Miercoles 13 de Septiembre de 2017
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Pablo Beecher
Día del Inmigrante
Una historia de las más conmovedoras, entre miles…
El Día del Inmigrante en nuestro país se celebra el 4 de septiembre desde que en 1949 Juan Domingo Perón lo decretara como recuerdo de una disposición del Primer Triunvirato de 1812, que ofreciera “su inmediata protección a los individuos de todas las naciones y a sus familias que deseen fijar domicilio en el territorio”. Esta es la conmovedora historia de dos inmigrantes, Ladislao Kraevsky y Asunción Rodríguez, que después de sufrir el desarraigo por separado tras marcharse de Europa, consiguen reconocerse, primero en el dolor y luego en la alegría por una segunda oportunidad que les daba la vida.
Domingo 10 Sep 2017
En 1949, Ladislao Kraevsky y Asunción Rodríguez con sus hijas, Ana y Azucena.

En 1949, Ladislao Kraevsky y Asunción Rodríguez con sus hijas, Ana y Azucena.

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Ladislao Kraevsky y Asunción Rodríguez
En 1896 Ladislao Kraevsky nació en Podolia, Ucrania, que es una planicie fértil entre los ríos Nieper y Niester. Esa zona había sido polaca, pero después quedó bajo dominio ruso. Su familia era católica y recordaba haber sido monaguillo.
Quedó huérfano, primero de madre y luego de tristeza murió su padre, quedando cuatro hermanos solos. A los dieciocho años, después de ubicar a sus hermanos menores con familiares, Ladislao decidió emigrar a América junto a otros dos amigos. 
Cuando salieron de su pueblo debieron sortear muchos obstáculos, contaba que durante el día se escondían en casas de campesinos que los ayudaban para evitar los controles del régimen ruso y después, por la noche, caminaban y avanzaban. 
En Odesa, 1913, con la complicidad del capitán, se subieron de polizones a un barco y unos meses después desembarcaron en el puerto de Buenos Aires. Estuvieron un tiempo en Santa Fe, contaba que en Rosario compraron hilo y anzuelos, pescaban para comer y vender. 
En Santa Fe quedó viviendo uno de los tres amigos, Ladislao con el restante se fueron a Mendoza. Había trabajo en los canales de riego. En esa provincia supieron que estaban tomando gente en Santa Cruz para la construcción del frigorífico Armour. El amigo decidió quedarse en esa provincia, pero Ladislao prefirió venirse al sur.
En 1919 viajó a Buenos Aires y de ahí siguió en barco a Puerto Santa Cruz, desembarcó en el pueblo donde se encontró con una huelga de los obreros que estaban armando el frigorífico. Un motín de huelga los recibió al grito de “¡carneros!” porque eran considerados rompehuelgas.
En ese momento Ladislao se dio cuenta de la situación y ante tanta hostilidad decidió no trabajar en el frigorífico, entonces se empleó en la estancia “La Lucía” de los Hamman, como cocinero, ovejero y carrero.
(El contacto con los familiares se mantuvo hasta la Segunda Guerra Mundial, Ladislao supo después -a través de la Cruz Roja- que su pueblo había desaparecido). 

