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En el barrio porteño de Belgrano, el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge García Cuerva, presidió este miércoles la misa en la parroquia Nuestra Señora de Lourdes, con motivo de la fiesta patronal y en el marco de la Jornada Mundial del Enfermo.
La celebración fue concelebrada por el párroco, presbítero Néstor De Gregorio, y por el padre Arnaud De Malartic, capellán del Hospital Pirovano.
Los fieles colmaron el templo y ante la gran concurrencia, muchos debieron seguir la celebración desde la vereda.
En su homilía, García Cuerva invitó a los fieles a “desterrar de nuestra vida la queja, la mala onda, la protesta, la crítica constante” y a recuperar la alegría. Señaló que la virgen María enseña a celebrar “más allá de las dificultades y los problemas” y propuso pedirle “la gracia de tener la capacidad de celebrar”.
Al reflexionar sobre el pasaje evangélico de las bodas de Caná, destacó que María advierte que “no tienen vino” porque, como madre, está atenta a las necesidades. Subrayó que la virgen no se queda en el diagnóstico ni en la crítica, sino que busca una solución. “La solución se llama Jesucristo”, afirmó, y explicó que así como Jesús convirtió el agua en vino, también hoy puede transformar “nuestra desesperación en esperanza, nuestra tristeza en alegría, nuestras dudas en certezas, nuestros miedos en confianza”.
“Lo que está prohibido es andar de brazos caídos y decir que nada puede cambiar”.JORGE GARCÍA CUERVA, ARZOBISPO DE BUENOS AIRES
García Cuerva alentó a no vivir anclados en la nostalgia ni pensando que “lo mejor ya pasó”, sino a mantener la esperanza de que “lo mejor está por venir”, como el vino bueno servido al final de la fiesta de Caná. Invitó a creer en “el Dios de las sorpresas” y en el Dios de los milagros.
También llamó a no quedarse inmóviles ante las dificultades: “Lo que está prohibido es andar de brazos caídos y decir que nada puede cambiar”. Afirmó que la virgen “nos pone en movimiento” y exhortó a seguir peregrinando, con los pies si la salud lo permite, o al menos con el corazón.
Por último, pidió a Nuestra Señora de Lourdes el don de la alegría, la gracia de buscar soluciones ante los problemas y la esperanza para creer que el Señor puede obrar milagros en la vida de cada persona. “Como madre no nos va a dejar nunca tirados”, aseguró, y encomendó a los fieles a su intercesión.
Al finalizar la misa, que incluyó la tradicional bendición con agua traída del santuario de Lourdes y la imposición de manos, el arzobispo acompañó la tradicional marcha de las antorchas. Con velas encendidas, los presentes rezaron el rosario en el trayecto de ida y vuelta hasta el Hospital Pirovano, ubicado a tres cuadras del templo.
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