Domingo 13 de Agosto de 2017
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Pablo Beecher
Puerto Coyle
Un pueblo costero barrido por el viento
Hemos repasado la historia de buena parte de las familias que vivieron en Coyle, como también de las estancias aledañas que gravitaron sobre la actividad comercial del puerto. En esta última entrega “entramos” al hotel de Constante González y Desideria Valenzuela; al hogar de Manuel Castro y Francisca Noya y al almacén de Federico Gallardo y “Lola” González. El fragmento sobre la escuela nos dejará atónitos, y por último conoceremos a la familia de Juan Hermida y Catalina Rodríguez, uno de los comisarios del pueblo.
Domingo 6 Ago 2017
En Coyle, los Hermida con familias tehuelches.

En Coyle, los Hermida con familias tehuelches.

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En un hotel las fiestas de fin de año se festejaban con los pasajeros que ocasionalmente allí se hospedaban. En Coyle, Constante González pescaba con una red que llevaba mar adentro con un carro tirado por un caballo, después volvía a su casa, esperando el movimiento de la marea. Como la playa no se veía desde el hotel, un perro le avisaba que las redes estaban descubiertas, de lo contrario las aves marinas se comían el pescado capturado. Ahí sacaba róbalo y pejerrey que se faenaba ahí mismo en la playa, lo salaba y después lo embalaba dentro de cajones para venderlo al ejército de Gallegos que solía encargarle. Al año vendía entre tres mil y cuatro mil kilos de pescado salado.
En el hotel se organizaban fiestas y la que “Churrinche” más recordaba era la de casamiento de sus padres adoptivos. Constante decía a Desideria: “¡Nos vamos a casar acá… no le voy a dar plata a otro, coño!”. El se trasladó a Gallegos y organizó todo. Un día llegaron a Coyle un cura y un juez de Paz y se casaron en el hotel. 

A los siete años “Churrinche” fue pupilo al Colegio Salesiano de Río Gallegos: “Me empaqué y no quería saber nada de venirme, pero el viejo me dijo: “¡Usted va a la escuela y se terminó… o le meto una zapatería en el culo!”. El mensaje era bastante claro. Debía obedecer. El colegio después le gustó, los domingos su tutor lo llevaba a comer a su casa.
El 25 de Mayo tenían el acto patrio y apenas terminaba lo estaban esperando para llevarlo a Coyle. Allí lo esperaban sus amigos: los chicos Bórquez, Muñoz, Aguilar y Yebes, entre otros. “Churrinche” aprendió a bolear avestruces con Arturo Yebes y Alberto Bórquez, y también a preparar la picana con piedras como lo hacían los tehuelches.
En Coyle -y cerca del pueblo- vivían varias familias tehuelches y ellos jugaban con los chicos: “Corríamos carreras de caballo y andábamos siempre con toda la paisanada. Muchos compraban los quillangos que hacían las mujeres”. 
En octubre era la parición de los chulengos y la gente salía a cazarlos porque se vendían muy bien los cueros. 
Cuando llegaba un barco a la playa los chicos iban a ofrecerse para hacer alguna changa y algunas monedas de propina recibían de la tripulación.
Hacían partidos que jugaban por un capón que donaba el dueño de una estancia cercana, y muchas veces llegaba un equipo de chicos de Gallegos. Esta fue la infancia de Coyle.
Cuando “Churrinche” tuvo dieciocho años rindió un examen y entró a trabajar como guardahilos en el Correo de Coyle donde era jefe Morini, que había llegado de Deseado. Este hombre se preocupó mucho por él, enseñándole a usar el telégrafo. En sus inicios el correo era únicamente a caballo.
En esos años recién un camión hacía el servicio de mensajería uniendo periódicamente Puerto Deseado con Río Gallegos, parando en distintas oficinas postales. Los impresos se manejaban por los barcos, como ser diarios, revistas y catálogos.
La tarea como guardahilos consistía en recorrer quincenalmente a caballo la línea desde Coyle a Gallegos, revisando y arreglando si el cable del telégrafo se había cortado. 
La primera parada para alojar era -después de cabalgar seis leguas- la estancia “Coy Aike”, luego se seguía cuatro leguas más hasta el puesto “Repetto” de la misma estancia y el tercer día el guardahilos llegaba al destacamento de Güer Aike y enseguida Gallegos. 
