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Por Ismael Tebes, especial para La Opinión Austral
El excampeón del mundo de los medianos en la versión de la Asociación Mundial de Boxeo empezó a ser una leyenda por ser el peleador más audaz y la lengua más filosa de la Patagonia y alrededores.
Un ejemplo de los extremos, un canchero, pero siempre un buen tipo. Desde pibe, nunca la tuvo fácil y solía caminar la calle bien lejos de la escuela. Tenía solamente quince años cuando debutó a “escondidas” de su madre; con un permiso firmado por una vecina y la “caradurez” de un veterano. Empató con Daniel “Trompa“ Arce -también desaparecido este año- y nunca más dejó los guantes. Trabajó en el campo, vendió diarios, fue lustrabotas, mecánico y se le animó a todas las changas posibles.
Vivía en una pieza de chapa, pintada con los colores de Boca, en los fondos de la casa familiar. Pero no solía pasar muchas horas ahí y creció rápido en todos los sentidos, demasiado rápido.
Con su fama de boxeador en ascenso, comenzó a ganar dinero, mucho más que los profesionales que actuaban en la época y su sola convocatoria era una buen excusa para adquirir la entrada. Es que el nocaut siempre parecía asegurado.
Su carrera fue un carrousel de trompadas. Pelea de viernes a domingo, con algunos jueves incluidos, en los distintos pueblos de la región y ante todo tipo de rivales: hasta muchos de sus amigos boxindangas solían sufrir el rigor de sus puños cuando faltaba el oponente de ocasión.
Nadie podía negarse a “tapar” ese bache porque la recompensa económica lo valía, pero en especial porque la negativa era un ticket gratuito para una paliza posterior en el ring. Y Castro se encarga personalmente de medir así la “lealtad” de quienes solían acompañarlo. Y no había que tenerle miedo a las circunstancias.
En el gimnasio municipal construyó su base promocional de la mano del promotor Rafael Martínez, quien instaló al caletense como una figura siempre excluyente en cada cartelera. Noqueaba y despachaba oponentes con facilidad y a los sobrevivientes solía preservarlos para una revancha por doble bolsa, pero con resultado previsible. En la lista había guapos ocasionales; personajes que no eran boxeadores, pero que encontraban adrenalina y amigos que siempre solían cubrirle las espaldas con lo que fuera.
Siempre consiguió peleas para sus amigos en las preliminares, con la única condición de no preguntar sobre el rival a enfrentar. Esto era considerado un gesto de cobardía imperdonable.
El día no existía y la noche se hacía interminable. Ni hacía falta entrenar. ¿Para qué sirven los manuales? Jamás se “bajó” del personaje. Ni siquiera cuando peleó con Terry Norris en París padeciendo una infección, débil como un papel, o como cuando descendió del avión, desfigurado y con un sombrero de cowboy después de aquella epopeya de “La Mano de Dios” ante John David Jackson en Monterrey. La caravana arrancó en el aeropuerto y siguió por Ruta N° 3 hasta Caleta, mientras Castro no podía siquiera sonreír, lleno de puntos de sutura y con los ojos achinados por la inflamación.
Le ganó el duelo verbal a otro eterno bocón como el panameño Roberto “Mano de Piedra“ Durán y puso a cada uno en su lugar en el debido momento. Fue irrespetuoso, les ganó a los libros y se convirtió en una causa perdida para los preparadores físicos. Aun así, terminó convirtiéndose en uno de los últimos ídolos del boxeo argentino, noqueando en el rincón pedido por los fotógrafos y pintándose el pelo de múltiples colores. En el Luna Park o en donde fuera. Detrás del “duro” había un tipo querible, algo desconfiado, pero siempre leal, que amaba a Myrta, a su mamá y a sus hijos, los mismos que reconoció como producto de numerosas relaciones. Y que humorísticamente decía haber engendrado “con la misma… Pero con distintas mujeres”.
Difícil de aguantar en el ring y casi en la misma proporción abajo, comprando una vida a toda velocidad, bien al límite. Autos, motos, accidentes, palos y muerte, incluyendo un choque que casi se lo lleva puesto y que le provocó un flash en aquel oscuro 2005 donde dijo haber “nacido de nuevo”.
