Lunes 17 de Julio de 2017
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Pablo Beecher
Pablo Lenzner
El pionero alemán que escribió su propia historia
En 1892 Pablo Lenzner desembarcó en Buenos Aires y poco después se trasladó a la provincia de Córdoba, trabajó de sol a sol. Tenía veintiún años. En 1897, alguien le informó sobre vastísimas extensiones en Santa Cruz, que el gobierno alentaba a poblar. El joven alemán se convirtió en ovejero y organizó algunos de los primeros establecimientos ganaderos alejados de la abrigada costa atlántica. En 1903 rompió aquel mito que afirmaba que “en la meseta no se puede”, y camino al lago Argentino pobló la estancia “El Librún”. Unos años después, el pionero regresó a Alemania y contrajo enlace con Sofía Schmidt.
Domingo 2 Jul 2017
Sofía Schmidt con sus hijos, Erica, Ernesto, Herman y Clara Lenzner, 1920, Buenos Aires.

Sofía Schmidt con sus hijos, Erica, Ernesto, Herman y Clara Lenzner, 1920, Buenos Aires.

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El matrimonio

Para esa fecha, mi salud, mejor dicho mi “delicado sistema gastrodigestivocentroeuropeo” había sido puesto en jaque y colapsado por los años de alimentación diaria, consistente casi exclusivamente de carne de oveja, sumamente grasosa, y casi nada de verduras o frutas, resultando en una especie de reacción alérgica en todo el cuerpo, por lo cual decidí tomarme un período de descanso, viajar a Alemania y hacer una cura en un sanatorio, cuyo director era un tal doctor Schmidt. 

Allí también visité a mis familiares; lamentablemente mi madre ya había fallecido y no pude restituirle a ella el dinero que al irme me había adelantado para comprar aquella chacra en Cañáis. 

El sanatorio de Schmidt me gustó mucho, y más aún me gustó su hija Sofía de veintidós, a tal punto que nos comprometimos y un año más tarde, en 1911, volví nuevamente para casarnos y llevar a mi mujer a vivir conmigo a la Patagonia Argentina, con lo que mi vida de soltero, gitano y trovador, llegaba a su fin. 

Por ese motivo, durante ese verano previo traté de mejorar un poco el estado de mi casa, lo que sólo me resultó a medias, debido a mis escasos conocimientos de la construcción. 

El viaje, cruzando el Atlántico en el vapor “Cap. Arcona” desde Hamburgo hasta Buenos Aires, demoraba casi el mismo tiempo que la travesía por la costa argentina desde Buenos Aires hasta Río Gallegos en el buque “Mendoza”. Desde Río Gallegos partimos (armados con una botella de ron por el frío) en mi flamante sulky descapotado rumbo al “Librún”. Por suerte, a la altura de Güer Aike se acababa de inaugurar una balsa para cruzar el río Gallegos. 

Más adelante, a la altura de “Las Horquetas”, cruzamos el río Coyle Sur con el agua mojándonos las asentaderas. Pasamos la noche en la estancia “Las Vegas” y al día siguiente, al cruzar el Río Coyle Norte, quedamos cubiertos de barro hasta las orejas. 

Al anochecer llegamos al “Librún” y al día siguiente, después de cuarenta días de viaje, al amanecer y mirar por la ventana, y a pesar de ser 1° de noviembre, Sofía pudo ver la estepa hasta el horizonte, blanqueada por una nevada y barrida por el siempre presente viento patagón. Por supuesto que yo había intentado preparar mentalmente a mi esposa acerca de la vida y del entorno que le esperaba después de este viaje de bodas, pero, aún así, yo tenía para mis adentros serias dudas acerca de su capacidad de aceptarse a su nuevo mundo, muy distinto al mundo de la prolija clínica del doctor Schmidt, pero en ese sentido, ella superó todas mis expectativas, pues nunca insinuó ni se lamentó de nada, sino que por el contrario, fue mi apoyo y compañera incondicional en todo momento. 