El mercachifle
Un año después empezó la huelga rural. Un día Ladislao se encontraba en Paso Ibáñez (Piedra Buena) y fue tomado prisionero por los militares. En la fila del quinteto iba a ser fusilado hasta que un estanciero persuadió a los militares sobre su buena conducta y así consiguió salvarse.
Ladislao ahorró de su trabajo en el campo y empezó a trabajar de mercachifle en sociedad con Llebada, primero con un carro tirado por caballos con el que llegaba a la zona de Río Chico, la Pampa Alta, Laguna Grande, Cañadón León y rara vez al Viedma. También le compraba pieles a los indios del lote 28. El contaba que llevaban siempre tres caballos y uno de ellos se empleaba especialmente adelante de cadenero para cruzar el arenal de “La Julia” que era imposible de pasar.
En esta época el “hotel” era guarecerse a la vera de la huella atrás de una mata grande. Esas matas grandes eran los paradores y con el tiempo en esos mismos lugares se levantaron hoteles de campo. 
En las estancias lo invitaban a quedarse y con frecuencia tenía su lugar donde se sentía a gusto.
Más tarde la sociedad se deshizo y siguió trabajando solo.
El viajaba a Buenos Aires para hacer los pedidos y las compras, descansaba durante el invierno y volvía a Piedra Buena después de unos meses, la mercadería se la enviaban por barco. Le gustaba viajar y tomar fotos.
En 1935 compró en Buenos Aires a 1.800 pesos su primer camión Chevrolet en la agencia Berlingieri. Un empleado le enseñó a manejar en los bosques de Palermo... así se pasaba del carro al camión. 
En el puerto le dijeron que no podían embarcar el vehículo en el mismo barco que él viajaba porque las bodegas estaban completas, pero Ladislao no quería dejarlo, entonces pidió hablar con el capitán y le ofreció quinientos pesos. El capitán le dijo: “¡Quédese tranquilo que se va a quedar cualquiera menos su camión!”. 
En 1938 compró otro camión Chevrolet.
El salía al campo en octubre o noviembre con el camión cargado ausentándose un mes, luego volvía a cargar el camión y quince días después salía nuevamente hasta fin de febrero o marzo. 
En el pueblo, el service lo hacían Casanova y Otero.
En el campo era una alegría cuando él llegaba. Una mujer contó que Ladislao llevaba unos batoncitos tan lindos que las mujeres le sacaban la etiqueta original y le ponían una de “Gath y Chaves”. 

Asunción Rodríguez
Asunción nació en Pola de Allande, Asturias, fueron trece hermanos, hijos de Antonio Rodríguez y Jesusa Ochoa. Allí se dedicaban a la labranza y las mujeres a la par de los hombres. Tenían vacunos, sembraban y cortaban el pasto, vendían terneros, lechones y jamones para comprar café, azúcar y aceite que no tenían. Todo el pueblo vivía de esta manera. Había ferias anuales donde se vendía y compraba y el domingo en que iban a misa se aprovechaba en la plazoleta a vender la manteca, la leche y el queso.
La casa de Asunción era de piedra, abajo vivía el ganado y arriba la familia y el pajar para echarle el forraje al ganado. En la panera y el hórreo guardaban la cosecha de trigo y maíz a salvo de los roedores. El trabajo era desde temprano hasta tarde y el padre decía: “El que puede con cuatro kilos, cuatro kilos y el que pueda con doce, con doce”, pero todos a trabajar... Criaban chanchos y los faenaban, hacían jamones, chorizos y morcillas que se secaban en las varas arriba de la estufa de la cocina hasta que se ahumaban y quedaban secos, riquísimos.
“El que salió de allí vive donde quiera” decía Asunción, porque el campesino aprendía a hacer de todo. En los caminos se cantaba de noche cuando iban a los bailes: “No teníamos más gaita que la que cantaba cada una. Así nos criamos los pueblos enteros, festejando la verbena, que son los santos de las vírgenes”. Lucían los mantones de manila, las que podían. Otras veces iban a caballo a Cangas de Narcea distante cuarenta kilómetros y subían una cuesta donde estaba la Virgen del Acebo.
Asunción se casó con Manuel Alvarez y nació su hija Azucena. Manuel volvió de la Guerra Civil muy enfermo y falleció poco después. Tenía treinta y tres años, llevaban siete años casados. Asunción, viuda, trabajó en una tienda. 

