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En un sector remoto de la Cordillera del Tigre, en Mendoza, una serie de enormes estructuras de piedra comenzó a ser estudiada por arqueólogos luego de que su particular diseño pudiera distinguirse desde el espacio. El hallazgo, realizado inicialmente mediante imágenes satelitales, reúne círculos de entre 27 y 35 metros de diámetro, pasillos y sectores rectangulares que adquieren una forma completamente diferente cuando se observa el conjunto desde una perspectiva aérea.

La comparación con las Líneas de Nazca, los célebres geoglifos del sur de Perú, surge por la manera en que el diseño puede ser apreciado desde las alturas. Sin embargo, los especialistas que investigan el sitio mendocino mantienen una postura cautelosa: todavía deben determinar si se trata efectivamente de un geoglifo, cuándo fue construido y qué función tuvo.

El descubrimiento se encuentra en una etapa inicial de investigación y forma parte de ArqueoAndes, un proyecto binacional que reúne especialistas argentinos y españoles para estudiar la transformación del paisaje de la alta montaña mendocina y las distintas formas de ocupación humana a lo largo del tiempo.

Una figura gigante que apareció en las imágenes satelitales

La historia comenzó a tomar forma en mayo de 2025, cuando el andinista mendocino Carlos Gobbi detectó mediante Google Earth una serie de formas que llamaron su atención. Desde hacía casi tres décadas recorría la montaña y buscaba indicios vinculados con el patrimonio arqueológico de la región.

Gobbi había recibido referencias sobre antiguas pircas existentes en un sector de la Cordillera del Tigre y decidió revisar el área mediante imágenes satelitales. Fue entonces cuando encontró una disposición de formas geométricas que no parecía responder simplemente a la configuración natural del terreno.

“El hallazgo concretamente se genera en mayo de 2025, cuando logro localizarlo”, contó Gobbi.

La identificación desde el espacio, sin embargo, no significaba que el sitio pudiera ser visitado con facilidad. El punto se encuentra a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar, en un área de alta montaña caracterizada por su difícil acceso, la ausencia de agua en las inmediaciones y la falta de comunicación telefónica.

Carlos Gobbi logró alcanzar el sitio acompañado por Adrián Radich (azul) y Gabriel Orofino (rojo).

La primera expedición se realizó en septiembre de 2025, pero no consiguió alcanzar el objetivo. Gobbi volvió a intentarlo en noviembre y nuevamente debió abandonar el recorrido.

El acceso finalmente se concretó el 14 de febrero de 2026, cuando llegó al lugar acompañado por Adrián Radich y Gabriel Orofino. La travesía demandó casi cuatro días y permitió comprobar que aquello que se observaba desde Google Earth tenía una correspondencia concreta sobre el terreno.

Qué encontraron en plena cordillera de Mendoza

A nivel del suelo, el hallazgo no presenta la misma apariencia que en las imágenes satelitales.

Los expedicionarios encontraron pircas de piedra, pasillos y sectores excavados, además de estructuras que, al ser observadas desde arriba, adquieren una configuración geométrica de grandes dimensiones.

Algunas de las piedras se encuentran enterradas o integradas a zanjas que presentan características similares a canales o acequias. En otros sectores aparecen muros de piedra construidos sobre la superficie.

Entre las estructuras que pudieron identificar se encuentran grandes círculos conectados por pasillos, con diámetros que oscilan entre los 27 y los 35 metros.

La diferencia entre lo que se observa caminando por el lugar y lo que aparece en una imagen satelital es uno de los aspectos que despertó el interés de los investigadores.

“Cuando vi eso, fue realmente impactante”, recordó Gobbi después de llegar al sitio.

El andinista documentó el lugar mediante fotografías y posteriormente presentó el material a la arqueóloga Cristina Prieto-Olavarría, investigadora del IANIGLA-CONICET y directora del proyecto, y al arqueólogo Horacio Chiavazza, codirector de la investigación.

A partir de ese momento comenzó una nueva etapa: transformar un descubrimiento realizado mediante una aplicación de imágenes satelitales en un sitio arqueológico sujeto a investigación científica.

Por qué lo comparan con las Líneas de Nazca

La referencia a las Líneas de Nazca aparece principalmente por una característica visual: la posibilidad de reconocer el diseño del conjunto desde una perspectiva aérea.

Los geoglifos son representaciones o diseños de grandes dimensiones realizados sobre la superficie terrestre. Su escala puede hacer que la figura completa resulte difícil de identificar desde el suelo y mucho más evidente cuando se observa desde una posición elevada.