Una rotura común era producida por la bandada de avutardas que chocaba contra el alambre y lo cortaba, entonces se debía soldar el alambre. 
Más tarde “Churrinche” se trasladó a Gallegos para hacer un relevo en el Correo y además fue cartero.
En cuanto a sus hermanos mayores, Constante y Desideria, les ayudaron a valerse por su cuenta. En Gallegos -como dijimos anteriormente- Arturo Yebes se inició con el hotel “Imperial”, mientras que los Valderrama lo hicieron con el “Coyle Viejo”. Arturo siguió en la actividad, pero los otros vendieron y se marcharon.
En 1953 Rafael Ruiz (“Churrinche”) formó pareja con Luisa Ale, madre de María Eva y Alicia, fueron a vivir a Coyle porque le habían dado el pase. Allí todavía estaban con el hotel sus padres. Desideria Valenzuela le enseñó a cocinar a Luisa. Constante falleció en esos años. Más adelante Desideria se radicó en Gallegos donde falleció. El hotel cerró y lo desarmaron.
En el pueblo de Coyle -para los años ´50- vivían pocas personas porque el cambio del trazado de la ruta provocó la decadencia. Aún quedaba gente en la Subprefectura y en la Policía, pero poco después se marcharon, quedando “Churrinche” solo en el Correo. El Correo fue lo último que funcionó en Coyle. 
Más adelante pasaron al paraje de Río Chico, cerca de Piedra Buena, donde volvió a ser guardahilos. Nacerían sus hijas Marta y Susana.

Castro
Castro Noya es otra de las familias que vivió en Puerto Coyle. Manuel Castro nació en 1887 en Santa María de Ordenes, La Coruña, Galicia. A los 15 años subió a un barco como polizón. En alta mar lo descubrieron: “¡Te vas a tener que ganar el viaje!” y lo dejaron de ayudante de cocina. Siempre contaba que jamás peló tantas papas en su vida. 
En 1902 llegó a Buenos Aires y de ahí siguió a Río Gallegos, donde había un primo que le contó que había otro primo, José María Rivera, que había poblado una estancia. Este pariente lo vio tan chico que se lo llevó al campo y fue quien le enseñó a leer y escribir. 
Su primo le dijo que podía conseguirle un campito y darle los primeros animales, pero Manuel pensó que nunca podría pagarlo y no aceptó.
Estuvo trabajando en la estancia “Ototel Aike” donde fue cocinero y después lo mandaron al puesto “Rincón del Buque”. Como era chico, los otros peones le decían un montón de mentiras para burlarse y asustarlo. Un día los peones salieron a recorrer el campo y él se quedó solo. Tenía miedo, aparte le habían dicho que los indios eran malos, se asustó tanto que hizo un pozo y enterró todas las cacerolas y se fue a la estancia. Cuando le preguntaron por qué había dejado el puesto, dijo que los indios habían ido y que le habían robado las ollas. Entonces no lo mandaron más al puesto y se quedó en el casco.
El primo lo dejaba cuidando el rancho y haciendo algún trabajo, mientras salía a recorrer el campo, así ganó bastante dinero y en el año 1915 volvió a Buenos Aires donde conoció a Francisca Noya Barreiro, que había llegado de España con sus padres y sus hermanos. 
En 1917 regresó a Buenos Aires para casarse. El quería quedarse en Buenos Aires, pero no conseguía trabajo y antes de que se le terminaran los ahorros, viajaron a Gallegos. Estuvieron en estancias de la zona de Coyle y antes del 20´ nacieron Aurora y Marcelino.
Cuando estaban en un puesto de la estancia “Coy Aike”, Manuel pasaba muchos días trabajando afuera. Un día llegó un pasajero desconocido, Francisca estaba embarazada y tenía a sus dos hijos pequeños, Manuel no estaba. Ella lo atendió y le sirvió un té, llegó la hora de la cena y le dio de comer: “Usted... ¿qué espera? ...porque mi marido debe estar por llegar”, dijo, “No, qué va a llegar”. El hombre la miraba de mal modo y le dijo: “Qué bonita que es usted”. Francisca notó que tenía un arma en la cintura, pero al rato, por suerte, el hombre se marchó; enseguida ella llevó el ropero y unos baúles contra la puerta y atravesó un cuchillo para trabarla. 