Mientras tanto, nuestra familia en “El Librún” iba en aumento y así tuvimos unos años de paz y prosperidad.

En 1913 nació nuestro primer hijo, Federico, que falleció una semana después (a la empleada se le cayó el bebé al piso). En 1914 nació Clara; en 1915, Erica; en 1916, Ernesto y en 1918, Germán (el padrino de Ernesto fue Ernesto Von Heinz).


Los tehuelches 

Durante muchos años tuve como vecinos a tribus de indios tehuelches, que era gente sumamente pacífica y con los que no tuvimos problemas. Eran hospitalarios y mansos, de una estampa fornida, los hombres altos, como de un promedio de 1.80 m. Pasaban a menudo por nuestra casa y en muchas ocasiones trabajé junto a ellos. Una de las primeras fotografías que hicimos en esa época, (mi mujer era la fotógrafa) muestra al viejo cacique llamado Copacho cubierto de pieles de guanaco y con vincha, posando de pie junto a nuestros niños. 

Los tehuelches llamaban a las ovejas “ñau ornke”, que significaba guanaco (ñau) blanco, y con la invasión del hombre blanco a sus territorios de caza, con los alambrados y el desplazamiento de las manadas de guanacos por nuestras ovejas, y con ello la alteración de su milenaria forma de vida, era razonable que, debido al hambre y la poca caza disponible, se alzaran con alguna que otra oveja.

Los tehuelches han desaparecido prácticamente como una cultura independiente por la invasión del hombre blanco, por la transmisión de enfermedades que antes les eran desconocidas y porque también se fueron mezclando con todos los grupos humanos que poblaron la Patagonia, pero fundamentalmente se extinguieron por los efectos devastadores de las bebidas alcohólicas que nuestros bolicheros supieron venderles en cantidades. 


La resistencia

También me gustaría hacer mención de la vitalidad y resistencia de las ovejas para convivir con el frío y el hambre. Solían quedar tapadas por la nieve. Recuerdo que una vez, en el invierno de 1904, galopando por el cañadón que estaba tapado con nieve endurecida, observé un agujero en el piso del tamaño de un plato. Bajé del caballo, pude sacar nieve y hielo con mis manos hasta agrandar el agujero, y descubrí tres ovejas que todavía estaban con vida en esa especie de cueva de nieve que se había formado alrededor de ellas. En ese invierno, las ovejas que sobrevivieron eran un manojo de piel y huesos, y en varias de ellas, muertas, pude observar que tenían restos de lana dentro de sus estómagos, señal que se mordisqueaban mutuamente la lana a falta de pasto. 

En agosto de 1912, observé que se había formado una especie de lomita de nieve cerca de la casa, contra unos arbustos. No le di mayor importancia y unas dos semanas más tarde, al asentarse algo la nieve, vi que de la misma sobresalía una pata de oveja. 

Con una pala desenterré allí diecisiete ovejas, de las cuales la última aún estaba con vida. A pesar de que la cuidamos -mi mujer le daba sorbos de leche tibia- murió al día siguiente. 

Los caballos eran los animales más resistentes que uno se puede imaginar. La vida del poblador dependía de ellos a diario. En más de una ocasión, yo hice hasta 200 kilómetros en un día, cabalgando en forma alternada con dos buenos caballos. En situaciones de perderme en tormentas de nieve y no tener visibilidad alguna, llegué a encontrarme que había estado cabalgando por horas en círculos sin darme cuenta. Así aprendí que en esa situación lo que podía salvarme de morir congelado era largarle las riendas al caballo y dejarlo que busque por instinto el camino a casa. 

Los perros ovejeros también eran compañeros insustituibles. Sobre todo cuando los alambrados eran todavía escasos, hubiese sido imposible realizar los arreos sin ellos, eran realmente animales inteligentes y afectuosos, que entendían nuestras instrucciones de arreo sólo con observar nuestra posición y postura, o un simple movimiento del brazo, o algún ocasional silbido. 