Había nacido el 18 de agosto de 1967 en Caleta Olivia, Santa Cruz, y construyó una de las carreras más extensas y exitosas del boxeo argentino. Transpiró y sufrió para llegar a la cima. Disputó 144 peleas profesionales, con 130 triunfos, 90 de ellos por nocaut, además de 11 derrotas y tres empates.
Gracias a una meticulosa recorrida por su trayectoria amateur, sin datos oficiales, elaborada por el estadista Ramón Jofré y que forma parte del libro “Plata o mierda” de Sebastián Contursi, el único libro editado sobre el “Roña”, se tiene una aproximación de sus números como aficionado.
Según este registro, que no refleja una cantidad real, sino un aproximado por falta de registros fehacientes, da cuenta de 128 combates, de los que habría ganado 118 (87 por la vía rápida), con 2 derrotas y 8 empates.
De hecho, igualó sus primeras cuatro ante Daniel Arce y el comodorense José Vera en tres ocasiones. En el plano amateur pelearon con Castro, entre otros, el cubano Carlos García, el brasileño Antonio Madureira (uno de sus vencedores), además de Roberto Jaramillo, Orlando Castro, Danniel Sclarandi, Robinson Zamora, Rubén Rolando, el chileno Abdenago Jofré, Roberto “Itaka“ Martínez, Oscar Ponce, Roberto Manquemilla, Aníbal González, Orlando Barrionuevo, Mario Mesa Moscoso, su amigo Leopoldo Valdivia y otro de sus vencedores, Raúl Machado.
Su top consagratorio llegó el 12 de agosto de 1994, cuando conquistó el título mundial mediano de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) al derrotar a Reggie Johnson en el Club Defensores de Villa Luján en San Miguel de Tucumán. Sin embargo, su nombre quedó grabado para siempre en la historia del deporte por una pelea inolvidable disputada el 10 de diciembre de ese mismo año en Monterrey, México en su segunda defensa. Aquella noche, Castro defendía su cinturón frente al estadounidense John David Jackson y parecía encaminado a una derrota segura. Castigado durante gran parte del combate, estaba al borde del nocaut. Pero en el noveno asalto expuso debilidad y su rival cayó en la trampa: ahí conectó una izquierda demoledora al mentón de su rival que cambió por completo la historia de la pelea. Luego de dos caídas más de Jackson, el árbitro detuvo el combate y decretó la victoria del argentino por nocaut. El propio Castro bautizó ese golpe como “La mano de Dios“, en homenaje a Diego Maradona.
Había permanecido invicto durante sus primeros 37 combates cuando Lorenzo García lo despojó de esta condición y fue una de las figuras de la reapertura del boxeo en el Luna Park en 1989. Allí, en otra de sus tantas noches consagratorias, le ganó al salteño Miguel “Puma” Arroyo el 2 de diciembre de 1989. Desembarcó en París el 13 de diciembre del 91, cuando no pudo con el estadounidense Terry Norris en su primer intento mundialista, pero conquistó su primer ansiado cinturón en 1994 frente a Reggie Johnson en el Defensores de Villa Luján, en San Miguel de Tucumán. Expuso con un complejo repleto ante Alex Ramos, John David Jackson, Anthony Andrews y Reggie Johnson, en su única defensa en Comodoro Rivadavia. Tras recuperarse de un gancho al hígado, perdió el título mundial en 1995 ante el japonés Shinji Takehara. Encuadrado en el peso crucero, intentó coronarse como primero por el Consejo Mundial, perdiendo en Alemania con el cubano Juan Carlos Gómez; luego por la FIB, ante el ruso Vassiliy Jirov en Phoenix, California, y finalmente por la Organización Internacional de Boxeo PP12 ante Sebastiaan Rothmann en Carnival City, Sudáfrica. Sus últimas dos peleas fueron ante el mismo rival: el colombiano José Luis Herrera. El 22 de abril de 2006 perdió por nocaut en el cuarto round en el Luna Park, pero se desquitó en Mar del Plata, el 27 de enero de 2007, venciendo por nocaut técnico en dos. Será irrepetible. Será inolvidable. Será siempre el “Roña“.
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