época, vi una miseria como nunca antes había presenciado en mi vida; por ejemplo, en Villa Constitución vivía gente desocupada dentro de vagones de carga de ferrocarril vacíos, alimentándose de choclos y pescados. 

Viajar a la Patagonia
En 1897, me enteré por un tal Hamilton acerca de los intentos del gobierno argentino de poblar la Patagonia, más específicamente el territorio de Santa Cruz, tras lo cual vendí mi caballo y me compré un boleto de ida sola en el buque de transporte “Villarino”, (el único medio de transporte posible al extremo sur argentino era el marítimo, pues no llegaban ferrocarriles ni diligencias, tampoco existían caminos), desembarcando en Río Gallegos en octubre de ese año. 
Puerto Madryn consistía en una estación donde terminaba el ferrocarril y unos pocos ranchos, Comodoro Rivadavia aún no existía (el petróleo se descubrió allí en 1907), y Río Gallegos también consistía en unas pocas casas, habiéndose fundado unos años antes. 
Conseguí un empleo como ovejero a 5 libras inglesas por mes, en la estancia Markach Aike, de Kark y Osenburg. 
En 1898, los señores Cornelio Baca, ingeniero, y Leopoldo Lanús, ambos argentinos, propietarios de la empresa Baca, Lanús y Cía. (almacén de ramos generales en Río Gallegos), junto al doctor Miguel Grijera, habían arrendado en ese año al Fisco un campo de 12 leguas (1 legua es 5 km x 5 km, = 2500 hectáreas), llamado “El Chingolo”.

Lenzner ovejero
En esa época, en Santa Cruz sólo existían asentamientos humanos o estancias en la zona costera sobre el Océano Atlántico, donde se contaba con un mínimo de medios de transporte marítimos que comunicaban con Buenos Aires o con las Islas Malvinas, además de poseer la costa un clima algo más benigno. En cambio, toda la zona de mesetas entre la costa y la Cordillera, que a la altura de Río Gallegos tiene una extensión de más de 300 km, estaba deshabitada y considerada una estepa intrabajable e insostenible como explotación ganadera. 
Recién en la zona cordillerana de Lago Argentino, a unos 320 km de Río Gallegos, y lo que más tarde sería el pueblo de El Calafate, estaban afincados Game y Cattle, que eran sus primeros pobladores estables, siendo ésta una región de lagos y bosques, mucho más protegida de los extremos del clima que las mesetas y estepas intermedias. En toda esa región de mesetas no existía un solo árbol, solo una cobertura de principalmente pastos y arbustos secos achaparrados, llamados “mata negra”. 
Aún hoy en día, los árboles que fueron plantados por el hombre viven solamente a la protección del viento patagónico, pegados a las casas o galpones, no desarrollando más altura que la de las edificaciones protectoras del viento, y siempre cerca de una “vega” o sea del cauce de un río o arroyo cercano. Precisamente ahí, en esa región de estepas ventosas, estaba situado El Chingolo. 
De 1899 a 1903 me dediqué a armar y organizar “El Chingolo” (a 10 libras por mes), y como nadie sabía muy bien dónde quedaba ese campo, salimos primero en una expedición a caballo con el señor Leopoldo Lanús, hacia donde el agrimensor dinamarqués Mortensen estaba colocando los mojones correspondientes. 
Los caminos no existían, las carretas tiradas por bueyes eran lentas y escasas, además eran pequeñas y transportaban poca carga cada una. 
Para empezar esta tarea, me dieron un caballo y dos carretas tiradas por bueyes cargadas con tablones, tirantes de madera, algunas bolsas de cemento, chapas, y unas pocas provisiones. 
A la altura de la estancia “Güer Aike”, situada a casi 30 km de Río Gallegos, una de las carretas atropelló accidentalmente al albañil francés que nos acompañaba, volcando como consecuencia. 
Por suerte las heridas del hombre no eran muy graves, por lo que pude curarlo exteriormente (e interiormente) con whisky, para que pudiera seguir con nosotros en una de las carretas. 
Las huellas terminaban a la altura de la estancia “Rubén Aike” (Las Vegas), de ahí teníamos que recorrer 90 km más hasta el (futuro) Chingolo. 
En toda esa extensión había un solo poblador, el uruguayo Tomás Andeón, que tenía unos pocos centenares de ovejas unas dos leguas al sur del almacén “La Esperanza”, sobre una de las márgenes del río Coyle. 
La Esperanza está a 140 km de Río Gallegos, en plena estepa, en dirección al Lago Argentino. Lo primero que hice al llegar a “El Chingolo”, después de diez días de carreta, fue recorrer a caballo el campo, para familiarizarme, buscando los mojones y establecer un lugar para la construcción de la futura casa.

