Miercoles 13 de Septiembre de 2017
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Pablo Beecher
Bahía Laura
El telégrafo la ilusionó de ser pueblo
En los años ´30, con el cambio en el trazado de la Ruta 3, el éxodo de los vecinos de Bahía Laura fue inevitable, convirtiéndose Puerto Deseado en el epicentro de la zona. Hacia Deseado o también San Julián fueron marchándose todos ellos. Hasta ahora nos referimos a los pobladores del campo y a continuación lo haremos sobre los vecinos del pueblo. En 1921 llegó a la zona el andaluz Guillermo Pérez y se casó con María Real, que era de Mazaredo, otro pueblito costero que no alcanzó a prosperar. En Bahía Laura él fue jornalero en las estancias aledañas, mientras que ella fue lavandera en un hotel. Tuvieron doce hijos.
Domingo 3 Sep 2017
Margarita Pérez y Alberto Bórquez con sus hijos Carlos, “Tato” y Elena, 1972.

Margarita Pérez y Alberto Bórquez con sus hijos Carlos, “Tato” y Elena, 1972.

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Gretmarie Brandt era hija de Otto Brandt y Catherin Lüdden. Ellos eran de la aldea Leussin al norte de Pommerania, entre el Golfo de Stettin y el Mar Báltico. Esta región después fue ocupada por Polonia. 
Gretmarie viajó con su hermano Karl Brandt a Santa Cruz en 1920, luego de que participaran en la Primera Guerra, Karl como soldado y ella de enfermera. Ellos viajaban acompañando a su tía Dora Lüdden que ya estaba viviendo en la Patagonia, pero había viajado a Alemania antes de la guerra sin poder regresar hasta que finalizara. El esposo, Carlos Lüdden, la esperaba en su estancia “Piedra Clavada” de la Colonia Las Heras.
En ese pueblo los familiares tenían un hotel. En 1924 llegó otra hermana de Gretmarie: Hedda Brandt, que se casó en Caleta Olivia con el estanciero Magnus Fratzscher. Kart se casó con Erna Schartner, vivían en la estancia “Romberg”.
En 1925 Marcelo Schupbach y Margarita Brandt se casaron.
Una vez que la firma Müller Hermanos quiebra, reabre en la zona como “Argensud” con nuevos dueños y aparece de gerente en Las Heras un tal Ulrik que presiona a Juan Schupbach para que ceda el campo a la firma. 
Era 1930. Un inspector de Tierras también lo presiona, alegando que no podía tener el campo debido a que no vivía en el lugar sino que estaba radicado en San Julián. Juan renunció a Swift para instalarse en el campo, pero en Las Heras el gerente de Argensud le dijo que como había venido la inspección de Buenos Aires era mejor hacer un documento por el que cedía todos los derechos a la firma, además figuraba en el escrito que le habían devuelto el dinero invertido, cosa que no era cierto. El desalojo era inminente. 
Juan Schupbach, que no manejaba bien el castellano, no aceptó los términos. En el ínterin llegó el comisario Eduardo Taret, Mariotini de escribiente, además del juez de Paz, Sánchez, y todos instruidos para que abandonara el campo.
Marcelo Schupbach enfureció cuando se enteró que al padre querían sacarle el campo, pidió permiso en Las Heras a sus superiores para acompañarlo y como le fue denegado, renunció al empleo, buscó a su familia y se estableció en el campo con su padre. 
Habían nacido Carlos y Marcelo “Titi”. En Las Heras también nació Edmundo “Jevi”, atendidos los tres por un médico alemán, el doctor Hupt. En “Sarita” nacerían Eva en 1934, Rodolfo (“Chacho”) en 1942.
El conflicto por el campo siguió por varios años. Esta era una guerra contra la Argensud que Marcelo Schupbach peleó mucho, hasta que recién en los años ´40 consiguió tener el campo a salvo, aunque después vendrían otros obstáculos…
Un inspector de Tierras escribiría en su informe que “Sarita” era un refugio de ladrones y traficantes, calumnias que por supuesto nunca pudieron comprobar. 
Unos sesenta estancieros de la zona redactaron un documento de puño y letra que luego firmaron en apoyo a los Schupbach. Hay además un testimonio de José Castro en el que dice que es correo oficial y que regularmente se dirige a La Manchuria, arriba, y que los estancieros de la zona le enviaban capones a los Schupbach porque todavía no tenían hacienda y era en pago porque Marcelo les llevaba la contabilidad y los pleitos con la oficina de Tierras en Buenos Aires. En una máquina de escribir “Underwood” escribía las cartas a toda velocidad y sin mirar las teclas.
En los años venideros se fue armando la estancia que llegó a tener unos cinco mil animales y a producir veinte mil kilos de lana. Entre los vecinos estaban los Kraemer de “El Martillo”, que antes habían poblado en Bahía Laura donde Marcelo Schupbach estuvo viviendo los primeros años.
Guillermo Pérez y María Real 
El trabajo rural en la zona de Bahía Laura era intenso al igual que la actividad del puerto, y la ruta que venía de Deseado pasaba por Bahía Laura que tenía escuela, comisaría, juzgado, correo, hoteles y comercios.
Guillermo Pérez vino de Andalucía en 1921. María Real era de Mazaredo, otro pueblito cerca de Cabo Blanco, ambos cercanos a Deseado. 
Ellos, al principio, trabajaron en un hotel donde María lavaba. Esta era una zona de estancias de españoles y británicos, Guillermo salía al campo como jornalero. 
Más adelante tuvieron en Bahía Laura su casa y fueron naciendo doce hijos. 
En Bahía Laura daba clases a los hermanos Pérez la esposa del jefe de Policía. En el caso de Margarita, después vivió desde los ocho a los once años en la estancia “Los Toldos” de los Casalla y ellos le enseñaron a leer y escribir, compraban los útiles escolares en San Julián.
En Bahía Laura no había sacerdote, sin embargo pasaban misioneros de vez en cuando. El padre Torres bautizó a los chicos Pérez. Ese día temprano -recordaban- vino corriendo a su casa la esposa del jefe de Correo: “Doña María, llegó el cura y pregunta si hay chicos para bautizar” - “¿Y los padrinos?” -“¡Nosotros!” y fueron siete los padrinos para diez chicos de la familia. El cura fue a la casa y le dijo a la mamá: “Mire señora. Mañana a las ocho usted ponga un paño blanco sobre la mesa…”.
María colocó una sábana y realmente la mesa parecía un altar. El padre Torres los hizo sentar en los banquitos de la sala y dio la misa para luego ir bautizando uno a uno. Otro año volvió y bautizó a los siete chicos Medina.