A diferencia de las ovejas y los caballos, que en condiciones de nieve, tapado el pasto, la pelean y se defienden escarbando vigorosamente la nieve, los vacunos prácticamente se dejan morir de hambre y de frío, sin intentar la búsqueda de comida. 


La huelga rural

Los años 1920 y 1921 fueron tiempos sangrientos. En la primavera de 1920 se desataron hechos inquietantes y trágicos en la Patagonia. Hacía un tiempo atrás, se había formado en Río Gallegos la Federación Obrera, cuyo objetivo originalmente era lograr mejoras en los sueldos y en las condiciones de trabajo. Aparentemente, hubo activistas, tal vez provenientes de Chile, que radicalizaron estas propuestas y en un momento se llegó a hablar de una conquista de la Patagonia que iba a realizarse de Sur a Norte. 

A nosotros nos llegaron noticias al respecto por parte de gente de paso por “El Librún” (es sabido que en la Patagonia todo aquel que está de paso tenía derecho a comida y a pasar la noche). 

Se hablaba de una gran huelga general en Puerto Natales (Chile), y de que los huelguistas se habían apoderado de la comisaría y matado a los carabineros, versión que más tarde resultó ser cierta. 

Otro rumor sostenía que cerca de 500 hombres se dirigían a Río Gallegos con intención de conquistarla. En esa época no existía el telégrafo y las noticias se transmitían de boca en boca, en forma tal que se desdibujaba el límite entre la realidad y la fantasía, lo que ayudaba a aumentar aún más la sensación de miedo e inseguridad. 

“El Librún” está situado directamente a un costado del camino que une Río Gallegos con Lago Argentino y El Calafate, por lo cual siempre nos enterábamos quién pasaba y cuándo. De pronto este tránsito quedó interrumpido y yo me decidí a viajar a Gallegos en mi primer automóvil, modelo 1917, para buscar provisiones y víveres. 

La esquila se tuvo que postergar por falta de esquiladores, que por miedo no se atrevían a trabajar, aunque en el fondo querían hacerlo. A mitad de camino, me crucé con el comisario Ritchie, a quien yo conocía, que viajaba con seis hombres en dos automóviles Ford modelo “T”, camino al Lago Argentino, para hacerse personalmente un cuadro de la situación debido a la cantidad de rumores que circulaban.  

Yo le transmití a Ritchie mi sensación de que algo iba a suceder, a lo cual él me aseguró que me quedara tranquilo, que de paso iba a parar en “El Librún”. Llegué a Gallegos, compré mis provisiones, vi que el pueblo estaba relativamente tranquilo, excepto algunas actividades paralizadas, y al día siguiente me encuentro con mi mujer y los cuatro hijos, que habían llegado a Río Gallegos en uno de los Ford “T” que traía a los policías heridos. 

Había sucedido lo siguiente: Ritchie llegó al Librún, encontró todo tranquilo y siguió su viaje unos kilómetros más, en dirección al boliche “El Cerrito”. Justo antes de llegar, recibió una balacera de unos ochenta individuos que salían del boliche, recibiendo uno de los policías un tiro fatal en la frente, dos heridos en brazo y hombros, cayendo también dos de los atacantes. 

A continuación, Ritchie y su grupo se replegó de vuelta hasta “El Librún”, donde mi mujer limpió y vendó a los heridos. Pensando que los iban a perseguir, envió entonces a mi mujer y los hijos a Gallegos en uno de los autos y con el otro y los policías que le quedaban, se atrincheró en el boliche La Esperanza. 

Ese viaje nocturno fue muy movido para Sofía, porque tenían que parar en todos los establecimientos intermedios que estaban situados cerca del camino, donde eran recibidos por gente armada, y dar parte de lo sucedido. Como consecuencia de todo esto, yo estaba muy preocupado por lo que podría estar pasando en el Librún.

Acompañado por tres policías que me facilitó el gobernador interino, Correa Falcón, emprendí el camino, encontrándome en el boliche “La Esperanza” con Ritchie, desde donde seguimos juntos, pasando el Librún hasta El Cerrito. 