El Chingolo
Los primeros años en “El Chingolo” fueron durísimos. Como ejemplo, vale que la estancia “El Cóndor”, uno de los mejores campos ya armados situado sobre la costa atlántica, perdió en 1899 un tercio de su majada de ovejas por el frío del invierno. 
Comencé habitando en invierno y en verano en una pequeña carpita de lona, y para los empleados hicimos una especie de cueva protegida en la barranca, con un “porch” de ocho chapas de zinc. Con cuatro chapas más y cuatro paredes de tierra, construimos una cocina comedor. 
Mandé de regreso las carretas a Río Gallegos y como tenían un tiempo de ida y vuelta de tres semanas, aprovechamos el tiempo para cortar pasto para una parva, lo que salvó la vida de los bueyes durante el invierno siguiente.
En las noches de invierno, por supuesto que para dormir nos sacábamos solamente las botas y usábamos una especie de “pantuflas” en los pies, confeccionadas con la piel de las articulaciones de las rodillas de los guanacos.
Yo dormía abrazado a las botas para mantenerlas templadas, para que al día siguiente, al ponérmelas, no estuvieran escarchadas. La comida consistía en carne de ovejas y mate, y pasábamos meses sin contacto con Río Gallegos.
A continuación, había que construir la bañadera para bañar las ovejas contra la sarna y armar los corrales (las bañaderas para las ovejas se construían para sumergir las ovejas una o más veces por año, en agua mezclada con un remedio antisárnico). 
Estas bañaderas solían medir unos seis metros de largo, por un metro de ancho y un metro cincuenta de profundidad. 
El bañar, sumergiendo durante unos segundos una por una de miles de ovejas, era una tarea muy laboriosa (Hoy existen remedios antisárnicos inyectables). 
Para poblar el campo con ovejas, trajimos un arreo de 5.000 animales de Río Gallegos y de Boca delrRío Coyle, cuyo cuidado me insumía prácticamente todo el tiempo. Al no existir alambrados, tenía que recorrer a caballo de sol a sol, ya que es sabido que las ovejas siempre tratan de volver a su lugar de origen. 
Al llegar el invierno, la construcción de la casa se había atrasado y apenas tenía un metro de altura, por lo cual seguimos viviendo en las condiciones precarias en que estábamos. 
Como nuestras provisiones y los remedios para las ovejas se estaban acabando, me decidí en el mes de julio de 1899 ir a Río Gallegos en un carro tirado por caballos, y acompañado por un indio.
A mitad de camino nos sorprendió una fuerte tormenta de nieve que nos obligó dejar el carro y seguir a caballo. Una vez arribados en Río Gallegos, pero sin el carro, compré un trineo que cargué con 500 kilos de remedios para las ovejas, regresando a “El Chingolo” en cinco días de viaje, (el indio se había adelantado a caballo). Previo a esto, tuve que entrenar por unos días en las calles de Río Gallegos a los caballos que iban a tirar el trineo. El frío era muy intenso, con la nieve tapando todo vestigio del poco pasto comestible. Mientras pernoctaba en Güer Aike, pude observar que los caballos hambrientos se mordisqueaban mutuamente las crines y las colas, y en el cañadón Güer Aike era tanta la nieva caída, que pudimos pasar por arriba del único alambrado que existía por allí, sin bajarnos de los caballos. 
Al río Gallegos también lo cruzamos montados, pues estaba totalmente cubierto por una capa de espeso hielo.
Un día llegaron a mi carpa tres chilenos desde el Cerro Palique, semi muertos de hambre. Habían perdido su orientación por una tormenta de nieve y sobrevivieron comiendo primero un guanaco enfermo que encontraron, y posteriormente el potrillo que malparió una de sus yeguas. 
De casualidad se toparon con la huella de mi trineo en el que yo había ido en busca de leña, la siguieron, me encontraron y contentos se recuperaron en mi carpa. 
En 1890, el escocés Roberto MacDonald fundó la estancia “La Vanguardia”, sobre el río Coyle. Durante ese invierno, el río también se heló totalmente, por lo cual un día pude llegar zigzagueando sobre galochas para visitar a MacDonald. 
Más tarde, en 1891 se afincó Nicolás George en su campo “Barranca Blanca” y así tuve por lo menos algunos buenos vecinos. También una vez al año, durante los inviernos, cabalgaba unos cien kilómetros para visitar al alemán Ernesto von Heinz, poblador de la zona de Cerro Palique, hoy llamado “Tapi Aike”, no muy lejos de la frontera con Chile. 
En 1903 entregué la estancia “El Chingolo”, armada y funcionando con 12.000 ovejas al doctor Miguel Grigera, socio de la firma Baca, Lanús & Cía, para poder de una vez independizarme y comenzar algo propio. 