Recién al día siguiente Manuel volvió al puesto y cuando Jesús Castro, que trabajaba en la zona, se enteró de lo que pasó, le dijo: “Manuel, a Francisca no la dejes más sola”.
En otro momento fueron a un puesto de la estancia “La Costa” y con ellos estuvo un hermano de Francisca, Jesús Noya. En la huelga del ´21 la pasaron muy mal y por miedo a que los huelguistas o los militares se los llevaran, se escondieron: Jesús en la leñera y Manuel en el pozo de agua, adonde hizo en un costado una cueva para esconderse. 
Un día llegaron los militares y preguntaron por el puestero. Francisca dijo que estaba trabajando en el campo, pero Jesús no aguantó los nervios y salió corriendo. Cuando lo vieron, dispararon y cayó herido en una pierna; se acercaron, y antes de rematarlo le preguntaron el nombre: “¡Soy Jesús Noya!” y lo salvó tener el mismo apellido que el estanciero Ibón Noya, todos pensaron que eran parientes. 
En esa época Francisca estaba embarazada y contaba que pasaban por el puesto preguntándole: “Su marido... ¿de qué lado está?” y Manuel le había dicho que les dijera que era “leal”, porque los que no se adherían a la huelga eran llamados “carneros”. Ella vivía tan angustiada que su embarazo tuvo complicaciones y quince días después de nacida la nena, Carmen, ésta falleció y la sepultaron en el campo. Un duro golpe...
Terminada la huelga y estando nuevamente embarazada, decidieron alejarse y viajaron a Buenos Aires, donde compraron una casa en Puente Alsina. 
Como el trabajo no alcanzaba y la plata se terminaba, decidieron que lo mejor sería volver al sur, donde se ganaba más, entonces vendieron la casa y en 1922 regresaron al campo. Había nacido Elena.
En Gallegos alquilaron una casa en calle Alcorta y a Manuel el trabajo no le faltó... hizo de todo. Poco tiempo después fueron a la estancia “Los Alamos”, de los Gilli, cerca de Coyle, y que administraba Alfredo Gutiérrez. Manuel carneaba, arreglaba la quinta y el jardín, y Francisca trabajó como cocinera, pero solamente en tiempos de la esquila. 
Cuando los hermanos tuvieron edad de ir a la escuela fueron a Puerto Coyle y alquilaron la casa de los Menéndez, que estaba frente a la playa. 
En Coyle estuvieron seis años y allá nacieron Alejandro y Rosa. El chupete de la época era un trapito bien limpio, húmedo, con un poco de azúcar. El administrador de “Los Alamos” salió de padrino de todos los hermanos. Eligió tres madrinas y él como padrino, esperó que pasara por Coyle el cura y los bautizaron a todos. En esa oportunidad también bautizaron a los Gallardo y a algunos de los chicos Bórquez. 
Había en el patio de la casa un aljibe de piedra en el que juntaban el agua de lluvia del techo, o se la compraban al aguatero Argüelles. Francisca le decía a Sócrates Argüelles: “Si me traes el agua te hago filloas”, que son los panqueques que se hacían en la sartén untada con panceta. 
Con una lata y una roldana subían el agua del aljibe. 
Manuel siguió estando en el campo e iba a su casa una vez al mes, con la carne y las verduras. Otras veces sus hijos le pedían un carrito al carpintero Castillo e iban a la estancia a buscar la carne. En la cocina de los peones había un tal Muñoz que les daba caramelos hechos con azúcar quemada. 
En tiempos de esquila los hijos acompañaban a Manuel con las cosas del té hasta el galpón de “Los Alamos”, cruzando de la mano el chorrillo por un tablón. Uno llevaba en el cuello los jarritos enlozados y Manuel, la pava grande con el té hecho. Francisca preparaba el “queque” (bizcochuelo) con huevo de avestruz, altos y bien crocantes y Manuel lo llevaba en una asadera grande para los esquiladores. 