Los alzados se habían retirado de El Cerrito, y encontramos a todos los muertos del día anterior en el mismo lugar en que habían caído, a quienes luego enterramos, mientras el dueño del boliche nos contaba los detalles de lo sucedido después de que Ritchie y su grupo se replegaran: Alberto Helmich, poblador de “El Tranquilo” (de la zona del Lago Argentino), había llegado al boliche El Cerrito junto con el Conde Liniers (poblador de “El Rincón”, más tarde de Lesseur y Fougeres), donde fueron apresados y encerrados en un galpón. Poco tiempo después llegó a El Cerrito el comisario de Lago Argentino en dos autos, fue recibido a balazos, por lo que el conductor (empleado del poblador yugoeslavo Stipicic) de uno de los autos, al ser herido perdió el control y chocó contra el galpón. Algunos de los alzados conocían al conductor herido, se apiadaron de él, lo vendaron y lo acostaron en una de las camas, mientras otros remataban a culatazos a los dos policías heridos, dejándolos adentro del auto. 

Al poco tiempo, un chileno de apellido Cárdenas, le apoyó la carabina en la boca al herido y lo remató a sangre fría. 

Mientras tanto, el comisario, herido en un brazo, había logrado escapar en el segundo auto con las gomas destrozadas a tiros, por lo que fue alcanzado al poco tiempo por los alzados, que lo persiguieron en el auto de Helmich y de a caballo, y lo apresaron junto a sus acompañantes. Después de escuchar esto por parte del dueño de El Cerrito, seguimos viaje hacia el Lago Argentino. Viajábamos todos bastante nerviosos por la posibilidad de una emboscada, con la capota de lona plegada hacia atrás en posición abierta, cuando de pronto uno gritó: “¡fuego!, ¡fuego!”. Yo alcancé a manotear el fusil Mauser que tenía entre las piernas, pensando en que nos estaban disparando, hasta que me di cuenta que el grito de “fuego” se refería a que se estaba incendiando la capota de lona.

El comisario Nicolía Jameson, que estaba sentado a mi lado, había tirado la colilla de su cigarrillo hacía atrás, y el viento y el calor de ese día causaron que se quemara la capota. Pernoctamos en el destacamento del Río Perro, al día siguiente llegamos a la estancia “Anita”, sin encontrar a nadie. 

Los alzados que habían estado allí antes, habían demolido el galpón de esquila y las máquinas de esquilar, pero ya se habían retirado a la cordillera, adonde no los podíamos seguir. Decidimos regresar, la policía siguió hasta Río Gallegos y yo me quedé en el Librún. 

Como dato de interés, quisiera agregar que el Juez Letrado Viñas emitió una orden de detención contra el gobernador interino y el jefe de Policía, quienes a causa de esto estuvieron prófugos un tiempo, hasta que llegaron tropas enviadas por el gobierno de la Nación. 

Los obreros que trabajaban con nosotros no tenían muchas intenciones de plegarse a las huelgas. Cuando nos robaron todos los caballos, cortando los alambrados, se ofrecían a ir a pie a revisar los molinos, pero tenían miedo a realizar otras tareas. Como consecuencia de eso, tuvimos que postergar la esquila hasta marzo. De esta manera pude comprobar cómo un grupo pequeño, pero decidido, puede atemorizar a toda una masa de personas y llevarlos a hechos a veces aún contra su voluntad.

Después de un tiempo, pasaron tropas en camiones del Ejército Argentino enviados desde Buenos Aires en dirección a “El Tero” (de Clark), donde se habían reunido unos 500 huelguistas. Yo ya había organizado por mi cuenta la defensa del Librún, empleando a tres veteranos de la guerra 1914 -1918, con los cuales hacíamos guardias de dos horas cada uno. El comandante de las tropas llegadas de Buenos Aires, el teniente coronel Varela, instó a los huelguistas a que devuelvan los caballos robados y las armas, lo que estos aceptaron, disolviéndose el grupo, y tratando en su mayoría de emplearse nuevamente en los campos de la zona. Posiblemente entendieron esta solución como que el gobierno estaba de su lado. 

