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En una recorrida por las calles céntricas, las sensaciones fueron variadas. Hubo vecinos que confesaron vivir la previa con nerviosismo, conscientes de la magnitud del partido, mientras que otros se mostraron más serenos y confiados en el equipo argentino.
Los más optimistas incluso se animaron a arriesgar un resultado. El 2-0 fue uno de los marcadores que más se repitió entre los hinchas consultados, aunque tampoco faltaron quienes apostaron por un ajustado 2-1 para la Selección. Otros, por cábala o simple prudencia, prefirieron no aventurar un pronóstico y aseguraron que lo único importante era ver a Argentina en la final.
El movimiento también se reflejó en los comercios dedicados a la venta de camisetas, banderas, gorros, cornetas y todo tipo de cotillón celeste y blanco. Los vendedores coincidieron en que la demanda fue superior a la de un día habitual, impulsada por quienes buscaron a último momento algún distintivo para alentar al seleccionado.
Mientras tanto, las calles mostraban una postal característica de los grandes acontecimientos deportivos. Trabajadores apuraban el regreso a sus hogares para no perderse el inicio del partido, grupos de amigos coordinaban los últimos detalles para reunirse frente al televisor y numerosos comercios bajaban sus persianas antes de lo habitual para permitir que empleados y propietarios pudieran seguir el encuentro.
Con el correr de los minutos, el movimiento fue disminuyendo y la ciudad comenzó a entrar en una especie de pausa. Como ocurre en cada presentación decisiva de la Selección Argentina, Río Gallegos se preparó para vivir noventa minutos —o quizás algunos más— con el corazón en la mano.
Porque cuando juega Argentina en una instancia como esta, no solo se detiene una ciudad: se paraliza todo un país, unido por la ilusión de dar un paso más hacia la gloria mundial.
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