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El horror vivido en la Escuela Normal Mariano Moreno de San Cristóbal, en Santa Fe, donde un estudiante ingresó armado y asesinó a un compañero, no solo conmocionó a esa comunidad educativa, sino que volvió a encender una alarma a nivel nacional. El ataque, que además dejó a otros dos alumnos heridos.
Mientras la Justicia santafesina intenta determinar cómo el adolescente logró ingresar con una escopeta al establecimiento sin ser detectado, el caso deja al descubierto una realidad que, aunque muchas veces se minimiza como “cosa de chicos”, presenta indicadores preocupantes.
De acuerdo con datos del Observatorio de Argentinos por la Educación, la violencia y la discriminación forman parte del cotidiano escolar para una porción significativa de estudiantes. El 75,4% reconoce episodios de discriminación por aspecto físico; el 67,7% menciona situaciones vinculadas a características personales o familiares, como religión, nacionalidad, género o discapacidad; y el 54,5% admite la existencia de amenazas o agresiones entre compañeros. Sin embargo, menos del 10% considera que estos hechos ocurren de manera permanente, lo que evidencia una naturalización parcial de estas conductas.
En el caso de Santa Cruz, el panorama aparece, en los números, levemente más favorable. El 33,2% de los estudiantes percibe dificultades en la convivencia escolar, una cifra que se ubica por debajo de la media nacional del 34,6%. Pero los datos fríos contrastan con situaciones concretas que, en el territorio, reflejan que la problemática existe y, en algunos casos, escala.
Uno de los episodios más alarmantes se registró en abril del año pasado en Puerto Deseado. Allí, un adolescente protagonizó una pelea con un compañero de la Escuela N°24 y, en medio de la discusión, lanzó una frase que encendió todas las alertas: “Pasame la mochila que adentro tengo el arma”. La amenaza no pasó desapercibida para los otros estudiantes, que dieron aviso a sus familias.
El conflicto no terminó ahí. Según denunció la madre de la víctima, el joven luego publicó una historia en Instagram junto a un amigo, “exhibiendo un arma de fuego, haciendo referencia que agredirían al hijo de la denunciante”. La situación derivó en una presentación formal ante la Comisaría y, días después, en un allanamiento ordenado por la Justicia. Aunque no se encontró el arma, sí se hallaron vainas servidas, un elemento que profundizó la preocupación en la comunidad.
Otro caso ocurrido en Río Gallegos durante 2024 expuso el impacto del bullying en edades cada vez más tempranas. Un alumno de cuarto grado de la Escuela Primaria N°47 “Nuestra Señora de Loreto” fue golpeado por tres compañeros durante un recreo.
La madre del niño, Belén, relató públicamente el padecimiento que atravesó su hijo y la falta de respuestas institucionales. “No solamente a mi hijo, sino a varios nenes del curso. Me acerqué en reiteradas ocasiones al colegio a pedir una reunión, lo que nunca se dio”, expresó en Radio LU12 AM680. Según su testimonio, las situaciones de acoso comenzaron desde el inicio del ciclo lectivo. Finalmente, tras dos semanas de insistencia, logró cambiar a su hijo de escuela.
Estos episodios, sumados a las estadísticas, configuran un escenario complejo. Si bien Santa Cruz no encabeza los índices de conflictividad escolar, los antecedentes muestran que la violencia —ya sea física, verbal o simbólica— está presente y puede escalar si no se interviene a tiempo.
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