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Juan Manuel Fabbri, conocido como “Bachi”, se define a sí mismo como un apasionado por las montañas y la madre naturaleza. Es guía de montaña, gupia e instructor de kayak y profesor de educación física. Desde hace varios años comenzó a diagramar un proyecto ambicioso: descender el río Santa Cruz en kayak, sin detenerse en ningún momento.

Su vínculo con la actividad náutica viene desde la infancia, cuando su tío Alberto Grillo, referente del kayak, lo introdujo en este mundo. Con el paso del tiempo, Bachi fue perfeccionando su técnica y acumulando experiencia en el río.

El recorrido del río no era desconocido para él. En ocasiones anteriores ya había navegado sus aguas y, durante una de esas pruebas, decidió cronometrar el tiempo de remada efectiva: 28 horas y media. “Ahí dije: ¿esto será posible bajarlo sin parar?, ¿cuánto tiempo me llevará?”, recordó.

A partir de esa inquietud comenzó una planificación detallada, enfocada en aspectos clave como la alimentación, la hidratación y el análisis de las condiciones climáticas, fundamentales para una travesía de esta magnitud.

Un equipo clave para el desafío

Aunque en un principio dudó en realizar el recorrido acompañado, finalmente decidió sumar apoyo. Alex Olivera, guía de navegación de Comandante Luis Piedra Buena, se ofreció a acompañarlo en gomón ante cualquier eventualidad.

“Era una decisión muy certera la de él también bajar cuidándome. Yo lo valoro muchísimo porque gracias a eso creo que salió todo como salió”, destacó Fabbri.

El equipo se completó con Jorge Chávez, también en el gomón, y Carlos Aguilera, encargado de documentar toda la travesía. “Fue un placer compartir esta bajada con los chicos. Si bien uno está acostumbrado a andar solo, está buenísimo cuando ocurren estas cosas”, expresó.

Bachi junto a Carlos Aguilera, Jorge Chávez y Alex Olivera.

El inicio: imprevistos y demoras

El 6 de enero fue el día elegido. Bachi pasó a buscar a sus compañeros por sus respectivas ciudades y juntos viajaron a El Calafate para comprar las últimas provisiones. Los contratiempos no tardaron en aparecer. Al inflar el gomón descubrieron una pérdida de aire, lo que complicó toda la logística. Tras recorrer ferreterías durante toda una tarde lograron repararlo.

Luego, cuando se dirigían a la estancia ubicada en la embocadura del río Santa Cruz, la camioneta quedó atascada en un camino de dunas. La salida estaba prevista para las 4 de la mañana, pero finalmente pudieron embarcar recién a las 8.45. “Ya en el agua fue el momento en que nos relajamos de todo lo previo y arrancó la aventura”, contó.

Más de 28 horas de remada ininterrumpida

Contra todo pronóstico, el clima acompañó. El viento, habitual enemigo en la zona, se presentó mucho más leve de lo esperado. “La remada fue muy buena, yo me sentía muy bien físicamente a pesar de haber descansado poco. Creo que tenía esa adrenalina de todo lo que había pasado”, relató.

Durante el trayecto, Fabbri destacó la emoción de observar el paisaje santacruceño. “Vas viendo toda la vida que hay alrededor del río, pasás por diferentes lugares y momentos. Uno va muy sensible porque estás remando con un proyecto personal y, a la vez, ves a tus compañeros cuidándote”.

Con la llegada de la oscuridad, la experiencia se volvió aún más desafiante. “La remada pasó a ser súper sensorial”, explicó. La falta de luz y los cambios en el flujo del agua, producto de las represas, exigieron máxima concentración. A pesar de la tensión del momento, el reflejo de la luna sobre el río hizo todo mucho más ameno.

El cansancio mental fue uno de los mayores obstáculos. “Sentía que la cabeza ya no me respondía y me daba sueño. En el agua no te podés dormir porque te podés dar vuelta, así que iba comiendo un poquito, me lavaba la cara. Las únicas paradas fueron para orinar, y ahí aprovechaba a meter la cabeza en el río para activarme”, detalló.

Con respecto a la alimentación, Bachi explicó: “La comida la llevé cortada en bolsas y comía en pequeñas raciones de manera permanente para mantener la energía. Para mantenerme hidratado, consumí agua y bebidas isotónicas”.

Un cierre emotivo en Puerto Santa Cruz

La etapa final fue mejor de lo esperado. La corriente del mar, que suele complicar la llegada, esta vez jugó a favor. El broche de oro fue la recibida: familiares, amigos y miembros del Club Náutico de Puerto Santa Cruz lo esperaban sin que él lo supiera. Desde la institución se mantuvieron en contacto con el equipo durante todo el recorrido para organizar la sorpresa.

A modo de cierre, Bachi dejó un mensaje inspirador:

“Ojalá que esto sirva para tomar conciencia del lugar en el que vivimos, de los recursos que tenemos y también para motivar a otra gente a que se anime a hacer esos proyectos que por ahí parecen muy lejanos. Cuando te querés dar cuenta, lo estás concretando”.
Así fue recibido Bachi y su equipo tras 36 horas de travesía.

La hazaña de Juan Manuel Fabbri ya quedó marcada en la historia del deporte santacruceño como un ejemplo de perseverancia, amor por la naturaleza y superación personal.

EN ESTA NOTA kayak Rio Santa Cruz

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