De esta manera transcurrió el verano sin mayores problemas; pudimos, aunque atrasados, realizar la esquila, la señalada, los baños antisárnicos, etcétera, pero al poco tiempo se volvieron a plantear exigencias por parte de la Federación Obrera. 

En la primavera de 1921, no recuerdo la fecha exacta, se propagaban otra vez rumores acerca de que se habían formado grupos armados que asaltaban y robaban los establecimientos. 

En un viaje que hice a Gallegos, donde efectivamente había huelga, me enteré que hubo un asalto en la estancia de D’ Hunval, “Laguna Benito”, o sea en las cercanías del Librún. 

Aparentemente, el líder del grupo era un tal Zacarías Fernández, que el año anterior había trabajado con Alberto Helmich. La metodología consistía en saquear los campos, tomar prisioneros a los propietarios y encargados, obligando a los empleados a plegarse, pero respetando a mujeres y niños, a quienes dejaban pasar. 

Como toda esta situación me parecía bastante riesgosa, decidí que abandonaríamos el Librún por un tiempo hasta que llegara algún refuerzo. Al anochecer, me dirigí a caballo con el capataz a “Tapi Aike”, cerca de la frontera con Chile, mientras que la familia viajaría en el auto a Río Gallegos a la mañana siguiente. Llegamos a “Tapi Aike” pasada la medianoche. Preventivamente, dejé a mi acompañante con los caballos cerca del puente y me acerqué sigilosamente con el arma en la mano, encontrando al encargado, que me comunicó que efectivamente los alzados habían pasado sin hacer demasiado daño y que Ernesto Von Heinz estaba en Río Gallegos. Desde allí continué viaje a caballo a Puerto Natales, (Chile), y de allí en un vehículo a Punta Arenas. 

Habíamos convenido que mi familia me iba a telegrafiar desde Gallegos si pudieron pasar sin inconvenientes, pero, al llegar a Punta Arenas, me preocupé mucho al no recibir señales del telegrama esperado. Logré convencer al capitán de un barco costero chileno que me lleve hasta Gallegos, a pesar de no tener mi pasaporte conmigo, formalidad que se solía hacer respetar estrictamente. Una vez desembarcado en Gallegos, no encontré ni a mi familia ni noticias de ella, de modo que, muy preocupado, logré convencer a un conocido, Hoffmann, no sólo de que me preste su vehículo, sino que también se ofreció a acompañarme para ver qué había sucedido. El viaje fue normal, excepto que nos quedamos sin nafta unos cinco kilómetros antes de llegar al Librún, por lo que fui caminando hacia allí con una lata y al golpear la puerta, abrió mi mujer, espantada de verme allí. No quería dejarme entrar, diciendo que los alzados habían estado preguntando por mí y regresando a cada rato para ver si yo había vuelto.

Así me enteré que ella no viajó a Gallegos con los chicos, como habíamos convenido, para no dejar la casa sola. Mi mujer me seguía contando que ella los enfrentó personalmente, y que estaban liderados por un joven chileno de unos veinte años de apellido Soto, un ex actor de teatro con un excelente poder de oratoria (y se me ocurre, poca experiencia en el trabajo), bastante respetuoso con ella, no causando ningún daño y arengando a mi gente para que se les unieran. Después de contarme esto, logré hacer prometer a mi mujer que al día siguiente, sin falta, partirían hacia Gallegos, y con mi lata de nafta a cuestas, caminé de vuelta hasta donde me esperaba mi acompañante, regresando a Gallegos sin problemas. Pero Sofía y los chicos seguían sin llegar a Gallegos. Ahí decidí unirme a un grupo de tres soldados y un cabo que en una camioneta, se dirigían a la estancia” El Tero”, que está situado más allá del Librún. Apenas arribados, se acercaron dos jinetes, a quienes dejamos avanzar, sorprendiéndolos y desarmándolos. Al interrogarlos, nos enteramos que eran parte de un grupo de unas ochenta personas. Al poco tiempo de encerrarlos en un galpón, aparecen otros dos jinetes, y volvimos a repetir la operación. Al preguntarle yo a uno de ellos quién era, me respondió: “debe conocerme don Pablo, yo soy Zacarías Fernández, yo llevé el año pasado un arreo para Alberto Helmich”, o sea, era la misma persona del cual se decía que había asaltado a D’Hunval en Laguna Benito. Después de sacarles las armas, los encerramos con los otros en el galpón. 

