Miercoles 13 de Septiembre de 2017
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Pablo Beecher
Bahía Laura
El telégrafo la ilusionó de ser pueblo
El campo primero, el telégrafo después y un buen puerto como fondeadero hicieron que Bahía Laura quisiera convertirse en un pueblo. En 1908 Ricardo Kraemer -egresado de un instituto en Alemania que preparaba para radicarse en las colonias sudafricanas- encontró en Bahía Laura una vasta extensión de tierra que lo alentó a poblar la estancia “La Matilde”. Con Anna Rautenberg tuvieron cuatro hijos, de los que sobrevivieron Heinrich, Harald y Bernhard. En 1904, Constantino Jolly y Emma Marot dejaron Francia y luego de un largo peregrinaje adquirieron la estancia “La Henriette”, también en la zona de Bahía Laura.
Domingo 20 Ago 2017
Un cargamento de guano en la playa de Bahía Laura. El vapor, mar adentro, años ´20.

Un cargamento de guano en la playa de Bahía Laura. El vapor, mar adentro, años ´20.

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Al igual que Puerto Coyle, Bahía Laura nació como un próspero poblado en la costa atlántica, próximo a Puerto Deseado. Era una localidad del Departamento Deseado, dentro de una amplia bahía cuyo límite norte lo constituye el Cabo Guardián y el límite sur: Punta Mercedes. 
Bahía Laura nació con la extensión de la línea telegráfica que unía General Conesa (Río Negro) con Cabo Vírgenes, entre 1899 y 1903. Esta obra permitió que surgieran nuevos poblados a lo largo de la costa patagónica, algunos como Caleta Olivia pudieron desarrollarse, otros como Mazaredo y Bahía Laura no conseguirían crecer y finalmente fueron decayendo.​
En marzo de 1902 Bahía Laura se originó como oficina telegráfica y postal, además funcionaba como base de guardahilos para el mantenimiento de la línea telegráfica. El primer edificio era una casilla de madera y chapa, con cinco habitaciones, donde además vivía el personal. 
El 14 de octubre de 1909 esta misma oficina quedó habilitada como Oficina Enroladora, para proporcionar a los varones que cumplían dieciocho años la comodidad de registrarse para obtener su Libreta de Enrolamiento. ​
El 13 de julio de 1921 -por decreto nacional y de acuerdo con el proyecto formulado por la Dirección de Tierras y Colonias- crearon una serie de pueblos, colonias agrícolas, pastoriles y mixtas en los territorios nacionales, entre ellos Bahía Laura. Para ello se dispuso una superficie de 2.000 hectáreas. ​
En las primeras décadas del siglo XX se formó un pequeño poblado, que brindaba servicios a las estancias de la zona así como hospedaje a los viajeros que cruzaban por la ruta de la costa. 
En 1923 Bahía Laura llegó a tener dos pequeños hoteles y hasta veinticinco casas.​ En el puerto se embarcaba la producción ganadera de la zona, fardos de lana y, en menor medida cueros, así como también guano de aves marinas recolectado en la costa. ​
En 1930 el pueblo fue perdiendo impulso, principalmente por la falta de actividad del puerto, debido a que consolidaron los puertos de San Julián y Deseado. 
En las siguientes décadas el pueblo dejó de ser usado para el embarque de lanas y la traza de la ruta hacia el sur fue desplazada hacia el interior, por lo que quedó -al igual que Puerto Coyle- cada vez más aislado. Quedó deshabitado, sólo con la estafeta postal, que en 1975 cerró finalmente.