En el caso de Nazca, en Perú, se trata de enormes líneas, figuras geométricas y representaciones de animales que se extienden por el desierto. El sitio mendocino presenta una configuración diferente, basada principalmente en estructuras de piedra, círculos, corredores y sectores rectangulares.

Por eso, la comparación no implica que los investigadores hayan determinado que exista una relación entre ambos sitios.

La particularidad del descubrimiento mendocino está en que las estructuras fueron construidas de tal manera que su organización espacial adquiere un sentido diferente cuando se observa desde arriba.

Los investigadores todavía deben establecer si esa característica permite definir formalmente al conjunto como un geoglifo.

Un hallazgo inédito para la arqueología mendocina

La estructura llamó especialmente la atención de Prieto-Olavarría y Chiavazza por sus dimensiones y por la combinación de elementos arquitectónicos.

“No hay antecedentes en notas ni en publicaciones. Es un hallazgo inédito para la arqueología. No es un sitio arqueológico común, no hay otro igual en Mendoza”, explicaron los investigadores.

Arqueóloga Cristina Prieto-Olavarría, directora del proyecto y Horacio Chiavazza, arqueólogo y codirector.

El sitio tampoco presenta, al menos durante las primeras observaciones, las características habituales de un espacio destinado a una ocupación permanente.

Durante el relevamiento inicial no se encontraron en superficie restos de cerámica, alimentos o estructuras que permitan identificar una vivienda o un asentamiento estable.

Ese dato constituye uno de los elementos que deberá ser profundizado durante las próximas campañas arqueológicas.

La ubicación también resulta relevante. Se trata de un sector de acceso complejo, situado en altura y sin disponibilidad inmediata de agua. Estas condiciones hacen necesario pensar en otro tipo de utilización del espacio, aunque todavía no permiten determinar cuál fue concretamente.

La hipótesis de un espacio ceremonial

Una de las posibilidades que analizan los investigadores es que la estructura haya tenido una función ritual, ceremonial o simbólica.

La hipótesis se relaciona con la ubicación del conjunto, su arquitectura y la ausencia de evidencias visibles de una ocupación habitacional permanente.

También se analiza una posible vinculación con el período incaico, aunque los especialistas no descartan que la construcción pueda ser anterior a la expansión del Imperio Inca en esta región de los Andes.

La arqueología de Mendoza ya cuenta con antecedentes de presencia y arquitectura asociada al período incaico en sectores de la alta montaña. Investigaciones sobre sitios como el Tambo de Ranchillos, en Uspallata, han estudiado unidades arquitectónicas y estructuras vinculadas con la presencia incaica en el territorio mendocino.

Pero en el nuevo sitio todavía no existe una datación que permita establecer una cronología definitiva.

Por eso, los investigadores deberán combinar diferentes técnicas para establecer cuándo fue construido, quiénes utilizaron el espacio y qué actividades se desarrollaron allí.

“Interpretamos que no era un lugar para habitar de forma permanente”, señalaron los especialistas.

Esa interpretación es todavía una hipótesis de trabajo y será puesta a prueba mediante las próximas investigaciones de campo.

Una nueva expedición buscará respuestas

El próximo paso será una campaña arqueológica en la que participarán investigadores argentinos y españoles.

El equipo de ArqueoAndes prevé realizar un relevamiento planimétrico del sitio, prospecciones pedestres, estudios geoquímicos, trabajos con drones, técnicas de teledetección y análisis de geoarqueología.

La campaña también buscará estudiar el ambiente que rodea a la estructura.

“Vamos a poder trabajar aspectos ambientales relacionados con disponibilidad de agua, eventos climáticos y también eventos humanos”, explicaron los investigadores.

La intención no es solamente conocer las piedras y estructuras que permanecen en la montaña, sino reconstruir el contexto en el que fueron construidas y utilizadas.

Para ello, los especialistas españoles aportarán técnicas destinadas al análisis de sedimentos y restos botánicos a escala microscópica. Estos estudios pueden ayudar a reconstruir las condiciones ambientales existentes en el pasado y determinar cómo fueron modificadas por las actividades humanas.

El equipo de la Universidad de Jaén, en España, participará de esta etapa junto con los investigadores mendocinos.

Qué estudiarán los arqueólogos

La investigación buscará responder varias preguntas que todavía permanecen abiertas:

  • ¿Cuándo fue construido el complejo?
  • ¿Quiénes levantaron las estructuras?
  • ¿Por qué fueron construidos los grandes círculos?
  • ¿Qué función cumplían los pasillos?
  • ¿Por qué el conjunto adquiere una configuración particular cuando se observa desde el aire?
  • ¿Se trata efectivamente de un geoglifo?
  • ¿La estructura pertenece al período incaico o es anterior?
  • ¿Tuvo una función ceremonial o simbólica?
  • ¿Qué relación tenía con el paisaje de la Cordillera del Tigre?
  • ¿Qué condiciones ambientales existían cuando fue construido?