El cabo estaba muy atemorizado y quería ir a El Tero a pedir refuerzos, pero logré convencerlo que podría ir un empleado mío en mi auto, sin embargo, éste tuvo que volver al poco tiempo, ya que a los pocos metros fue atacado a balazos. Todavía hoy son visibles los agujeros en uno de los flancos de aquel antiguo vehículo. En contra de mi consejo, el cabo puso un centinela demasiado visible de a caballo a unos cien metros, con lo que otros cinco jinetes que se acercaban terminaron dando la vuelta y desapareciendo. Por la noche, el centinela, nervioso porque le había parecido escuchar voces, efectuó varios disparos al aire, tras lo que nosotros en la casa nos preparamos para un eventual combate: Mi mujer, con un revólver, se ofreció a relevar al guardia que estaba apostado frente al galpón, acomodamos a los chicos en el suelo, y pusimos a todos los colchones y muebles contra las paredes para amortiguar posibles balazos a través de la delgadas paredes de chapa de la casa. Pero todo resultó una falsa alarma, al día siguiente, al revisar los alrededores, ya no quedaba más nadie en las cercanías. Con lo que el cabo y sus soldados emprendieron el regreso a Gallegos con sus prisioneros. 

En el resto de los muchos más sangrientos acontecimientos que se sucedieron más tarde en “La Anita” en la zona de Lago Argentino, yo no tuve participación y nos pudimos dedicar a retomar los trabajos atrasados de esquila, baños antisárnicos, etcétera. 

La rebelión fue aplastada en muy poco tiempo y años más tarde, el teniente coronel Varela fue a su vez víctima de un atentado realizado con una bomba, a manos de un anarquista alemán de apellido Wilkes. 

Los prisioneros que fueron llevados a Gallegos fueron inmediatamente dejados en libertad por el juez Viñas.

Unos días más tarde, al pasar en camino a Río Gallegos por el boliche La Esperanza, vi que alguien me saludaba con la mano, y reconocí a Zacarías Fernández. 


Agradecido

(1946) Mientras escribo estas líneas y en retrospectiva ya sobre el final de mi vida, sé que debo estar muy agradecido por el destino que me tocó vivir en la Argentina. Tuve una mujer que me acompañó en todo momento, que supo armar un verdadero hogar, inclusive haciendo de maestra, enseñándoles a leer y escribir a los niños en la ausencia e inexistencia de cualquier escuela, de enfermera y partera al no haber médicos ni farmacias a 140 km en sulky a la redonda, y que me dio cuatro hijos sanos que ahora, adultos, han encontrado cada uno su camino. 

En lo personal, creo que pude resistir los tiempos difíciles por un lado, gracias a la suerte de disponer de una muy buena salud y por el otro, a tener un carácter austero y con pocas pretensiones. Aún hoy en día suelo recordar con placer y nostalgia aquellos tiempos rústicos. Esos tiempos, que a pesar de su dureza no dejaban de tener un cierto toque de romanticismo, han pasado. Ahora hay casas más confortables, caminos, automóviles, telégrafo, radios, y las grandes distancias y el clima han dejado de ser el inconveniente que solían ser. 

A pesar de los reveses y dificultades, puedo decir que logré una cierta independencia económica para mi familia, y si alguna vez me equivoqué, espero que ellos sepan que siempre hice lo mejor que pude. Y si el lector siente que he narrado demasiado acerca de mi propia persona en estas anotaciones, espero que comprenda que tuve que recurrir a ello para transmitirle los hechos vividos en la forma más fehaciente posible.

Domingo 2 Jul 2017