Arte y Cultura

Destellos Patagónicos

Por La Opinión Austral

Este es un espacio cedido por La Opinión Austral desde hace más de once años para aproximarnos a usted, Sr. Lector, e invitarlo a compartir el buen uso de las nuevas tecnologías, informática, Internet, como un medio de apoyo a la docencia, como una eficaz herramienta para ayudar desde la labor educativa salesiana en este vital proceso del "saber ser, sabiendo hacer". Desde nuestro lugar, Patagonia austral argentina, abrimos una ventana, Destellos Patagónicos. Desde su apertura de par en par nos ofrece en esta entrega:

El puesto abandonado

Por Sergio Pellizza

El puesto, había tenido mejores épocas, ahora abandonado, se veía como una ruina con cierto toque de misterio que se acentuaba por la noche. Pertenecía a una estancia situada en el lado norte del Lago Argentino, construida al comienzo de la gran guerra. Su único acceso era por vía lacustre, remontando el lago Argentino hasta su brazo norte. Cerca del glacial Upsala. Al terminar la buena época de la lana las nuevas generaciones la habían reconvertido en una bella estancia turística insertada en un paisaje de sueño, que explotaban con buen éxito.

El puesto abandonado, resistía como podía al paso lento del tiempo y del rápido del viento que de vez en cuando se llevaba una ventana precariamente sujeta en sus goznes. Sus paredes de chapa acanalada, vieja, pero que aún dejaban ver que en cierta época estuvieron pintadas de blanco, también se combaban hacia el este.

Eusebio, fue su último ocupante. Estuvo a cargo del puesto y del área que le tocaba cuidar, alambrados, molino, animales etc. En la tormenta de nieve del 73 simplemente desapareció. Algunos dicen que se perdió en la nevazón, otros que se lo llevó la bruja de la escarcha? Lo buscaron en vano; nunca más se supo de él.

 Eusebio había llegado no se sabe bien de dónde, en el momento justo en que el puesto se había terminado y la estancia necesitaba un puestero para cuidar esa extensión de terreno que por ser la más alejada del casco de la estancia nunca se había explotado. Era un tipo muy raro, totalmente solitario, nunca bajaba al pueblo y a la estancia sólo una vez al mes para buscar sus provisiones. Tampoco retiraba su salario, sólo decía guárdemelo patrón. El administrador le abrió una cuenta en el banco y allí lo depositaba. Nunca retiró un peso. Hacía muy bien su trabajo y jamás hubo motivo de queja alguna. Sólo el patrón, un criollo de ley se acercaba en sus recorridas. Bajaba del caballo y tomaba unos mates con Eusebio. Hablaban muy poco pero siempre se sentía mejor después de estar un rato en el puesto. Sabía que su enfermedad no tenía cura y quería morir en su campo.

En un momento en que se agudizó el mal del patrón, la familia hizo traer unos especialistas a la estancia porque él no quería ir al hospital y para calmarle los dolores lo mantenían casi en permanente estado de inconciencia. Después de unos días el jefe del equipo dijo que allí no podían hacer mucho más que mantenerlo sin dolor. También dijo que había una técnica nueva de avanzada que se podía intentar en un centro médico de Buenos Aires.

La familia se aferró a esta esperanza y decidieron trasladarlo hasta el aeropuerto del Calafate, donde un avión especialmente equipado lo esperaba para llevarlo en unas horas hasta el centro de atención en la capital. Así lo hicieron.

Le aplicaron la técnica nueva que sólo logró demorar el desenlace un par de años. Nadie estaba contento. El noble hombre ya no podía hablar y cuando despertaba de su sueño químico sus ojos decían llévenme de nuevo a la estancia.

No era posible su traslado por el riesgo que implicaba. Falleció en el invierno de la gran nevada del año 1973. Alguien relacionó el fallecimiento con la pérdida de Eusebio el puestero que se dijo se extravió en la nieve pues, se notaban sus huellas aun no borradas, después del temporal con una dirección marcada hacia el norte. Se produjeron ambos sucesos muy cerca en el almanaque de ese año.

La mayoría dijo que era sólo una casual circunstancia. Pasó ese invierno y en el próximo el administrador al recorrer los campos nevados se aproximó al puesto que había ocupado Eusebio y vio con sorpresa que había huellas de dos personas en la nieve en dirección al norte. Se fue esa nevada, vino otra y con ellas siempre las huellas de dos personas dirección al norte. Nadie pudo explicar esto?

Quizás por superstición o temor a lo desconocido nadie se acercaba al puesto que quedó abandonado, así solo allá lejos, gastado lentamente por el tiempo al que aún se resiste, porque sabe que tiene visitas cada nevada y hasta que el delicado equilibrio natural del que muy pocos saben, logre reunir las partes de ese todo inadecuadamente dividido.

destellospatagononicos@gmail.com

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