Your browser doesn’t support HTML5 audio
Por Ismael Tebes (Especial para La Opinión Austral)
Hay historias de guerra que no terminan cuando se apagan los disparos. Suelen quedar suspendidas en los hilos del tiempo. “Uno siente una emoción tremenda”, dice. Jorge Palacios (63) quien a cuarenta y cuatro años de la Guerra, siente el orgullo corriendo por su sangre. Dice sentirse “bendecido” y orgulloso de haber servido a la Patria cuando fue requerido. Sin importar la edad, el entrenamiento o el recurso.
Palacios tenía apenas 18 años cuando dejó de ser un chico del barrio Jorge Newbery para convertirse en soldado. Jugaba al fútbol, soñaba con una vida sencilla, hasta que el servicio militar obligatorio lo llevó al Regimiento de Infantería 25 de Sarmiento. Después, sin querer, la guerra lo empujó al frente vestido de verde para defender la Patria.
Aquel llamado lo llevó a un destino que primero fue incierto. “Un primero de abril ya estábamos listos para partir hacia Malvinas. Salimos de Sarmiento a las 7 de la tarde, en colectivo hacia Comodoro. Llegamos al Regimiento 8 como a las 12 de la noche y a las 3 de la mañana más o menos, del Regimiento 8 nos llevaron en colectivo al aeropuerto”.
“Ahí ví –dijo Palacios- por la ventanilla del colectivo el movimiento que había, aviones y soldados que corrían. Era como que había nerviosismo. El Hércules tenía la rampa baja y ahí nos ordenaron que subiéramos y después nos dijeron que íbamos a recuperar Malvinas. Ya serían las 5 o 6 de la mañana del 2 de abril”.
A cuarenta y cuatro años de aquella vivencia imborrable, asume “un orgullo inmenso” en la previa de la conmemoración malvinera.
“Se siente la emoción, se recuerda el momento de pisar Malvinas; la primera orden que nos dieron, era darle seguridad al Aeropuerto y bajar con el fusil con el cargador puesto y la cara pintada. La orden que nos dieron fue, si ven movimiento enfrente de ustedes disparen, no esperen que les demos la orden”.
Recordó el nerviosismo del primer día de recuperación. “Lo sentimos nosotros, yo en la personal y me provoca mucha emoción y orgullo a la vez de saber que cumplimos con la Patria”.
Hoy camina por las calles con orgullo, enfundado en las prendas camufladas y las remeras con consignas. Como integrante del Centro de Veteranos de Guerra, visita escuelas e instituciones que lo convocan con la sola consigna de “Malvinizar” los nuevos tiempos. “La gente se emociona cuando contamos nuestra historia. Todo es una gran emoción y no se puede describir. Yo ya tengo 62 años y es una emoción tremenda, cuando se acerca la fecha, una semana antes uno anda caminando por las paredes. Todos los años me pasa lo mismo”.
Volver a Malvinas?. O avanzar en un reclamo por la soberanía, sin usar armas, en un escritorio diplomático?. “Creo que ya no voy a ver en vida la bandera en nuestro territorio que es Malvinas, yo la veo medio difícil. Los años para nosotros pasan volando, pero los recuerdos quedan y son imborrables. Ojalá nos devuelvan nuestro territorio mañana y es un sueño para nosotros, para los veteranos, porque es volver a rendir los honores a nuestros compañeros”.
“Yo hoy por hoy –resaltó- no volvería, porque tengo la sensación de que cuando vi flamear la bandera argentina del primer día hasta el último. Cuando tuvimos que retirarnos de ese lugar, ya no estaba. El 14 de junio me genera una emoción fuerte recordar que se arrió nuestra bandera en ese camino que nos llevó a la primera línea y después, ya no estuvo”. Y afirma, orgulloso, que aquella tristeza de la bandera quitada por el enemigo equivale a una rendición ideológica.
La guerra no terminó en 1982. Para Palacios y muchos camaradas, sigue viva en los recuerdos, en las emociones, en las fechas que vuelven cada año. Y también en la imposibilidad de cerrar completamente esa etapa. “Ojala que mis hijos, mis nietos, puedan ver flamear allá la bandera argentina”, admite remarcando la intensidad del recuerdo.
A eso se suma otra realidad: las restricciones que enfrentan los veteranos en las islas. “Muchos compañeros dicen que tienen que hacer cosas escondidas, que si dejás algo, después lo sacan. Está prohibido el celeste y blanco”, cuenta, en referencia al control británico sobre símbolos argentinos.
Desde hace años participa en charlas y talleres en escuelas, tanto en nivel inicial como secundario. “Nos sentimos muy bien cuando los chicos nos escuchan, cuando preguntan”, señala. Para él, es fundamental que las nuevas generaciones comprendan lo que ocurrió y que no esperen a que la historia quede solo en los libros. “Hoy la gente tiene en sus calles la historia viviente, que somos nosotros”.
Un día con el Papa
“¿Sos vos?” preguntó el Papa Francisco al soldado Palacios en El Vaticano, luego de que éste le exhibiera una foto de la procesión realizada en las Islas con la Vírgen que ahora recorre ciudades de Chubut y será entronizada en Comodoro Rivadavia. “Algo me dijo, pero no recuerdo qué. La emoción fue tan grande que me olvidé de todo”, recordó Jorge quien se prepara para la celebración malvinera en una ciudad sensible a la causa por haber sido parte del Teatro de Operaciones durante aquella guerra del Atlántico Sud.
Para el ex conscripto del Ejército Argentino, la historia comenzó en 1982, en las Islas Malvinas, y encontró décadas después un momento de profunda emoción. La Vírgen Malvinera y el reencuentro, siempre cubriendo con su manto a los que se entregaron por completo a su fe.
En Malvinas, creer era el refugio obligado. La imágen de la Vírgen de Luján había llegado a las islas en los primeros días del conflicto y acompañaba a los soldados en procesiones improvisadas, en rezos apretados contra el miedo y en silencios que decían más que cualquier palabra.
El 4 de mayo de 1982, en plena madrugada, el destino de Palacios quedó marcado para siempre. Una bomba cayó a pocos metros de su posición. La explosión lo sepultó bajo tierra junto a su compañero Raúl Ortíz y ambos por el peso de la turba, fueron declarados muertos. “Fue un martes 4 de mayo, como a las 3 de la mañana. Cayeron 21 bombas de 500 kilos. Una cayó a cinco metros de mi posición. Habremos estado media hora o más enterrados, sin poder respirar. Pensaba que me iba a morir ahí. Recé, me encomendé a Dios. Me despedí de mi familia y de mis amigos”.
Milagrosamente, fue rescatado. Primero él, luego su compañero. “Si nos salvamos es porque Dios y la Virgen nos ayudaron a tener calma en un momento tan difícil”.
Palacios recuerda orgullosamente haber cargado la imagen de la Vírgen en Malvinas junto al mismísimo Mohamed Alí Seineldín.
El Veterano de Guerra comodorense define su supervivencia como un “segundo nacimiento”. Y hasta dice cumplir dos veces en el mismo año.
Leé más notas de La Opinión Austral
Compartir esta noticia
Dejanos tu comentario