Emigrar
En 1947 la recibió en Buenos Aires su hermana Herminia Rodríguez que tenía una estación de servicio en Lope de Vega, cerca de Villa Devoto. No se conocían porque ella se había marchado cuando Asunción era una niña. También había quedado viuda y tenía dos hijas: Carmen y Mabel. Herminia le escribió y mandó a llamar con su hija para que no tuviera que volver a buscarla. 
Quedó viviendo en el departamento de su hermana, pero la pelea entre las primas hizo que tuvieran que marcharse a una pieza en la casa de una familia.
Con las pesetas que le quedaban, el dueño de la casa le compró en un remate una máquina de coser “Singer” y consiguió que le dieran la costura de una fábrica. Armaba camperas y camisas de hombre. Tomaba un ómnibus para ir a buscar los bultos y después los llevaba otra vez con las camperas y las camisas armadas. Pagaban un peso con veinte por cada campera y setenta centavos la camisa. En una mano llevaba una valija y en la otra a su hija. 
Herminia era muy amiga de los Fernández, los asturianos dueños del hotel donde paraba Ladislao Kraevsky, que en ese entonces era un “solterón” de buen pasar. 

Asunción y Ladislao
Era un hotel y restaurant en la calle Hipólito Yrigoyen y la amistad de los dueños y la familia de Asunción se remontaba a España. Había quedado viuda la madre de uno de ellos y el abuelo de Asunción y Herminia corrió con los hijos mientras fueron menores durante muchos años. 
Cuando Herminia llegó a Buenos Aires siguió tratándolos por la amistad que tenían sus familias. Un día les contó en el hotel que no era vida la de Asunción, entonces el hombre le dijo: “Hay un hombre aquí de la Patagonia que maneja plata y es soltero, tráemela un día a cenar...”. Un día Herminia llevó a su hermana a cenar con ellos y ahí se conocieron con Ladislao. 
Enseguida se dieron cuenta que habían tenido infancias parecidas. Era un hombre bueno y sincero, que le confió que conocía mujeres -en su mayoría de la vida- y que él realmente quería tener una familia. Asunción recordaba: “Llega el momento en que uno tiene que enfrentar su vida...”. Un mes más tarde se casaron y viajaron hacia el sur.
En el ómnibus partieron hacia Piedra Buena. No había asfalto y para lo que andaban ella pensaba: “¡Para dónde vamos, vale más volverse para atrás! …porque eran piedras y matas, piedras y más matas. Yo venía de España donde todo es poblado y con árboles. Acá no se veía un árbol, apenas unas casuchas al lado de la carretera. Ibamos de zambada en zambada por las piedras. Era horroroso... Cuando llegamos al río Chico, mi esposo me dijo: “¡Mira, mira el río Chico!” y yo pensaba: “Por Dios, no hay un árbol, no hay una casa en todo el camino”, pensaba y callaba”.
 Llamaba la atención la cara de contentos de la gente del sur que venía de pasar el invierno. Todos conversaban y Asunción pensaba: “¡Es increíble que vayan hacia dónde vamos y estén tan contentos, charlando, como si fuera la gloria del cielo!”. Azucena tenía seis años cuando llegó a Piedra Buena de la mano de su madre que era viuda y casada en segundas nupcias con Ladislao Kraevsky. 
Esta historia es una más entre las de inmigrantes de aquella época, 1947, donde lo único que abundaba era el dolor por el desarraigo y en la mayoría de los casos, un pasado digno de olvidar, algo que hizo la mayoría de aquellos inmigrantes, como Asunción, quizás inconscientemente, como un recurso de la mente para poder seguir viviendo en un lugar tan ajeno y extraño como puede serlo la Patagonia para una originaria de la verde Asturias.

