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En una ciudad marcada por las distancias y las inclemencias del clima, donde el invierno no da tregua y el costo de vida golpea con fuerza a los sectores más vulnerables, el merendero Manitos Verdes se transformó en mucho más que un punto de asistencia alimentaria. Es, en palabras de su referente, un espacio que creció al ritmo de las necesidades de la comunidad.
“Es un espacio comunitario que un día decidimos armarlo para un proyecto con educación para los nenes y, lamentablemente la situación de las familias nos llevó a realizar meriendas”, relató Verónica Condori en diálogo con LU12 AM680, dejando en claro que el origen del proyecto estuvo lejos de la urgencia alimentaria que hoy lo define.
Desde hace aproximadamente nueve años, Condori encabeza un equipo integrado por ocho personas -siete mujeres y un varón- que sostienen el merendero de manera completamente voluntaria. “Nadie nos paga por lo que hacemos, lo hacemos de todo corazón”, remarcó, sintetizando el espíritu de un grupo que, sin recursos estables, mantiene en pie una tarea esencial.
El espacio físico, reducido a un ambiente de apenas cinco por cinco metros, obliga a organizar la asistencia de forma particular. Allí no hay lugar para grandes estructuras ni comodidades, pero sí para una logística aceitada que permite alimentar a más de un centenar de familias. “Tratamos que ellos traten de llegar con su tupper o con una jarra para buscar y sobre todo también para que puedan llevarse la comida como la merienda y compartir en el hogar, que no se pierda ese lazo familiar”, explicó.
La dimensión del trabajo impresiona: más de 360 porciones de comida y más de 100 litros de leche por jornada. Sin embargo, detrás de esos números hay una realidad que preocupa cada vez más. “Hay familias que sí tienen trabajo, pero que no les alcanzan, no llegan a fin de mes a cubrir la alimentación de los pequeños”, advirtió Condori. Y agregó: “Tenemos de todo en el comedor, tenemos madres solteras, desempleados, adultos mayores, gente que está trabajando y que no les alcanza”.
El fenómeno, además, dejó de ser exclusivo del barrio. “Ya no son vecinos del barrio, sino son vecinos de otros barrios” los que se acercan en busca de ayuda, señaló, reflejando un escenario de deterioro social que se expande en distintos sectores de Río Gallegos.
La historia personal de Verónica también atraviesa el relato. Comenzó a trabajar con niños a los 15 años y levantó el merendero en su propio terreno. En ese camino, también enfrentó situaciones límite. “Hace dos meses atrás, al ver que no teníamos insumo, la verdad que sí llegué a tener miedo, de tener que decirles que no tenía para darles nada”, confesó en declaraciones a la Decana de la Patagonia.
A esa dificultad se suma una experiencia personal que marcó su vida. “Hace dos años yo perdí todo, fue un incendio. Me quedé solamente con lo puesto. Y bueno, sí, ahí tuve un acompañamiento constante de mis compañeras y de mi espacio que me dio fuerza para seguir adelante”, recordó.
Hoy, con el invierno asomando con crudeza en la Patagonia, el merendero impulsa una campaña solidaria para recolectar abrigo y calzado. La necesidad es urgente y el compromiso, inquebrantable. “Para nosotros no hay feriados, no hay nada, no paramos”, afirmó Condori, destacando el esfuerzo diario del equipo.
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