Arte y Cultura

Destellos Patagónicos

Por La Opinión Austral

Este es un espacio cedido por La Opinión Austral desde hace más de once años para aproximarnos a usted, Sr. Lector, e invitarlo a compartir el buen uso de las nuevas tecnologías, informática, Internet, como un medio de apoyo a la docencia, como una eficaz herramienta para ayudar desde la labor educativa salesiana en este vital proceso del "saber ser, sabiendo hacer". Desde nuestro lugar, Patagonia austral argentina, abrimos una ventana, Destellos Patagónicos. Desde su apertura de par en par nos ofrece en esta entrega:

La pelea 

Cuento corto por Sergio Pellizza.

La tierra y el hombre de la Patagonia Austral, muy al sur del territorio argentino se levantan aquí en su verdadera dimensión y en su particular sabor, desde un ayer poco conocido que conformó todo este paisaje y esta forma de ser gente, si además de ver, si sabemos mirar. 

Ese fatídico día de octubre llovía, la comparsa de esquila. Llámese así a un número de esquiladores y ayudantes diez o quince, que bajo la dirección de un capataz van de una estancia a otra para esquilar, cortar la lana de las ovejas. El capataz es el encargado y responsable del personal que lo acompaña, los esquiladores, los agarradores, encargados de agarrar los animales, manearlas (cruzarle y atarle las patas) y colocarlas frente al esquilador, el atador que arma los vellones y el cocinero. 

Aquel día los hombres estaban de mal humor porque la hacienda tenía tierra y arena que desafilaban las herramientas y disminuía el rendimiento de ovejas esquiladas por hora, Don Pedro el dueño de la estancia, estaba enojado porque los esquiladores rezongaban y esquilaban mal, el cocinero porque todos protestaban de su comida. Un día común en el fin de la temporada de esquila, con los hombres con los nervios de punta a causa del cansancio de meses en este trabajo muy pesado y sucio, suelen estar inaguantables uno con otros. Al extremo de que la más insignificante insinuación personal terminara provocando reacciones violentas, a veces con consecuencias trágicas. 

Ese día la tragedia parecía flamear en el aire como una bandera advirtiendo una desgracia. A fuerza de comentar y hablar en los fogones de peleas y muerte y admirar duelos trágicos, se adquiere el hábito cruel. Se repudia el asesinato a traición pero una vez iniciada una discusión violenta se llega hasta las últimas consecuencias, "por no aflojar ante los demás". 

Don Pedro, observa al esquilador, llamado Ventura y le dice que uno de los animales que ha agarrado no es para esquilar, es demasiado chico, es un cordero de la última parición. El esquilador repite que no es un cordero, Don Pedro insiste en que lo largue, pero el esquilador le da unos golpecitos en el pecho diciendo, es un borrego y lo voy a esquilar. Don Pedro le da un empujón y Ventura antes de llegar al suelo tenía en la mano su daga de dos filos lista para cortar, al tiempo que Don Pedro tenía en la suya su 38 largo listo para disparar. Ambos querían matarse en ese momento, pero todas sabían que la bala siempre seria más rápida que la daga. El patrón no era ningún ventajero, tiro el revólver y desenfundo su cuchillo criollo. Ambos hombres se miraron con chispas en los ojos. De repente la daga de Ventura se hundió en el vientre de don Pedro que no aflojo., sosteniéndose los intestinos con la mano izquierda, dio una feroz puñalada en el pecho de Ventura. 

Ambos cayeron mientras la sangre teñía de rojo los blancos vellones. La espeluznante escena no había alcanzado a durar un minuto, la confusión total. Ambos hombres fueron conducidos a la casa. Allí trataron de meter de nuevo en el abdomen los intestinos de uno y tratar de parar la hemorragia en el pecho del otro. De inmediato el capataz de la cuadrilla salió a toda velocidad en el Ford A de la estancia en búsqueda del médico, al pueblo y también del cura, por si acaso.

El cura no fue necesario. Al tiempo, ya recuperados y zanjada con honor esa situación, certificadas por dos cicatrices con más poder que la firma de mil notarios, se hicieron amigos de ley y después socios, donde solo basto la palabra y el apretón de manos como acuerdo de partes. Demostrando una vez más que a veces brutales diferencias zanjadas con valor y nobleza pueden unir más que perfectos contratos. 

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