Sabado 20 de Mayo de 2017
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Columnistas
Federico Saissac con sus hermanas, Eufrosina y Melania, años ‘20.
Entre Las Heras, Perito Moreno y la Colonia Pellegrini
En 1917 Federico Saissac -hijo de un comerciante francés de Conesa, Río Negro-llegó a la Colonia Las Heras y quiso agenciarse de alguna vagoneta, que era un carro pequeño tirado por mulas y que podía cargar hasta 5.000 kilos. En esos años nadie quería hacer los viajes entre Las Heras y Perito Moreno porque los inviernos eran muy duros. El gerente de La Anónima de Perito Moreno fue su garante para que Federico tuviera su vagoneta, además de tres caballos y algunas mulas que le prestaron para empezar a trabajar.
 José Castro y su cuñado José López en sus chatas, San Julián, años ´20.
Entre San Julián y el Tucu Tucu
En el San Julián de 1910 el español José Castro fue jornalero en el campo y luego se hizo de una chata y algunos caballos hasta emprender su trabajo como fletero. Tuvo una nutrida cartera de clientes y fleteaba para las estancias de la zona de Colonia Pellegrini, cercana a Bajo Caracoles, La Manchuria y a veces llegaba hasta el boliche del río Lista, camino al Tucu Tucu. Un viaje demoraba semanas y acampaban en el camino, durmiendo con sus pilchas debajo de la carreta y a diario preparándose la comida. Empezaba el invierno y José aún estaba fleteando lana.
Lucía Torres
Esta muestra en Fundacruz tiene doble significado e importancia porque Lucía Torres -reconocida docente y artista- es parte de la fundación desde sus inicios. Con una obra que fue cambiando a lo largo de su trayectoria, trabaja en series muy definidas y diferentes. En “Migrante” -como grabadora- se encuentra abocada desde 2013 y dice que nació desde el dolor del desarraigo. Inspirada en un sinnúmero de relatos de mujeres armenias, judías, mujeres europeas que huyeron de las guerras y mujeres que llegaron a Santa Cruz, la artista nos propone un recorrido tan exquisito como conmovedor.
“Quico” García en una de sus chatas, Puerto Santa Cruz, 1922.
El tiempo de las carretas
Hubo un tiempo memorable de carretas, carros o chatas, tiradas por bueyes, mulas y caballos, que recorrieron las zigzagueantes huellas del territorio entre 1880 y 1930 aproximadamente. Esas tropas de chatas unieron los pueblos costeros con las estancias que iban formándose para “bajar” los fardos de lana y “subir” víveres y materiales. Este tiempo fue de epopeya por el clima muchas veces adverso y los oficios de artesanos que generó alrededor de los fletes, que luego la tracción a motor, el progreso, lentamente iría dejando atrás y en el olvido. Entre el lago Argentino y Gallegos, por ejemplo, los paradores habituales a paso de vu