El comercio
En Piedra Buena, Ladislao tenía una tienda que no estaba abierta y la usaba de depósito, además de una cocina, un dormitorio y una salita. El hizo el primer viaje al campo y Asunción quedó sola un mes entero, después volvió y así siguió la vida.
Cuando ella vio ese espacio pensó que su hija podría correr libremente, que tenía una familia y se sintió a gusto. Como Asunción era alegre y cantaba mientras lavaba la ropa afuera en la tina, los vecinos preguntaban: “¿Qué loca se habría traído el viejo Kraevsky?”.
Ella jamás tuvo una palabra de lamento o queja por lo que el destino le había deparado. 
Había mucha gente española que la ayudó mucho y que fueron como su familia –recordaba-.
No había agua corriente, tenían pozo con roldana y balde, después instalaron un motor de bombeo y luego hicieron el baño adentro. 
En las estufas se quemaba mogote, que es una planta achaparrada que se juntaba con raíz, luego se cortaba y se encendía mezclada con leña y carbón. Había camioneros que vivían de vender mogotes, pero los Kraevsky iban en familia a buscarlo como un paseo. 
Sin embargo a Asunción no le costó acostumbrarse a llevar la casa, a la mañana llegaba el repartidor de “La Anónima” o de la “Argensud”. Eran comercios que enviaban al apuntador durante la mañana y el repartidor por la tarde con todas las compras. A fin de mes recibían la boleta y el cliente pagaba.
En el patio tenían gallinas y cerdos que antes del invierno los faenaban y ahumaban.
Hicieron quinta porque Ladislao estaba entusiasmado por tenerla como en su infancia en Ucrania. Había entonces dos cosas que Asunción amaba además de su familia: el comercio y la quinta, ambas le demandaron esfuerzos y una tenacidad asombrosos.
En invierno sobre las camas colocaban quillangos de zorros o de guanaco que Asunción misma armaba, algunos quillangos los llevaba a Buenos Aires donde los vendía.
Había electricidad hasta las dos de la mañana. Era una vida tranquila: “Yo lavaba cantando a pleno pulmón los cantares, pero la alegría de España no la encontré acá, porque allá se vivía con alegría y acá se vivía, pero sin la alegría de vivir”.
Ladislao era muy sociable, iba al Club Júpiter del que fue socio vitalicio. A la casa llegaban los amigos del campo a tomar café, como los Hamman de “La Siberia”, los Manzano, que tuvieron la fábrica de medias.
Un año después Asunción le dijo a su esposo que se aburría mientras él no estaba y le pidió que le abriera una mercería en el salón. El le dijo: “Sí, pero vamos a hacer una cosa. La puerta la divido por acá: de ahí para allá pones la mercería con nombre de soltera y de ahí para allá no tocas nada. Te voy a dar crédito en todas las casas que yo trabajo, así que verás…”.
En agosto de 1949 Asunción empezó con el negocio y le fue bien, le gustaba atender y vender de nueve a nueve. El rubro de talabartería y la ropa de campo era lo que mejor salía. “Casa Kraevsky” ofrecía tienda, mercería y novedades, pero en realidad después se transformó en ramos generales.
Asunción hacía los pedidos, viajaba en ómnibus o en el DC 3 a Buenos Aires cada cuatro meses y compraba. 
La tienda fue el centro de su vida, tenía un don natural para el comercio y una dedicación absoluta. Manejó siempre los números con mucha habilidad a pesar de que siempre decía que ella en España sólo había ido a la escuela cuando llovía porque eran los únicos días en que no tenían que salir a hacer el duro trabajo de la tierra.
En esos primeros años de la tienda nació su hija Ana.
Hasta los ochenta años Ladislao salió al campo con su camión.
Asunción siempre dijo que estaba satisfecha porque siempre pudo trabajar a gusto, ser independiente y ayudar a su familia que es lo que más quería. 
El trabajo, las obligaciones y el esfuerzo fueron sus normas de conducta que inculcó en sus hijas.
No quiso volver a su país de origen porque para ella su país era este, sus raíces las enterró junto con los árboles de su quinta y los cimientos de su casa.
Un temperamento de estas características era necesario para vivir, crecer y enraizar en una zona donde las condiciones de vida eran tan hostiles, aunque poniendo todo el esfuerzo necesario podía empezarse una nueva vida.
En este Día del Inmigrante las historias de Ladislao y Asunción son testimonios de verdadero tesón y perseverancia.
Domingo 10 Sep 2017