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La tragedia volvió a teñir de luto a las rutas patagónicas y esta vez el golpe atravesó de lleno al corazón del fútbol argentino. Tres árbitros permanecen internados en terapia intensiva con pronóstico reservado en el Hospital Zonal de Caleta Olivia, mientras el ambiente deportivo intenta asimilar la muerte de Emanuel Leguizamón, el joven cuarto árbitro que perdió la vida tras el vuelco de la camioneta en la que viajaba la terna arbitral. El siniestro ocurrió sobre la Ruta Nacional 3, cuando regresaban hacia La Pampa luego de haber dirigido un encuentro en Río Gallegos.
El parte oficial difundido por el centro de salud santacruceño confirma que Cristian Rubiano, Diego Pereyra y Yasu Muñoz continúan bajo monitoreo permanente en la Unidad de Terapia Intensiva, con seguimiento clínico continuo acorde a la complejidad de las lesiones sufridas. Desde el hospital remarcaron el acompañamiento a las familias y el trabajo coordinado de los equipos de emergencia, pero, por respeto a la confidencialidad, no brindaron precisiones clínicas. La frase que más se repite en los pasillos y entre colegas es que los pacientes “van hora a hora“.
El accidente también generó una conmoción profunda en el arbitraje y en las ligas del sur del país. Leguizamón, de apenas 24 años, era una figura en crecimiento. Su nombre, que muchas veces estuvo asociado a designaciones, partidos y sueños de progreso, apareció esta vez en portales y noticieros por el motivo más doloroso. Su pareja, Micaela Palavecino, lo despidió en redes sociales con un mensaje que conmovió a miles: habló de la espera en casa, de los hijos, de los proyectos truncos y de un vacío imposible de llenar. Sus palabras reflejaron la dimensión humana detrás de una estructura deportiva que, muchas veces, se analiza solo desde lo competitivo.
El hecho también puso bajo la lupa una realidad conocida en el fútbol del interior argentino: las largas distancias, los viajes por tierra durante horas, el cansancio acumulado tras partidos exigentes y las condiciones de las rutas. No se trata de un traslado menor. Desde Río Gallegos hasta La Pampa median cientos de kilómetros de asfalto, viento , tramos solitarios y una logística que suele resolverse con recursos ajustados. En torneos que formalmente pueden tener carácter amateur, las exigencias de desplazamiento se asemejan a las del profesionalismo, pero no siempre con la misma infraestructura ni coberturas.
En ese contexto empezaron a surgir preguntas que van más allá de este caso puntual. ¿Quién define los esquemas de traslado? ¿Qué protocolos existen para evaluar la aptitud de conducir tras jornadas extensas de trabajo? ¿Qué coberturas de seguro y respaldo institucional tienen los árbitros cuando viajan por designación oficial? Son interrogantes que circulan en vestuarios, asociaciones y redes sociales, y que apuntan a un debate de fondo sobre el cuidado de quienes sostienen el juego desde un rol tan expuesto como imprescindible
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