El Librún
La empresa de ramos generales Braun y Blanchard de Río Gallegos me ofreció comprar a medias (con mi trabajo), el campo de un tal Louis Fabre, llamado “El Librún”, cuyo nombre era proveniente de una deformación fonética del francés Le Brun (el negro), situado a mitad de camino entre Lago Argentino y Río Gallegos, a unos 130 km. del lago y 180 de Gallegos. 
Braun y Blanchard habían estado trabajado ese campo en los dos últimos años a través de un encargado, pero siempre con resultados económicos adversos. Comenzamos allí con 4.000 ovejas, con el invierno más crudo que me tocó vivir en 50 años, el termómetro llegó a registrar 36 grados bajo cero.
A pesar de mis esfuerzos, ese invierno perdimos por el frío aproximadamente un 40 por ciento de las ovejas, manteniéndose la nieve desde marzo hasta principios de noviembre.
En la estancia vecina, “Los Vascos”, murieron de frío 17.000 de las 20.000 ovejas existentes, parecía cierto eso de que “en la meseta no se puede”. Para ese entonces, el fisco me adjudicó el arrendamiento de 8 leguas de tierras fiscales adyacentes a “El Librún”. 
Una de las tareas más laboriosas era construir los kilómetros y kilómetros de alambrados, por las grandes distancias, los costos y lo duro de perforar el suelo rocoso a pico y pala, y lo lento de las carretas. Otro tanto sucedía con la instalación de los primeros molinos a viento que venían importados de Australia y Estados Unidos para proveer aguadas y cuyas cañerías invariablemente se partían con las heladas si no se los drenaba a tiempo del agua que contenían. 
En general, mi vida diaria no difería de lo ya vivido anteriormente en “El Chingolo”, con la excepción de que, en vez de pasar un par de años en una carpita de lona, en “El Librún” ya tenía una vivienda precaria, de paredes de barro.
Como ya lo había mencionado antes, al no existir aún los alambrados, era necesario recorrer a caballo a diario de sol a sol y arriar las ovejas para mantenerlas dentro de los límites del campo. Yo había tomado un ayudante ovejero, los dos desayunábamos al salir el sol con carne y mate, por las distancias a recorrer no se almorzaba y el que primero regresaba a la puesta del sol, hacía la cena.
En general, la comida consistía de carne de oveja, porotos, arroz, fideos y sal. No teníamos acceso a papas o verduras. A veces yo salía a cazar un avestruz o un guanaco para variar el menú. Naturalmente, las ovejas no diferencian los domingos de los otros días de la semana, de modo que durante años no hubo tregua ni descanso. Recién al contar con los primeros alambrados construidos, se comenzaron a aliviar algo las recorridas diarias. Desde “El Librún” hacia el noroeste hasta el Lago Argentino y hacia el norte hasta el río Santa Cruz, no había otros pobladores, excepto los ocasionales toldos de los indios tehuelches, pero para 1905, lentamente empezaban a pasar los primeros futuros colonos pobladores que se dirigían de Río Gallegos a afincarse en la zona del Lago Argentino. 
En este contexto, aún recuerdo cuando pasó por “El Librún” la primera mujer, lamentablemente no recuerdo su nombre, pero se me grabó la imagen: iba caminando lentamente a la par de la carreta tirada por los bueyes y de noche le colocaban debajo de la carreta una lona para un mínimo de privacidad y para que durmiera. Esos viajes de unos 320 km duraban aproximadamente un mes. A partir de ese momento tuve la certeza de que toda esa región iba a ser poblada algún día y que habría allí hogares estables, escuelas, hospitales y que le habíamos ganado a la estepa. 

