Mientras Cabo Verde hace historia en el Mundial 2026, una historia casi olvidada vuelve a cobrar vida en Río Gallegos. Es la de Juan Bautista “El Negro” Rocha, un niño que escapó de su isla natal escondido como polizón en un barco para evitar ingresar al seminario y que terminó convirtiéndose en uno de los vecinos más queridos y recordados de la capital santacruceña.
Su viaje comenzó en África a fines del siglo XIX. Descubierto durante la travesía, estuvo a punto de ser deportado, pero un sacerdote salesiano cambió su destino y lo llevó hasta la Argentina. Desde allí inició una vida marcada por el esfuerzo, el trabajo y el compromiso con los demás.
Fue prefecto, trabajó en el histórico puerto de Río Gallegos como capataz de playa y también fue esquilador en las estancias de Santa Cruz. Pero su legado trascendió lo laboral: fue socio fundador de clubes como Hispano Americano y San Lorenzo, entrenó a generaciones de chicos y dedicó gran parte de su vida al deporte como herramienta de integración.
Quienes lo conocieron recuerdan, además, una promesa que hizo antes de abandonar Cabo Verde. Le juró a su madre que acompañaría hasta su última morada a cada vecino del lugar donde viviera. Durante décadas cumplió esa palabra, asistiendo a familias, colaborando en los funerales y acompañando cada cortejo fúnebre a pie.
En reconocimiento a esa trayectoria, Río Gallegos bautizó con su nombre uno de los gimnasios municipales más emblemáticos de la ciudad y una calle del barrio El Puerto. Su historia sigue viva como ejemplo de solidaridad, esfuerzo y pertenencia.
Conocé la increíble historia completa de Juan Bautista Rocha, el inmigrante caboverdiano que encontró en la Patagonia un hogar y dejó una huella imborrable en la comunidad.
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