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Andrea Nazarena Rodrígues tiene 22 años, nació en Misiones pero vive en Río Gallegos desde los dos. Su historia con el arte combina pasión, búsqueda personal y una decisión que, con el tiempo, terminó marcando su camino.
Técnica en Políticas Públicas, Andrea atravesó, como muchos jóvenes, un momento de dudas sobre qué rumbo seguir. Mientras exploraba distintas opciones laborales, hubo algo que empezó a incomodarla: “Tuve unos trabajos medios feitos, que todos tenemos al principio, y dije: ‘este mundo laboral no me gusta, no es lo mío’”, contó durante su paso por Fuera del Aire, el primer programa de streaming de La Opinión Austral.
El impulso para animarse a algo distinto llegó desde su entorno más cercano. “Mi hermana me dijo: ‘¿por qué no hacés pinturas y tomás encargos?’. Yo tenía facilidad, pero nunca lo había hecho así, como trabajo. Era mi primera pintura y ya era un encargo, una responsabilidad enorme”, recordó.
Ese comienzo estuvo atravesado por el miedo y la presión. “Al principio no lo disfrutaba tanto”, admitió. Sin embargo, con el paso del tiempo, la relación con su arte cambió por completo. “Hoy pintar me calma un montón. Es terapéutico. Cuando estoy mal, me pongo a pintar y listo”, expresó.
Antes de dedicarse a la pintura tradicional, Andrea ya tenía un recorrido en el mundo digital. Durante su adolescencia administraba una cuenta de arte en Instagram que llegó a tener una comunidad activa, incluso con seguidores de otros países. “Dibujaba en el teléfono, ni siquiera tenía tablet. Me la pasaba horas ahí”, contó.
Con el tiempo, ese vínculo se transformó. “Con esto de la inteligencia artificial, se me fue la pasión. Sentí que perdía sentido estar tantas horas dibujando cuando un programa podía hacerlo en segundos”, explicó. Fue entonces cuando decidió volcarse de lleno a la pintura manual, donde encontró una conexión distinta. “Es un trabajo muy ‘sucio’, en el sentido de que te manchás las manos, estás horas… pero tiene otro nivel de magia. No es lo mismo que lo digital”, afirmó.
Actualmente, trabaja por encargo realizando retratos hiperrealistas de personas y animales. Los pedidos llegan principalmente a través de redes sociales o recomendaciones, y muchas veces implican reconstruir imágenes desde cero. “A veces me mandan fotos en mala calidad o personas que no están juntas, y yo armo todo: elijo el fondo, hago una edición previa y después empiezo a pintar”, explicó. En algunos casos, incluso, los clientes confían plenamente en su criterio y esperan directamente el resultado final.
A cuatro años de aquel primer paso, Andrea consolidó su camino en el arte. Entre pinceles, retratos y horas de dedicación, encontró no solo una forma de trabajo, sino también un espacio propio. “Ahora es parte de mi vida”, resumió.
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