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Por Doris Capuro (Fundadora y CEO de LUFT Energía)
En CERAWeek, el evento más influyente del mundo en energía, quedó en evidencia una contradicción central: la revolución más sofisticada de la historia —la inteligencia artificial— depende, en última instancia, de algo profundamente básico. De la energía.
Y, en gran medida, de los combustibles fósiles que, hasta hace poco, se creían en retirada.
Dicho de otro modo, la inteligencia artificial —símbolo del futuro— está impulsando el regreso al pasado: gas natural y petróleo.
Durante años, el relato dominante fue que la economía digital nos alejaba del mundo físico. Que el futuro estaba en la nube. Que los bits reemplazarían a los barriles. Pero en Houston, esa narrativa empezó a resquebrajarse. La inteligencia artificial no es etérea. Es intensiva en infraestructura.
Y esa infraestructura consume electricidad a una escala que el sistema energético global aún no está preparado para sostener.
El debate tecnológico siempre giró en torno a chips, datos y algoritmos. Pero hoy el verdadero cuello de botella de la inteligencia artificial es la electricidad.
Ahí aparece la gran ironía: el regreso de lo que queríamos dejar atrás.
Los data centers que entrenan modelos de AI ya consumen tanta energía como ciudades medianas. Y esto es apenas el comienzo. Cada nueva generación de modelos —más complejos, más potentes, más omnipresentes— multiplica la demanda.
El resultado es un cambio estructural que redefine prioridades: la política energética dejó de ser una política sectorial. Se convirtió en política tecnológica. Y, por extensión, en política de poder.
Energía es poder. AI amplifica esa verdad.
Quien tenga energía abundante y barata podrá escalar en AI. Quien no, quedará rezagado.
Sin energía, no hay inteligencia artificial.
Sin inteligencia artificial, no hay liderazgo global.
Esto reordena el mapa del poder. Y explica por qué los funcionarios de Donald Trump presentes en CERAWeek defendieron con tanta claridad y sin disimulo a idea de “dominancia energética”.
Países con recursos energéticos —gas, petróleo, capacidad de generación— recuperan centralidad en la economía digital. Y aquellos con sistemas eléctricos frágiles enfrentan un nuevo tipo de dependencia. No tecnológica. Energética.
El fin de una ilusión
Durante décadas, creímos que la innovación tecnológica nos emancipaba de las restricciones materiales. Que el crecimiento podía desacoplarse del consumo de recursos físicos. La inteligencia artificial pone fin a esa ilusión.
Si la inteligencia artificial es el motor de la próxima revolución económica, y si esa revolución depende de energía abundante y confiable, entonces la pregunta central ya no es tecnológica.
Es política.
¿Quién va a producir esa energía?
¿Con qué matriz?
¿Y bajo qué reglas geopolíticas?
En ese cruce —entre moléculas y algoritmos— se está definiendo algo mucho más grande que el futuro de la tecnología.
Se está definiendo el equilibrio de poder del siglo XXI.
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