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Por Andrés Cottin
En cabo Vírgenes, donde la ruta 40 inicia su largo viaje hacia el norte y el estrecho de Magallanes abre paso entre la Patagonia y el mar Austral, la historia humana y la vida silvestre se cruzan hace más de un siglo. Allí, en el punto más austral del continente, se encuentra la estancia Monte Dinero, un establecimiento ligado a la familia Fenton desde fines del siglo XIX y vecino directo de una de las colonias de pingüinos de Magallanes más importantes de Latinoamérica.
Cada temporada, miles de pingüinos regresan a ese rincón de Santa Cruz para anidar, reproducirse y criar a sus pichones. Es la riqueza del mar de cabo Vírgenes, su abundancia de alimento y la salud de su ecosistema, la que explica por qué unas 120 mil parejas de pingüinos de Magallanes eligen cada temporada este lugar. Pero detrás de esa postal natural también hay una historia de permanencia, trabajo rural y defensa del territorio. Carolina Fenton, quinta generación de la familia, habló en La voz del mar (FM municipal de San Julián): “Para nosotros todo lo que tiene que ver con la Reserva de Cabo Vírgenes es muy importante como familia porque, por decirlo de alguna forma, es como si fuese el patio de nuestra casa”.
La llegada de los Fenton a la región se remonta a mediados del siglo XIX, cuando la Patagonia Austral todavía era un territorio hostil y desconocido. Según cuenta Carolina, la familia es de origen irlandés y sus primeros pasos en el sur estuvieron marcados por la búsqueda de nuevos horizontes tras la crisis de la papa en Irlanda. Uno de los primeros en llegar fue Thomas Fenton, médico en la zona de Magallanes. “Al enterarse que Santa Cruz no tenía médico de cabecera, le propuso a su hermano Arturo, que en ese momento trabajaba en un barco. Arturo llegó a Santa Cruz y fue el primer médico del territorio“, relata Carolina.
La estancia Monte Dinero pasó a formar parte de la historia de la familia cuando Arturo Fenton se casó con Emma McMahon. Desde entonces, la familia siguió ligada a esas tierras. “Hoy yo vendría a ser quinta generación, y ya mis hijos y sobrinos, sexta generación en este lugar”, cuenta Carolina. Esa continuidad no es un dato menor: en territorios tan alejados, sostener la presencia, el trabajo y el conocimiento local también es una forma de cuidar.
La llegada de la familia Fenton a la región se remonta a mediados del siglo XIX.
Ese vínculo con la tierra y con los animales silvestres se volvió decisivo cuando la pingüinera estuvo frente a una amenaza concreta: una planta petrolera iba a instalarse justamente en el medio de lo que hoy es la colonia de pingüinos. Ante esa posibilidad, la familia comenzó a buscar ayuda por distintos caminos para evitar que la petrolera destruyera la colonia. “No fue sencillo. Mis padres tuvieron que recurrir a los medios, a la televisión y demás, para que los escuchen y poder frenar la colocación de una de las plantas petroleras en el medio de la reserva”, cuenta. Para la familia Fenton no fue sólo una disputa puntual por una obra mal ubicada. Fue una experiencia que dejó una huella profunda y que ayudó a visibilizar el área. “A raíz de este conflicto, la reserva dejó de ser conocida por unos pocos para pasar a ser conocida en toda la provincia. Fue una situación muy difícil, que marcó muchísimo a la familia, y desde entonces hemos estado trabajando para tratar de que ese lugar sea cuidado como corresponde”, recuerda Carolina.
Los conteos recientes de la colonia de pingüinos de Magallanes muestran que la cantidad de pingüinos se habría mantenido relativamente estable durante al menos 120 años y eso se debe a la gran cantidad de recursos que le ofrece el mar a esta simpática especie. “Creo que es una oportunidad única y que no tenemos que desaprovechar, porque entre todos podemos hacer algo hermoso de ese lugar y que no solamente lo puedan disfrutar unos pocos, sino que muchos puedan venir y disfrutar en familia“, afirma.
En 1995, cuando la ganadería atravesaba un momento difícil, la familia decidió mostrar qué ocurría dentro de un establecimiento rural y compartir su historia con visitantes. “Una de las posibilidades fue abrir las tranqueras al público, al turista, para que pueda ingresar y uno poder contarles qué se hace dentro de cada establecimiento”, explica Carolina. La antigua casa grande se transformó en hostería, se organizaron visitas guiadas a la pingüinera, al faro y al kilómetro cero de la ruta 40, y al pie del faro se abrió una casa de té donde los visitantes pueden resguardarse del viento y “disfrutar del fin del continente“.
Ese turismo no se presenta como un agregado superficial, sino como una herramienta de valoración. Quien llega a Monte Dinero no sólo ve pingüinos: conoce una historia familiar, una forma de vida rural, un paisaje de frontera y una reserva que necesita ser cuidada. “La mejor forma de poder hablar de este lugar es venir, conocerlo”, invita Carolina Fenton y agrega “depende de nosotros poner en valor la costa de la provincia, porque tenemos mucho para ofrecer“.
En cabo Vírgenes, los pingüinos son los grandes protagonistas. Pero su historia reciente no puede separarse de quienes habitan ese territorio, lo recorren, lo defienden y lo abren al conocimiento público. La familia Fenton fue parte de esa trama: primero como pobladores pioneros, luego como sostén de una estancia histórica, más tarde como impulsores del turismo rural y, sobre todo, como familia que entendió que la colonia de pingüinos no era un accidente del paisaje, sino un patrimonio natural que merecía ser protegido. Gracias a la familia Fenton, por haber evitado que se instalara en medio de la colonia una petrolera, hoy cabo Vírgenes se puede disfrutar en su totalidad.
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