Francisca sentía miedo de noche en Coyle... si el cielo al atardecer estaba rojo, sabían que al otro día habría mucho viento y si la marea estaba alta, a la noche el oleaje parecía llevárselo todo. Una noche el mar llegó muy cerca de casa y Francisca se asustó tanto que gritaba por la ventana: “¡Auxilio, auxilio!”. El agua empezó a bajar, pero el aljibe se llenó de agua salada y se murieron todas las gallinas.
Los chicos recordaban cuando bajaba la marea y los barcos quedaban en seco, los marineros les preguntaban desde la cubierta: “¿Quieren galletas?” - “¡Sí!”, gritaban, y contentos, juntaban las galletas marineras, que eran riquísimas. 
Después de la esquila sabían que empezaban a llegar las chatas repletas de fardos que se dejaban en las barracas de la Sociedad Anónima. Los chicos iban a jugar a la escondida entre los fardos; cuando se los llevaban, las barracas quedaban vacías, y ellos tristes.
Como los chicos Bórquez conocían muy bien la marea, los chicos Castro iban con ellos a juntar huevos de gaviota. Pasaban por la estancia “Smith” (Coy Inlet) y a veces quedaban juntando calafates. Alberto Bórquez decía: “Si el agua va para allá es que la marea está bajando, pero apúrense a juntar huevos, porque en cuanto el agua va para el otro lado, sube y tenemos que volar ¿eh?, porque si no nos quedamos encerrados”. 
Hubo en Coyle una epidemia de tos convulsa que se llevó la vida de una nena; el comisario Hermida pasaba casa por casa, repartiendo una aspirina. Los hermanos Castro enfermaron, les costaba respirar y Francisca no sabía qué hacer, pero se salvaron de milagro.
Un relato terrible de la historia de Coyle lo narró en su momento Elena Castro. El maestro de Coyle estaba casado y tenía una beba de un mes. Un día la criatura lloraba y el maestro vino de su casa, que estaba pegada a la escuela, muy nervioso. En clase llamó a Elena: “¡Castro!, póngase de pie... ¿cuánto es dos más dos?”. Elena se sintió bloqueada y no pudo responderle: “¡Siempre en la luna!”, dijo y tomó un tintero de porcelana tirándoselo por la cabeza. Quedó quieta y no podía ni llorar; atrás, su hermano Alejandro vio que le salía sangre de la cabeza y tartamudeando, le avisó: “¡Elena!, ¡te está sangrando la cabeza arriba del guardapolvo!”. El maestro se asustó: “¡No llores!, ¡no llores!, ¡no digas nada!” y la llevó a la cocina, hizo que su esposa lavara su guardapolvo y le llenó las manos de monedas... “No digas nada”. Elena no le dijo nada a nadie, guardó el secreto como hizo con las monedas y le pidió al hermano que no dijera nada. Un día fue a su casa Alberto Bórquez y le dijo a la mamá: “Doña Francisca, ¿Elena no le dijo nada lo que pasó en la escuela?” y ahí lo supo, pero como Manuel estaba en el campo, prefirió no hacer nada. Este es el recuerdo de un mal maestro.
(En este sentido, Marina Argüelles recordaba que un maestro que vivió en Coyle pasaba la noche en el prostíbulo. A la mañana siguiente tocaban la campana de la escuela, el maestro salía de allí como si nada y entraba a la escuela. Recordemos que en esa época un maestro para estas latitudes era designado por el Consejo Nacional de Educación, daba clases a un solo grupo de alumnos de distintas edades y proveían a los alumnos de todos los materiales: cuadernos, secante, libros, lapicera de pluma, tinta por litro y cada banco tenía su tintero).
Más adelante Manuel decidió volver a Gallegos, dejaron Coyle en un camión de ruedas macizas: “Parecíamos gitanos llevando nuestras cositas. Ibamos en la caja y mamá nos cubrió con un quillango de chingue (zorrino). Cuando levantábamos el cuero veíamos correr como flechas las avestruces y los guanacos”.
Salieron a las seis de la mañana y llegaron a las siete de la tarde; pararon en el hotel “Lafuente”. Alquilaron a los Susacasa lo que había sido una caballeriza, sobre la calle Alcorta 32, frente a la panadería “La Universal”; la reformaron y esa fue su nueva casa, que terminarían comprando. Allí nacieron Delia y Ricardo. 

