Arte y Cultura

Destellos Patagónicos

Por La Opinión Austral

Este es un espacio cedido por "La Opinión Austral" hace más de once años para aproximarnos a usted, Sr. Lector, e invitarlo a compartir el buen uso de las nuevas tecnologías, informática, Internet, como un medio de apoyo a la docencia, como una eficaz herramienta para ayudar desde la labor educativa salesiana en este vital proceso del "saber ser, sabiendo hacer". Desde nuestro lugar, Patagonia austral argentina, abrimos una ventana, Destellos Patagónicos. Desde su apertura de par en par, nos ofrece en esta entrega:

Orkeke el cacique amigo 

Relato breve 

por Sergio Pellizza

En la mañana del domingo 29 de julio de 1883, el vapor Villarino, transporte de la Armada Argentina, atraca en el Riachuelo luego de un viaje expedicionario a las costas del sur. Y como indicaba la crónica periodística (diario La Nación, 31 de julio de 1883): "A su bordo vienen 50 Indios patagónicos de estatura colosal alguno de ellos"

Los indígenas que traía el Villarino habían sido tomados prisioneros en su toldería en el interior de Santa Cruz, cerca de Puerto Deseado por un contingente armado del mismo barco que, al mando del teniente coronel Roa, cumplía órdenes del coronel Winter por entonces gobernador de Patagonia. El cacique Orkeke acompañaba a los 50 indios que viajaban muy precariamente en la bodega del transporte Villarino. El arribo de indios a Buenas aires, en calidad de prisioneros, era un acontecimiento frecuente luego de la Campaña del Desierto. Tardaron en darse cuenta que el cacique Orkeke y su gente tenían un largo historial de ayuda a los cristianosy fidelidad a las autoridades argentinas. Tuvieron también eficiente asistencia con las expediciones de de George Muster, Carlos Moyano, etc. Aunque nunca se reveló Orkeke no perdonó nunca esto que hicieron con él. Así lo evidenciaba al llegar prácticamente como esclavos en la bodega del barco. Su aspecto huraño, su sombría reconcentración demostraban el furor y el odio de que se sentía dominado contra los conquistadores de su hogar. Algunas tímidas intervenciones al principio como la De Ramón Lista hicieron que la situación de Orkeke y su gente fueran algo mejor. Luego se produjo como una avalancha de reconocimientos y homenajes. Lo invitaron al teatro "La Alegría" a ver una obra clásica dándole el palco de la tertulia bien visible para todos. Luego fue subido al escenario donde les dieron dulces y algunos brillantes collares. La gente de la sociedad porteña los miraba con asombro y pasaron a constituirse, Orkeke y un grupo de su gente en la atracción del momento. Los diarios La Nación y el Nacional en sus crónicas periódicas resaltaban la popularidad del Cacique Patagónico con comentarios de este tipo: "El próximo domingo, reaparece en la Alegría el personaje del día, Orkeke?". También fue "invitado" por el circo Humberto I. De pronto se convirtió de espectador en principal actor, y en un muy buen negocio. Le "pagaban" con golosinas y chucherías de fantasía, nunca con dinero porque temían que fuera aprovechado por "algunos inescrupulosos". 

Quizás algunos puedan asociar estos acontecimientos con otros que dicen sucedieron hace más de 400 años, en esta Latinoamérica, donde unos hombres vestidos de metal y con palos de fuego hacían algo parecido con otros indios y en otros tiempos. Quizás también como se dice en las películas cualquier semejanza con la realidad, es sólo una coincidencia. Quizás algunos puedan decir también "La historia se repite". 

Y llega el final. El aire, la humedad y otros factores de la ciudad del Plata se manifiestan en bronquitis. Internado en el hospital militar, ocupa la cama 39. Su rebeldía le hace rehusar tratamientos y medicamentos. No pueden contenerlo. Abandona la cama y busca otro aire en los patios y no el del encierro. No tiene las hierbas curativas ni puede usar los métodos nativos para espantar al Espíritu Malo. El invierno porteño con sus calamidades enfermizas le estaba jugando una mala pasada y se fue agravando hasta la pulmonía doble. El 12 de setiembre de 1883, a las 8:40 expira "como una luz que se apaga de súbito" (La Nación, 13 septiembre 1883).

Quizás se sintiera también la extinción de un buen negocio. De cualquier manera fue aprovechado sin desperdicio. Los restos de Orkeke, pese a que se había dispuesto su inhumación con rango de oficial del ejército, fueron descarnados para prestar muriendo su último servicio de "cristiano amigo" al dejar sus huesos para aumentar con ellos la colección antropológica del museo. 

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