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Por Facundo Pedrini

Hombre primicia. Hombre tapa.  Hombre record. Hombre intuición.  Portador de la licencia del olfato. Aguijón definitivo de la realidad de los últimos 50 años.  Fue popular. Fue masivo. Fue meme. Usó el detector de mentiras contra la eternidad y se quedó  con la última pregunta.

Fue Crónica antes que Crónica: Un posgrado en periodismo social que termina en él pero no con él. Porque las misiones trascienden a los mitos.

Lo internaron 20 veces.  Lo dieron por muerto 21.  Creo presidentes. Tiró presidentes. Le hizo una autopsia en vivo a un ovni  y 5 entrevistas a Milei  y a los dos los dejó en silencio.
A Cristina le preguntó si tenía novio cuando  todavía se vestía de negro. Porque sí. Porque podía.

Dueño de todas las culpas de ese  viejo periodismo que todavía duda como un niño: Fue el que mejor decodificó la distancia entre las viudas y el milagro. Preguntó, cuestionó, desnudó. Algo que no hace la IA ni la precarización.

Su cabeza duró más que su cuerpo. Como los relojes pulsera de los soldados que siguen viviendo en la muñeca de los fusilados.

“Me quiero morir en cámara” me dijo la primera vez que lo internaron:
Existe algo entre los finales y la muerte y son las preguntas. Chiche tenia de todo. Visitaba más especialistas que los que una cartilla de obra social podía imprimir. Tuvo más internaciones que programas en el año. Por una infección urinaria, por un paro cardíaco, por un infarto de pie, por una trombosis descontrolada que le tapaba un par de arterias, por fiebre alta, por precaución , por las dudas y por qué los mejores a veces se apagan en cuotas.

Cuando lo recibieron la última vez no podía hablar ni pisar.

 “Me voy a escapar por la ventana, necesito volver” me dijo la última vez que lo guardaron. La cama nunca es una opción para los cazadores: Chiche respiraba solo cuando perseguía a la Argentina.

Chiche se cayó varias veces y jamás se derrumbó. Lo que más le importaba estaba afuera de sí mismo. Y como el peligro saca lo peor del mundo pero lo mejor de los periodistas,
llenó la angustia de la espera con novedades populares: Del retiro de Messi al cierre de los locales de calle Avellaneda.

Los últimos 45 días el cuerpo de Chiche fue un bingo llena de médicos que jugaban varios cartones a la vez, como las viudas terminales que esperan que el  bolillero frene el tiempo.

Le hicieron firmar un papel de consentimiento informado para que la muerte sea culpa suya y le dieron el alta. Volvió en silla de ruedas para contar un mundial, gritó sin voz y con el puño al aire los goles contra Inglaterra y pidió viajar a la final. Chiche quería firmar una declaración de responsabilidad y subirse a un avión para contar al lado. Chiche solo caminaba a través de sus planes, fantaseaba con muletas que el tiempo le alejaba, pero tenía todo pensado y dos valijas hechas: un pijama de verano, un par de tiradores, un coctel de pastillas para la presión y una cuarta estrella explotándole en el corazón.

La distancia entre él y la muerte siempre se midió en ideas y el riesgo existió para que él lo persiguiera. Chiche no fue solo un elogio del peligro, también fue una provocación generacional. La revancha de los viejos de la guerra del cerdo: cubrió todo mejor que los jóvenes y vivió en la sombra de lo sagrado: “no hay que tirar ni al pobre, ni al inmigrante, ni al refugiado ni a los viejos”, decía Francisco. Descartar es perder el alma y perderse una nota.

Chiche fue algo que la sociedad va a seguir pidiendo: la seguridad que dan los viejos. Recordar un desde donde para que no nos explote la bomba en la memoria. Chiche fue una certeza y la previsibilidad que la Argentina perdió.

Lo que Chiche decidió contar será para siempre el lugar desde donde eligió pelear y  un toque de queda a la lógica de los medios:

Demuestra que periodista no solo se nace, también se muere.

EN ESTA NOTA Chiche Gelblung

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