La caza de pumas
En esos años, por las distancias y las condiciones generales, no teníamos acceso a libros o periódicos (la correspondencia desde el pueblo de Río Gallegos a Buenos Aires demoraba unos sesenta días), siendo la caza de pumas una de las pocas alternativas a la rutina diaria. En general, el puma, o león americano, seguía a las manadas de guanacos, que eran históricamente su fuente de alimentación y que habitaban en grandes cantidades la meseta durante el verano, pero que durante el invierno se replegaban hacia las zonas más templadas de la costa atlántica o del valle del Río Santa Cruz, o la región cordillerana de los lagos y bosques. 
Por supuesto que las ovejas también les apetecían, además de ser mucho más fácil para ellos cazarlas que a los huidizos y muy ariscos guanacos, sobre todo en invierno, cuando los guanacos habían migrado y escaseaban. 
Los pumas producían un daño importante a las majadas de ovejas, así como los zorros atacaban a los corderos. En ocasiones, las madres pumas junto a sus cachorros, enseñándoles a cazar, mataban y mutilaban mucho más presas de lo que necesitaban para alimentarse. Normalmente, los pumas no demostraban ni mucho miedo ni deseos algunos de atacar al hombre. Solamente en situaciones de estar heridos o en extrema defensa de las crías, podían ser peligrosos sus zarpazos o mordeduras. Un puma adulto, que es el gato más grande del continente americano, mide aproximadamente un metro y medio de largo, más ochenta centímetros de cola. 
Como yo llevaba en esos años permanentemente un revólver calibre 44 de 5 tiros en la cintura, el primer año pude cazar unos veinte pumas, pero en años posteriores fueron menos, en total unos cuarenta. Los pumas, igual que los guanacos, solían ser mucho menos ariscos en los primeros años, hasta que entendieron que el “progreso” era a costa de ellos. Un día, recorriendo a caballo me encuentro con tres ovejas muertas, aún tibias, señal que el puma estaba cerca. Después de una larga búsqueda, me lo encuentro escondido detrás de una mata negra. Justo ese día no llevaba conmigo el revólver, por lo que desanudé unos de los estribos de hierro, lo até a la punta del cabestro y revoleándolo, intenté pegarle en la cabeza con el estribo. Pronto me di cuenta de que teniendo el cráneo tan duro, esto no le iba a hacer daño, al contrario, el animal gruñía y escupía enojado, masticaba el estribo que había logrado agarrar entre sus dientes y tomaba posición como para querer saltar. Curiosamente, mi caballo, al que tenía con la otra mano para que no huyera y me dejase a pié, parecía menos nervioso que yo. Al fin, decidí alargar el cabestro, agregándole el cinchón del recado, armando una especie de lazo con el estribo en la punta haciendo de argolla, lo enlacé, monté como pude y lo llevé a la rastra al galope hasta que no se movió más. 
Uno de los últimos pumas que recuerdo haber cazado fue cerca de la laguna Avestruz, a unos 35 km de casa. Había seguido sus huellas durante casi todo el día sin resultados, ya que éstas eran permanentemente cruzadas y borradas por huellas de guanacos y había poca nieve en el suelo (la nieve solía facilitar el seguimiento de cualquier huella). El sol justo se había puesto y entonces lo vi como se ocultaba en una especie de cueva dentro de una zanja de aproximadamente un metro por un metro, producida por el deshielo. Pero la cueva era más chica que el puma y le sobresalía la cola. Disparé tres veces hacia el interior de la cueva, pero por la poca luz no podía ver si le había acertado, por lo que me jugué, entré en la zanja y tiré con fuerza de la cola con ambas manos, a lo que respondió con gruñidos. Ahí me asusté y sosteniendo la cola con mi mano izquierda, con la derecha pude dispararle el tiro de gracia. 

Continuar poblando 
En esa época compré mi primer suIky. Hasta entonces los viajes se hacían a caballo, los automóviles aún no habían llegado. De cualquier manera, de poco podían servir al no existir caminos. En 1909, en sociedad con el francés Louis Bonvalot (que había sido el primero en poblar el Lago Viedma junto a su socio Piaget), arrendamos juntos doce leguas sobre la costa este del Lago Viedma, llamadas “Punta del Lago”, pero el tener que cabalgar los 300 km (ida y vuelta) desde “El Librún”, amén de tener que cruzar el frío y caudaloso río Santa Cruz con los caballos nadando, me complicaba mucho las tareas y decidí tomar a un tercer socio (y administrador) Teófilo Wijnant, de nacionalidad belga, que resultó ser extraordinariamente capaz. Más tarde vendimos todo “Punta del Lago” a Federico Brohme.
En 1910 había podido comprar “Barranca Alta”, en 1916 “Las Boleadoras”, en 1931 compré su parte del “Librún” a mis antiguos socios (más tarde, en 1951, el gobierno me expropió sin indemnización la mitad de las tierras que tuve desde que comencé a poblar en 1904, con todas sus mejoras). 
Contado así en pocas palabras, puede al lector parecerle que todo marchaba siempre sobre rieles, pero, sin entrar en detalles, puedo asegurar que por cada diez pasos hacia adelante que lograba tenía que hacer nueve para atrás. 

Continuará…
Domingo 25 Jun 2017