El pan
María se levantaba a las cinco de la mañana para ir a lavar al hotel. Margarita -una de sus hijas- tenía doce años y veía que ella trabajaba demasiado y eran doce hermanos. Una noche le pidió que le enseñara a hacer el pan para ayudarle. María le dijo que al otro día se levantara temprano con ella. Hacía veinte panes por día, le enseñó que la levadura era casera y debía guardarse siempre un pedazo de masa del último día para usar como levadura al siguiente. No debía olvidarse, de lo contrario no habría pan. 
Margarita se levantó durante tres mañanas para aprender y al cuarto día la madre dejó hacerlo sola. Hizo pan desde los trece hasta los dieciocho años que se casó. 
El padre había armado el horno de barro que calentaba con matas, cuando estaba bien caliente colocaba un pedacito de lana en la punta de una ramita y la entraba, entonces según la velocidad con la que se tostaba la lanita, sabía si el horno estaba a punto o no. Quitaba las cenizas, colocaba los panes y tapaba la puerta con una arpillera húmeda.

Las algas
María y sus hijos juntaban algas en la orilla del mar que se vendían muy bien a un comprador de Puerto Deseado. Esto lo hacían entre octubre y septiembre, sacaban las algas del agua que -mojadas- pesaban mucho, mientras que ya secas eran livianas como papel. Había de color verde, rojo, amarillo. 
No era tarea fácil, María enseñaba a los mayores y ellos después a los hermanos menores. A veces llegaban a meterse en el agua para que la marea no se llevara algas de buen tamaño. Este comprador no quería que tuvieran piedras ni caracoles, entonces debían limpiarlas bien y las almacenaban en las bolsas donde llegaba el maíz. El comprador luego buscaba en la estancia “Bahía Laura” arpillera para fardos de lana y dentro de ellas ponía toda la producción para prensarla. María, con este trabajo, redoblaba la ganancia que Guillermo tenía durante unos cinco días como ovejero en el campo. 
Además criaban ochenta ovejas que les daban un fardo de lana al año, y eso valía bastante. Guillermo lo entregaba a un estanciero de la zona para que lo vendiera con su lote.

El guano
Una actividad muy importante de Bahía Laura era la extracción de guano de pingüinos. Luis Grassi llegó a Bahía Laura en 1944, después de haber vivido en Cablo Blanco, y se casó con Angeles Pérez, hija de Guillermo y María. 
El era encargado de la extracción de guano y dirigía a varios hombres más, entre españoles, chilenos y argentinos. Los camiones llegaban a una isla de la zona cuando bajaba la marea y paleaban guano para después colocarlo en grandes bolsas, luego volvían a tierra y esas bolsas las llevaban arriba de una zorra sobre rieles que utilizaron en la primera época los comercios como “La Anónima” para acarrear la mercadería desde la playa. De la zorra cargaban a la lancha y de esta a los barcos que no podían arrimarse mucho a la costa por temor a encallar. 
El guano se vendía muy bien en Buenos Aires. Cuando los barcos no llegaron más porque se despobló, empezaron a llevar el guano a Deseado.

El final
Una vez que cambiaron el trazado de la ruta el pueblo empezó a morir. En 1927 desaparecieron los comercios y ya había que pedir víveres a Deseado por medio del correo terrestre o los fleteros. 
Una tras otra las familias empezaron a irse. Miguel Abraham desarmó su hotel y armó su casa en San Julián. En 1943 cerraron la comisaría para trasladarla a “Laura”, antes de Tres Cerros. 
En los años que siguieron hubo fuertes tormentas de arena que castigaron mucho a los que resistían el éxodo. Guillermo Pérez finalmente debió desarmar la casa y trasladarla, porque la arena los cubría. 
En 1947 los Pérez se marcharon. “Es muy triste ver morir a tu pueblo”, recordaba Margarita Pérez.
Ella, casada con Alberto Bórquez, de Puerto Coyle, compartió la misma nostalgia.
Domingo 3 Sep 2017