El campo en la zona de Bahía Laura
Ricardo Federico Kraemer nació en 1888 en Uffenheim, un pequeño pueblo de Baviera, Alemania. El tenía dos hermanos, perdió a su madre a los siete años y a su padre a los doce, y quedó a cargo de una tía. 
El padre había sido especialista en forestación y tuvo a su cargo zonas de bosques en el sur de Alemania. En uno de los recorridos cayó en un pantano y quedó allí dos días. Ese enfriamiento que debió soportar tantas horas le produjo la muerte. 
Ricardo cursó estudios terciarios en un instituto donde enseñaban todo lo necesario para radicarse en las colonias que ese país poseía en Sudáfrica. Terminados sus estudios y el servicio militar, contaba con una interesante herencia y estaba a punto de emigrar a las colonias africanas, cuando escuchó acerca de Argentina como un país próspero, moderno y abierto a la inmigración. 
Aquí se ofrecían tierras y la más absoluta libertad para trabajar en igualdad de condiciones con sus propios ciudadanos. Así fue que decidió viajar hacia esta nación en vez de irse a las colonias.
Ya Domingo Faustino Sarmiento había hecho conocer a la Argentina en Europa y en Alemania y reunió a los científicos más destacados y les ofreció viajar al país por el doble de sueldo, casa y comida. Así fue como trajo a científicos que hicieron una labor progresista en las universidades o bien destacadas expediciones. Esto marcó un rumbo y una tradición, por ejemplo en la Geología argentina, que se enriqueció con los más destacados geólogos alemanes. 
Esta etapa fue la modernización del país y lo que instó a Ricardo Kraemer a venir.
Llamaba la atención que era un país liberal y el ser humano era respetado más allá de su nacionalidad y su origen. Había libertad para trabajar, prosperar y adquirir propiedades.
(Con su hermana mantuvo contacto epistolar; el hermano se fue a Sumatra como especialista forestal y trabajó en las plantaciones de caucho. Esas tierras eran colonias holandesas y en la Primera Guerra Mundial lo tomaron prisionero porque era alemán, después lo liberaron y volvió a Alemania).
Kraemer llegó al puerto de Buenos Aires junto a muchos otros hombres de diversos orígenes y en el hotel de los inmigrantes hizo los trámites para su radicación. Hablaba poco español, no obstante, las dificultades se superaban rápidamente porque era un país que estaba preparado para lidiar con muchos idiomas y los funcionarios eran bastante considerados y allanaban las situaciones. 
Contaba sobre la positiva impresión que le deparó esa ciudad que tenía modernos edificios. Un detalle era el Correo, adonde reinaba una eficiencia notable, la atención al público era de gran respeto, nadie debía hacer cola, que por otra parte el argentino no lo hubiera tolerado, porque eran ciudadanos con mucho orgullo y autoestima.
Quiso conocer el país y buscar oportunidades, entonces visitó primero Diamante, un pueblito rural de Entre Ríos donde residían muchos alemanes. Más adelante, recorrió el oeste de la provincia de Buenos Aires y llegó a la estancia Mari Lauquen (hoy es un pueblo), cerca de Santa Rosa. 
En ese momento conoció a personas de la Patagonia y tuvo referencias que lo empujaron a viajar al sur. El entusiasmo lo llevó a Punta Arenas y de allí en barco viajó a Bahía Laura, al sur de Puerto Deseado.

En Bahía Laura, estancia “La Matilde”
En sociedad con Natalio Forretich pobló la estancia “La Matilde”, a quince o veinte kilómetros de Bahía Laura, que era por donde embarcaban la lana. 
En 1909 todo marchaba bien y, tres años después, viajó a Alemania, estuvo con sus familiares y de paso por Hannover conoció a Anna Rautenberg. Tras un corto noviazgo se casaron y emprendieron el viaje a Bahía Laura, con las ilusiones y la fortaleza que caracterizaban a los pioneros. 
Ella era de una familia numerosa y se desarraigó de todo aquel entorno afectivo en el que se había criado, se vino a vivir muy lejos y muy sola. Una carta tardaba dos meses en llegar a destino.
En Alemania era habitual que a las mujeres las mandaran a capacitarse sobre Economía Doméstica. Había familias que se ofrecían para que las chicas fueran a sus casas a trabajar y aprender. Anna estuvo con una familia donde la señora le enseñó a cocinar, a hacer conservas y a llevar adelante una casa, además de prevenirse de las dificultades del invierno, etcétera.
En 1913 nació en Bahía Laura su primer hijo, Heinrich Otto Ricardo. Como allí no había registro civil, lo inscribieron en Puerto Deseado. 
Cuando viajaban de Bahía Laura a San Julián pasaban por el boliche de Floridanegra y después hacían un alto en la estancia “11 de Septiembre”, donde visitaban a los Heinze.
En 1914 comenzó la guerra en Europa, y con ella una crisis económica que se sumó a la sequía y a los pumas que cada vez depredaban más a las ovejas. Esto obligó a Forretich y a Kraemer a vender la estancia.
Cuando vendieron “La Matilde” y hasta que Kraemer logró la nueva radicación, Anna quedó viviendo en Punta Arenas con los Forretich. Esa ciudad era la civilización, una ciudad moderna y un centro de comunicaciones internacionales.
Con el producto de la venta de la estancia y las reservas que Kraemer tenía de su herencia en Alemania, decidió buscar mejores tierras y recorrió la zona de Cañadón León. Allí estaban establecidos Pedro Hospitaleche y en “Cerro 1º de Abril”, José Vildarrás. En esa zona Kraemer pobló en 1916 la estancia “El Martillo”.
Una parte de la venta de “La Matilde” en efectivo (el resto estaba en obligaciones bancarias en marcos alemanes) y un crédito de la Argensud, sirvieron para poner en marcha la producción.
Todo iba bien, los campos eran buenos, pastosos y con aguadas naturales y manantiales, buena hacienda, precios razonables de la lana y la carne, que fueron impulsando el progreso. El frigorífico Swift de San Julián faenaba en esa época mucha hacienda.
No obstante, terminada la guerra en 1918, se presentaron contratiempos. El dinero de la herencia y las obligaciones bancarias estaban en marcos alemanes, que cuando se quisieron cobrar, la hiperinflación los había reducido a cero. 
Irónicamente, quisieron cobrarle a Kraemer cargos por gestión y comisiones. El doctor O´Connor, que era un abogado de San Julián, llevó el proceso jurídico hasta una resolución favorable.
Afortunadamente, la Argensud le financió la deuda que se amortizó en cuotas. Esto les significó a los Kraemer destinar todo ingreso durante veinte años a cubrir esos pagos.
Kraemer trataba con los hermanos Müller, que eran dueños de parte de la Argensud. En 1937/38 se canceló la última cuota y recién allí la familia pudo festejar, entonces el optimismo resurgió y los fortaleció para afrontar los tiempos que siguieron, aunque tampoco fueron fáciles.
En 1919 nació Helmut Kraemer, que falleció a los tres años. En 1928 nació otro varón, Harald Christian y en 1932 nació Bernhard, el último de los hijos.

