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Mientras las grandes potencias discuten compromisos que no terminan de cumplir y los gobiernos de derecha avanzan con políticas que recortan derechos y frenan cambios, una nueva generación se pone al frente. Son jóvenes que, lejos de mirar de afuera, impulsan proyectos colectivos e individuales para defender el medio ambiente, promover la igualdad y garantizar derechos humanos. Con menos de 30 años, militan, impulsan cambios en la agenda pública, crean iniciativas de triple impacto y forman a otros jóvenes para transmitir un legado de compromiso.

Para Martin Valese, autor de Triple Impacto: emprender hacia la economía circular, muchos jóvenes crecieron sin poder darse el lujo de pensar que el futuro era algo asegurado. Desde temprano, palabras como crisis climática, pérdida de biodiversidad, desigualdad y degradación ambiental comenzaron a formar parte de su mundo. “No me sorprende que cada vez más jóvenes experimenten ecoansiedad. No creo que sea una moda emocional ni una fragilidad generacional, sino una reacción lógica frente a la sensación de que hay procesos que avanzan más rápido que nuestra capacidad de corregirlos. Hay angustia e incertidumbre, pero también algo interesante: en muchos casos esa incomodidad no termina en resignación. Al contrario, empieza a generar movimiento y consciencia”, explica. Para Valese, esa capacidad de transformar preocupación en ocupación es una de las características más valiosas de esta generación.

De la crisis a la acción

Bruno Sirote tiene 24 años, milita desde los 15 y coordina el área de política internacional en Jóvenes por el Clima. Ya representó a la organización en cuatro COPs de cambio climático y en foros de derechos humanos en América Latina y el Caribe. Según él, durante la última década creció la preocupación por los temas ambientales, a diferencia de los años 2000-2010, reconocidos como la “década perdida” por la falta de acción climática. Sin embargo, reconoce que la participación juvenil está directamente vinculada a los ciclos políticos. “Hoy atravesamos un ciclo de regreso a posturas más conservadoras que provoca desmovilización y atomización. La llamada ‘pandemia de soledad’ no es solo una cuestión individual, sino parte de una tendencia que profundiza el abandono de las luchas colectivas” advierte.

Como contrapunto, Sirote destaca la creciente oferta de formación política y ambiental: “Nunca vi tantos programas destinados a jóvenes con herramientas concretas para convertirse en líderes. Organizaciones de la sociedad civil impulsan capacitaciones en negociaciones internacionales de cambio climático y formación orientada a la incidencia en asuntos públicos”.

Otra agrupación activa es Consciente Colectivo. Isidro Blanco, de 27 años, coordina comunicación y militancia —término que eligieron para reemplazar “voluntariado”—. El colectivo nació en 2020, dos semanas antes del confinamiento por COVID, contingencia que supieron capitalizar para consolidarse. Para Blanco, muchos jóvenes atraviesan ansiedad, depresión y problemas de acceso a la vivienda, situaciones que dejan poco resto para el compromiso social. Sin embargo, existe un sentimiento común de querer vivir más tranquilos, tener salud mental y estar en contacto con la naturaleza.

“Si vemos el contexto actual, con el avance de las derechas y los temas ambientales cada vez más relegados, podría pensarse que a los jóvenes no les importan estas cuestiones. Pero no es así. Muchos votaron a Milei a pesar de no coincidir con su postura sobre el cambio climático, porque sienten que lo que hay del otro lado no los representa”, explica. Según él, hay una fuerte crisis de representación entre la juventud y la política. “Se requiere gente más audaz y creativa, pero esa renovación todavía no aparece”.

El futuro aparece como un horizonte oscuro, pero también como un espacio esperanzador. Así lo viven estas organizaciones donde jóvenes trabajan convencidos de que el mundo puede ser un lugar mejor.

Problemas que necesitan respuestas

A Jóvenes por el Clima los ocupa una problemática central: cómo generar un desarrollo económico justo y ambientalmente responsable. “No sé si tenemos todas las respuestas, pero nos moviliza saber cuáles son las políticas productivas que debemos impulsar para lograr crecimiento sin destruir los glaciares. Nos preocupa el estado de las negociaciones multilaterales, la pérdida de biodiversidad y la contaminación”, explica Sirote. La desigualdad, la pobreza y los derechos humanos también son motores de la organización.

En Consciente Colectivo el trabajo se estructura en torno a tres ejes: alimentación adecuada y soberanía alimentaria, democracia ambiental —que abarca el vínculo entre ambiente y Derechos Humanos— y adaptación al cambio climático, con foco en olas de calor, incendios e inundaciones.

Un futuro entre luces y sombras

Para Blanco, pensar el futuro es uno de los grandes desafíos de esta juventud. “Cuesta proyectar a largo plazo: todo es inmediato y cambia demasiado rápido. A esto se suma el miedo por el avance de la inteligencia artificial”. Traza dos escenarios: uno más optimista, donde imagina una sociedad más consciente que recupere prácticas como vivir más lento, con cuidado de la salud mental y en contacto con la naturaleza; y otro menos luminoso, con una sociedad “paralizada por el sufrimiento”, incapaz de organizarse para generar los cambios necesarios.

Sirote también anticipa un escenario oscuro, de deterioro ambiental, social, económico y político prolongado. “El auge de las derechas es un gran peligro para el medio ambiente. Lo vemos en Argentina con la búsqueda de modificación de la Ley de Glaciares, el desfinanciamiento del Servicio Nacional de Manejo del Fuego, la derogación de la Ley de Tierras y la ampliación del RIGI al sector hidrocarburífero. A eso se suma el deterioro del sistema multilateral, el aumento de conflictos armados y el empobrecimiento de las poblaciones vulnerables. Pero tenemos que seguir trabajando en contra de lo que escuchamos todos los días”.

Valese señala una paradoja: se les reclama a los jóvenes que hablen del futuro, pero no se los invita a decidir sobre él. “Se los escucha, se los celebra, pero siguen siendo minoría en los espacios donde se definen políticas e inversiones de largo plazo. Si este es el mundo que les estamos dejando, deberían tener una capacidad mucho más real de incidir en cómo se reorganiza”. Y concluye: “Quizá una de las señales más valiosas de esta generación no sea que tenga respuestas definitivas, sino que, aun sabiendo la magnitud de los desafíos, sigue intentando construir respuestas imperfectas. Los cambios importantes suelen empezar de forma incompleta, con ensayo, error y aprendizaje”.

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