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El inicio del juicio en el Tribunal Oral Federal de Santa Cruz en Río Gallegos volvió a poner en el centro de la escena una herida que en la Argentina sigue abierta. A más de ocho años del hundimiento del submarino ARA San Juan, los familiares de los 44 tripulantes vuelven a enfrentarse al dolor, pero también a la esperanza de que, finalmente, se conozca la verdad. Desde Salta Capital, Alicia López y Miguel Nolasco, padres del suboficial Luis Nolasco, hablaron con Radio LU12 AM680 y dejaron un mensaje atravesado por la emoción y un reclamo contundente de justicia.
“Esperábamos tan ansiosos este 3 de marzo para que empiece el juicio”, expresó Alicia al comenzar la entrevista, marcando el clima que atraviesa a las familias. La expectativa, explicó, es grande, no sólo por el proceso judicial en sí, sino porque representa la posibilidad de obtener respuestas tras años de incertidumbre. “La pregunta que nos hacemos y nos hacíamos es qué pasó. Hasta que alguno diga la verdad y que se sepa la verdad, y que sea justicia”, sostuvo.
Luis tenía 30 años cuando el ARA San Juan perdió contacto el 15 de noviembre de 2017. Era el único de sus cuatro hijos que había elegido la carrera en la Armada. “El primer año intentó y no pudo rendir bien por la psicología. El segundo año rindió bien y se fue”, recordó su madre. Estudió en Puerto Belgrano, fue destinado a Punta Alta y luego a Mar del Plata, donde decidió rendir para ingresar al curso de submarinista. “Nosotros le dijimos: ‘Hijo, ¿cómo vas a hacer eso?’ Porque nos imaginábamos algo tan difícil. Pero él dijo: ‘Voy a intentar, si llego, llego’. Y rindió bien. Estábamos tan contentos de que nuestro hijo haya rendido bien para ser submarinista”, relató con orgullo.
Luis formó su familia en Miramar y mantenía un contacto permanente con sus padres en Salta. El último llamado fue el 8 de noviembre, antes de zarpar desde Ushuaia. “Me llamó primero a mí, después a su hermana y a su papá. Siempre en contacto, llamadas, mensajes, videollamadas. Siempre estábamos pendientes él de nosotros y nosotros de él”, recordó Alicia.
Ese viaje tenía un sentido especial. “Él decía: ‘Bueno mamá, nos vamos a navegar con esta navegación, vamos a ganar unos pesitos más, y con eso quiero venir a Salta y terminar lo que dejé’. Él era electricista y había empezado una ampliación en casa. ‘No quiero que venga ningún electricista, yo quiero terminar lo que empecé’, me decía”. La obra quedó inconclusa, como tantas otras cosas.
Cuando la noticia del submarino sin contacto llegó, fue otro de sus hijos, gendarme en Buenos Aires, quien los llamó cerca de la medianoche. Al principio, la palabra “pérdida de contacto” no dimensionaba la tragedia. “Uno no se imagina cómo es el mar, el submarino. Pensábamos que en algún momento iban a retomar el contacto y llegar a Mar del Plata”, contó Alicia. Esa esperanza se fue diluyendo con el paso de los días.
El reclamo de justicia se sostiene en una convicción profunda. Miguel fue directo: “Estamos esperando que esto sirva para demostrar a la gente que se sepa la verdad y se haga justicia. Ya son ocho años. Mi hijo no fue a una guerra. Fue a un patrullaje que querían hacer”. Y agregó una frase que sintetiza el malestar acumulado: “El submarino estaba ya en malas condiciones desde hace mucho tiempo. ¿Cómo puede ser que una manguera hidráulica esté atada con alambre?”.
Alicia también apuntó a lo que considera una falta de respuesta adecuada desde la base. “Para mí, los abandonaron. No brindaron el auxilio como tendrían que haber brindado”, afirmó. Para la familia, las responsabilidades podrían ir más allá de los acusados actuales. “Pienso que sí, que hay más responsables”, dijo.
En paralelo al proceso judicial, la memoria se construye desde abajo, con esfuerzo familiar. En el barrio Limache, en Salta, levantaron un mural para recordar a Luis y a sus compañeros. “Es el único mural acá en Salta Capital. Todo nace de nosotros, de la familia. Si no hacemos nada, ellos van a ser olvidados”, sostuvo Alicia. Cada 15 de noviembre organizan un homenaje y gestionan actos para mantener viva la memoria de los 44. “Ellos no salieron a pasear, salieron a navegar a cuidar el mar”, remarcó.
Miguel, jardinero desde hace tres décadas tras haber quedado sin trabajo con la privatización del ferrocarril en los años noventa, habla desde una vida de esfuerzo. “Somos una familia de laburantes”, dijo. Esa identidad atraviesa también el relato de Luis, un joven que eligió una carrera exigente convencido de que era su camino. “Nosotros les decíamos que tenían que elegir una carrera. Mientras estemos, los vamos a acompañar”, contó.
El juicio, que se extenderá hasta el 8 de julio, será largo y cargado de testimonios. Las familias siguen cada jornada a través de sus abogados. “Nos queda un montón por delante. Falta mucho”, admitió Alicia. Pero el objetivo es claro: “Que se haga justicia y que se sepa la verdad”.
En un país acostumbrado a las heridas abiertas, el caso del ARA San Juan es una de esas historias que interpelan a todos. No sólo por el dolor de 44 familias, sino por lo que significa en términos de responsabilidades institucionales. Como dijo Alicia, “ellos tienen que seguir en cada memoria de cada argentino”. El juicio recién empieza. Para las familias, la esperanza es que esta vez el final sea, al menos, un poco más justo.
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