La misión Artemis II de la NASA transita su fase decisiva con el retorno a la Tierra de la nave Orion. Se trata del tramo más delicado de toda la expedición, donde la precisión técnica, la resistencia de los materiales y la preparación de la tripulación quedan bajo presión en cuestión de minutos.
El amerizaje ocurre frente a la costa de California, en una maniobra que concentra los mayores riesgos del viaje. A bordo de Orion, la tensión crece. El astronauta Victor Glover resumió la experiencia con una frase contundente: el reingreso es como “montar una bola de fuego a través de la atmósfera”.
Desde su selección para la misión, este instante ocupa un lugar central en su mente. No es para menos: la cápsula pasa de velocidades superiores a 40.000 km/h a un descenso controlado en el océano en muy poco tiempo. Durante ese trayecto, la tripulación enfrenta una combinación de exigencia física, presión psicológica y dependencia absoluta de los sistemas automatizados diseñados por la NASA.
En este contexto, el reingreso concentra varios factores críticos: el estrés térmico extremo y las intensas fuerzas G, el apagón total de comunicaciones durante varios minutos, la incertidumbre en la fase final antes del amerizaje y la necesidad de una coordinación precisa con los equipos en Tierra. En paralelo, cada paso previo al descenso resulta clave para garantizar que la maniobra se concrete sin margen de error.
Las horas previas al reingreso estuvieron atravesadas por una rutina estricta. La tripulación ensayó procedimientos, revisó cada sistema y ejecutó maniobras determinantes para el éxito de la operación.
Una de las más relevantes fue la corrección de trayectoria mediante encendidos de motores, que permitió ajustar el ángulo de ingreso a la atmósfera. También ocurrió la separación del módulo de servicio, una estructura clave durante el viaje que se desintegró al entrar en la atmósfera terrestre.
El día anterior, los astronautas orientaron la nave para optimizar la energía solar y realizaron una última revisión integral. Cada paso se planificó para reducir fallas en una instancia sin margen de improvisación.
Reingreso a la atmósfera: calor extremo y seis minutos de silencio
El momento del reingreso comenzó a unos 121.920 metros de altura. En ese punto, Orion ingresó en la atmósfera a velocidad hipersónica, generando una fricción capaz de elevar la temperatura hasta los 2.760 °C.
Apenas segundos después, la cápsula quedó envuelta en plasma, lo que provocó una interrupción total de las comunicaciones con la Tierra durante aproximadamente seis minutos. Este “apagón” representó uno de los momentos más delicados, ya que todo dependía del funcionamiento autónomo de la nave.
El escudo térmico, el más grande construido para una cápsula espacial, cumplió un rol fundamental al proteger a la tripulación del calor extremo. Una vez superada esta fase, la nave inició una rápida desaceleración antes del despliegue de los paracaídas, que redujeron la velocidad hasta permitir un amerizaje controlado frente a la costa de California.
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