La respuesta a estas preguntas requerirá combinar la arqueología de campo con estudios del paisaje, análisis de sedimentos y técnicas de teledetección.

El proyecto apunta así a reconstruir no solamente la historia de una construcción, sino también la relación entre las poblaciones humanas y la alta montaña mendocina.

La investigación también estudiará el ambiente

Uno de los aspectos centrales de ArqueoAndes es que el sitio no será analizado como una estructura aislada.

La investigación busca comprender la transformación del paisaje de la alta montaña de Mendoza y la manera en que las sociedades del pasado utilizaron esos espacios.

Los estudios ambientales permitirán analizar la disponibilidad de agua, los cambios climáticos y las condiciones que pudieron haber existido durante el período en que el complejo fue construido y utilizado.

El enfoque resulta relevante porque una estructura ubicada a más de 3.000 metros de altura debe ser interpretada dentro de un ambiente que pudo haber sido diferente al actual.

De esta manera, la investigación arqueológica y la reconstrucción paleoambiental permitirán analizar en conjunto la arquitectura, el paisaje y las actividades humanas.

Un proyecto entre Mendoza y España

El descubrimiento se incorporó al proyecto ArqueoAndes, una investigación binacional que reúne al Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA-CONICET), el ámbito de arqueología y etnohistoria de la Universidad Nacional de Cuyo y el Instituto Universitario de Investigación de Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén.

La dirección está a cargo de Cristina Prieto-Olavarría y la codirección corresponde a Horacio Chiavazza.

Del lado español participan investigadores como Juan Pedro Bellón, Mario Gutiérrez, Carmen Rueda, María Isabel Moreno y Eva Montes.

El proyecto también incorpora a especialistas mendocinos y al propio Carlos Gobbi, cuyo conocimiento del terreno fue clave para acceder al sitio.

El Instituto de Arqueología y Etnología de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo registra actualmente proyectos dirigidos por Prieto-Olavarría y Chiavazza orientados al estudio de la transformación del paisaje y de las ocupaciones humanas en la alta montaña mendocina.

La importancia de preservar el sitio arqueológico

La investigación cuenta con autorización de la Dirección Provincial de Patrimonio para avanzar con los trabajos arqueológicos.

El acceso restringido y la ubicación remota del sitio constituyen, al mismo tiempo, una dificultad para los investigadores y un factor que hasta ahora pudo contribuir a conservar las estructuras.

Por ese motivo, el equipo científico plantea la necesidad de trabajar bajo protocolos de protección del patrimonio y evitar intervenciones que puedan alterar el lugar antes de conocer su importancia arqueológica.

También está previsto incorporar la mirada de las comunidades originarias de la zona de Uspallata.

Para los investigadores, el estudio del sitio no puede limitarse a una interpretación arqueológica de las piedras. El paisaje de montaña también forma parte de una relación cultural que permanece vinculada con comunidades del presente.

La participación de esas comunidades permitirá incorporar conocimientos sobre el territorio y las formas de interpretar el paisaje andino.

Una historia que comenzó con Google Earth

El recorrido hasta este descubrimiento combina tecnología satelital, conocimiento del territorio y arqueología científica.

Durante años, Carlos Gobbi buscó indicios de patrimonio en las montañas mendocinas. En 2025, una aplicación permitió observar desde el espacio una configuración que no resultaba evidente desde el terreno.

Después llegaron los intentos de ascenso, las dificultades por la falta de agua y la ausencia de comunicaciones y, finalmente, la expedición que permitió comprobar que las formas observadas desde el espacio correspondían a construcciones de piedra.

Ahora comienza una etapa diferente.

La estructura de la Cordillera del Tigre deberá ser estudiada con métodos arqueológicos para determinar si efectivamente se trata de un geoglifo ancestral, qué antigüedad tiene y qué significado tuvo para las sociedades que construyeron y utilizaron ese espacio.

Por ahora, la comparación con las Líneas de Nazca sirve para dimensionar una característica particular del descubrimiento: al igual que ocurre con los grandes geoglifos sudamericanos, hay una escala del paisaje que solo puede comprenderse plenamente desde una perspectiva aérea.

Pero la historia del sitio mendocino todavía está por escribirse.

Y será la investigación científica la que determine si aquellas enormes figuras de piedra escondidas durante siglos en la Cordillera del Tigre fueron parte de un espacio ceremonial, de una construcción vinculada con la presencia incaica, de una tradición anterior o de una forma de utilización del paisaje que todavía no ha podido ser identificada.

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