Los Jolly 
Los Jolly se dedicaban a la agricultura en Francia; Constantino Julio Jolly nació en Ypes, cerca de París, y Emma Blanca Marot nació en Sousou. 
Ya alrededor de 1900 escuchaban que en la Patagonia se juntaba “el oro con la pala” y con los años se decidieron a emigrar. Ellos llegaron a Buenos Aires en junio de 1904 y pronto se embarcaron con destino a Puerto San Julián, donde nació su hijo Pedro, el 6 de septiembre. 
Primero estuvieron en la estancia “Cañadón 11 de Septiembre”, de los hermanos Arnold y allí Jolly, que tenía conocimientos de agricultura, les armó la quinta. Después fueron a la estancia “Bahía Laura”, de los Anderson, y allá también trabajó como agricultor. El idioma fue un problema y aprendieron el castellano con un Larousse en la mano. 
Constantino Jolly estuvo en la guerra de Indochina y allí conoció al coronel Enrique Vichot, al que, casualmente, años más tarde, encontró en Santa Cruz. Vichot lo invitó a trabajar con él en la estancia que había poblado: “La Henriette”. A esta estancia primero la llamó “El Recado” y después le puso el nombre de su esposa: Henriette. 
Vichot nombró a Constantino mayordomo de la estancia, que sería como un administrador. Debían perseguir al puma y al gato montés que aniquilaban a las ovejas.
 En ese tiempo, los vecinos pobladores eran Alejandro Tirachini de estancia “La Chaira”; Kriquembert, de “La Unión”; Hope, de “Mala Cara”; Anderson, de “Bahía Laura”, y Gómez y Quaglia, de “El Mosquito”.
En 1906 nació Andrés Jolly, en San Julián, y en 1907 Norberto. Ese mismo año estaban mensurando los campos de la zona y el agrimensor era Norberto Cobos, por eso el nombre.
Emma estaba sola en el campo y una matrona la ayudó en el parto. Ella pasaba años sin bajar al pueblo. 
En 1909 nació Henriette y al año siguiente nació Marcelle; en 1912 Elena y en 1917, Ivonne, en 1918 nació René; en 1921 Emma y por último Jorge Alberto, que falleció cuando era bebé. 
La casa grande de “La Henriette” vino prefabricada de Inglaterra, la casa del personal tenía cinco dormitorios, una cocina y un comedor para los esquiladores y al lado se hizo la casa de la administración. Además, había un almacén en el que se le vendía a la gente todo tipo de productos. Construyeron una caballeriza de cinco boxes, el galpón para quinientos animales y diez bretes. 
Había dentro del mismo galpón un lugar para los carneros finos y la comida, que era el pasto y el maíz, se guardaba en una planta alta y se tiraba por un tobogán en el que los niños también jugaban. Había un garaje, una carpintería y una herrería. Constantino Jolly consiguió unos libros de mecánica y él mismo, con la ayuda de sus hijos, arreglaba los vehículos. 
Tenían cinco quintas: una para la familia, otra para los peones, una exclusiva para papas, otra para el forraje de los caballos y una de remolacha para los chanchos. 
El contacto comercial en aquellos años era con el pueblo de Bahía Laura, porque era un puerto donde había almacén, correo y comisaría. Los Jolly paraban en la fonda de los vascos. Estaba el negocio de Müller hermanos (Argensud), con Arenas en la gerencia; había un noruego que apuntaba los pedidos que llegaban en los barcos y se ocupaba de la carga y de la descarga de mercadería. Había movimiento en ese tiempo y llegaban barcos frecuentemente. 
El correo en esa zona lo hicieron Marcelino Martínez, Grassi, Alejandro Lechos y Marsicano, también había mercachifles, como Miguel Abraham.
El mercachifle cumplía un papel importante en las estancias, porque si no se bajaba al pueblo era él quien proveía a propietarios y empleados de lo que necesitaran. 
Una vez terminada la Primera Guerra, siguió la crisis económica, más el cambio del trazado de la ruta, que hizo que Bahía Laura fuera decayendo hasta desaparecer.

(Continuará…)
Domingo 20 Ago 2017