Hermida
Juan Hermida nació en Lanús, Buenos Aires, sus padres eran gallegos. En 1912 llegó a Río Gallegos e ingresó a la Policía del Territorio cuando Antonio Lopresti era jefe de Policía y César Lobo, gobernador. Era la época de la Policía Montada con las peripecias que debían pasar los meses de invierno cuando tenían que llegar a los destacamentos de la frontera. 
En un diario del 1 de agosto de 1914 se lee: “Ha regresado a esta capital, teniendo que interrumpir su viaje, el jefe de Policía, señor Lopresti, a causa de hallarse gravemente enfermo. El celoso funcionario había salido el 2 de julio con dirección al galpón de la Policía Fronteriza (a 70 leguas de San Julián) y hubo de regresar precipitadamente a causa de su estado de salud. El subcomisario Hermida, que lo acompañaba, tuvo que quedar en un puesto de la estancia “Lai Aike”, imposibilitado para el regreso por sentirse también enfermo. En el camino de regreso se han muerto doce caballos de los que llevaba la comisión para el servicio”. En esa oportunidad la nieve alcanzó un metro veinte de altura.
En 1918 Hermida se casó en Buenos Aires con Catalina Rodríguez, también hija de españoles, del barrio del Abasto, que tenían un puesto de verduras en el Mercado de Abasto. 
En 1921, durante la huelga, nadie quería hacerse cargo de la comisaría de Piedra Clavada, entonces Hermida se ofreció a ir, pero no alcanzó a llegar que fue secuestrado por los huelguistas y estuvo un mes cautivo. Más adelante fue liberado y pudo salvar a un hombre de que lo fusilaran. Esta persona le obsequiaría un quillango en agradecimiento.
A él lo enviaban de un lado al otro: Deseado, Santa Cruz, Lago Viedma y ese trajín era muy duro, hasta que un nuevo jefe de Policía lo designó comisario de Puerto Coyle y allí estuvieron siete años. Habían tenido cinco hijos.
Un año llegó un nuevo jefe de Policía y le envió a Hermida un mensaje que decía: “Bienvenidas sean las dádivas de la población para luego compartirlas”, a lo que respondió: “No acepto regalos y solamente reconozco la gratitud de la gente”, y otra vez empezó la peregrinación por el territorio. Fueron a Piedra Buena, El Turbio hasta que lo designaron comisario en Gallegos. En 1935 falleció.

Gallardo
En Río Gallegos Federico Gallardo era empleado de “La Mercantil”. En 1923 se casó con “Lola” González y poco tiempo después lo trasladaron a Puerto Coyle, este pueblo entonces floreciente donde “La Mercantil” abría una sucursal. En 1925 “Lola” regresó a Gallegos para dar a luz al primer hijo: Federico Raúl. En 1927 nació Rubén Hernán. En 1930 decidieron criar a una niña de nombre Margarita y en 1931 nació Néstor Roberto, “Cholo”.
Unos años más tarde “La Mercantil” desaparece y en el mismo local donde funcionaba, permaneció Federico junto a un socio, Manuel Vera. Este estaba casado con Rosario Gallardo, hermana de Federico. En 1936 se disolvió la sociedad, continuando Gallardo con el negocio dos años más. 
Mientras YPF exploraba cerca de Coyle sus operarios compraban el pan que horneaba “Lola”.
Federico Gallardo decidió dejar Coyle tras el cambio del trazado de la ruta 3, el pueblo costero lentamente comenzaba a morirse, quedaba fuera del circuito habitual y ya nadie pasaba. 
Mantuvo el negocio hasta 1938 que decidió trasladarse a Río Gallegos. En Roca 1752 abrió “Casa Gallardo” donde funcionaba el almacén de Martinovic.
Y podríamos continuar con algunas historias más de Coyle, pero entiendo que a lo largo de estas cuatro entregas conseguimos dimensionar lo que significó el inicio de un pueblo, su desarrollo y su ocaso después de no más de cincuenta años. Un sencillo homenaje a los que echaron raíces, primero, y debieron atravesar la triste experiencia del éxodo y un nuevo desarraigo, luego: los coyleros de Santa Cruz.
Domingo 6 Ago 2017