A 68 años del paso a la inmortalidad

Evita: La más amada, la más odiada

Por Jorge Cicuttin


“¡Viva el cáncer!, escribió alguna mano enemiga en un muro de Buenos Aires. La odiaban, la odian los bien comidos: por pobre, por mujer, por insolente. Ella los desafía hablando y los ofendía viviendo. Nacida para sirvienta, o a lo sumo para actriz de melodramas baratos. Evita se había salido de su lugar. La querían, la quieren los malqueridos; por su boca ellos decían y maldecían”.

El escritor uruguayo Eduardo Galeano la describe así al comienzo de su relato “La amada de los malqueridos”. En momentos en que en la política actual se vuelve a discutir el tema del odio, en la historia argentina moderna hay pocas figuras que hayan despertado en un sector de la sociedad un odio tan profundo como Evita.

La odiaron en vida, festejaron su muerte y la siguieron odiando tiempo después como lo demuestra el ultraje a su cuerpo embalsamado.

La odiaron las clases altas porque esa mujer generaba un riesgo enorme al impulsar un nuevo reparto de las riquezas del país, pero también por ser mujer, por considerarla una advenediza que se atrevía a ocupar un lugar que le correspondía sólo a la oligarquía.

Porque era una joven y bella actriz que venía de la pobreza del interior del país. Esa minoría que volvió a tomar el poder con el golpe militar de 1955, no podía soportar que el pueblo manifestara su amor hacia Evita, por lo que ocultó y llevó lejos del país su cuerpo.

Una parte del país la odiaba, pero fueron muchos más y lo siguen siendo- los que la amaron. Sus descamisados la adoraron porque Evita legó para cuestionar el orden imperante de la limosna que le daban las señoras de la alta sociedad.

Evita convirtió esas migajas regaladas en derechos básicos de dignidad. Su obra política y social puso todo “patas para arriba” afectando los intereses de ese sector que había hegemonizado la política argentina hasta la llegada del peronismo.

Las raíces de esa relación que estableció con los argentinos, en la que generó el profundo amor de la mayoría así como el fuerte desprecio de una minoría, la explicó la propia Evita en “Mi Mensaje”, el libro de memorias, dictado durante sus últimos meses de vida.

“Declaro que pertenezco ineludiblemente y para siempre a la “ignominiosa raza de los pueblos”. De mí no se dirá jamás que traicioné a mi pueblo, mareada por las alturas del poder y de la gloria. Eso lo saben todos los pobres y todos los ricos de mi tierra, por eso me quieren los descamisados y los otros me odian y me calumnian.

Nadie niega en mi Patria que, para bien o para mal, yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle. Por eso, porque sigo pensando y sintiendo como pueblo, no he podido vencer todavía nuestro “resentimiento” con la oligarquía que nos explotó. ¡Ni quiero vencerlo!

“Lo digo todos los días con mi vieja indignación descamisada, dura y torpe, pero sincera como la luz que no sabe cuándo alumbra y cuándo quema. Como el viento que no distingue entre borrar las nubes del cielo y sembrar la desolación en su camino”.

“No entiendo los términos medios ni las cosas equilibradas. Sólo reconozco dos palabras como hijas predilectas de mi corazón: el odio y el amor”.

“Nunca sé cuándo odio ni cuándo estoy amando, y en este encuentro confuso del odio y del amor frente a la oligarquía de mi tierra -y frente a todas las oligarquías del mundo- no he podido encontrar el equilibrio que me reconcilie con las fuerzas que sirvieron antaño entre nosotros a la raza maldita de los explotadores”.

Pocas figuras en la historia política argentina despertaron sentimientos tan profundos como Evita. En estos días de pandemia la discusión sobre el odio en la vida política argentina vuelve a ponerse en primer plano. “Vine acá a terminar con los odiadores seriales. No vengo a instalar un discurso único”.

“Sé que hay diversidad, y la celebro y la propicio, lo que necesito es que sea llevada con responsabilidad”, dijo Alberto Fernández en su discurso del 9 de Julio. La esperanza de una argentina unida frente al coronavirus y la posibilidad de que esa unidad perdure en el tiempo duró muy poco. Quedó en eso, en apenas una imagen.

Estos sentimientos que marcan la historia nacional se reflejan bien en la figura de Evita. También lo explica Galeano en “La amada de los malqueridos”:

“Evita era el hada rubia que abrazaba al leproso y al haraposo y daba paz al desesperado, el incesante manantial que prodigaba empleos y colchones, zapatos y máquinas de coser, dentaduras postizas, ajuares de novia. Los míseros recibían estas caridades desde al lado, no desde arriba, aunque Evita luciera joyas despampanantes y en pleno verano ostentara abrigos de visón. No es que le perdonaran el lujo: se lo celebraban.

No se sentía el pueblo humillado sino vengado por sus atavíos de reina. Ante el cuerpo de Evita, rodeado de claveles blancos desfila el pueblo llorando. Día tras día, noche tras noche, la hilera de antorchas: una caravana de dos semanas de largo. Suspiran aliviados los usureros, los mercaderes, los señores de la tierra”

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