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Nació en Río Gallegos hace 28 años, pero su historia se escribió entre mudanzas, calles patagónicas y paredes intervenidas. Alan Robert Jones Williams —con raíces galesas y espíritu inquieto— se definió como artista plástico, pintor y gestor cultural. Su camino comenzó lejos de academias tradicionales: “Estudié en la calle a las piñas y las patadas”, dijo entre risas, al resumir una formación marcada por el graffiti, la observación y el aprendizaje colectivo.

Vivió apenas un año en la capital santacruceña. Luego su familia se trasladó a Caleta Olivia, pasó por Buenos Aires, Pico Truncado y volvió a la zona norte. Su padre es ingeniero en seguridad e higiene; su madre, diseñadora y costurera. Ninguno venía del mundo del arte, pero Alan sostuvo que el impulso creativo apareció desde muy chico. Su primera obra firmada data de octubre de 2005: tenía apenas ocho años.

A los 15 o 16 años empezó a pintar cuadros.

La escuela del graffiti y la calle

Su formación estuvo atravesada por la cultura urbana. Con un amigo del barrio comenzó dibujando, hasta que a los 12 años descubrió el graffiti. “En la calle aprendías mirando, compartiendo técnicas, entendiendo el trazo. No existían tutoriales. Era estar ahí”, recordó.

El debate sobre el graffiti —¿arte o vandalismo?— fue parte de su crecimiento. Reconoció que tomó decisiones que lo llevaron a situaciones incómodas con la autoridad, pero con el tiempo entendió que debía ampliar su horizonte creativo. A los 15 o 16 años empezó a pintar cuadros.

A los 23 abrió su propia galería de arte junto a su entonces manager. Desde allí envió obras a distintos puntos del mundo: Londres, Canadá, Israel y Corea del Sur, entre otros destinos.

Un cuadro para Javier Milei

La entrega se produjo durante la campaña presidencial, a través de referentes libertarios de Puerto Madryn, amigos personales de Alan. La obra fue acompañada por su certificado de autenticidad. “Es un lindo recuerdo”, expresó.

Una de sus obras llegó incluso al presidente Javier Milei. Se trató de un cuadro protagonizado por un pato en un barrio, esperando un taxi, con referencias simbólicas a calles llamadas “Viento” y “Frío” escritas en galés. El propio artista aparece al fondo, cruzando la avenida.

La entrega se produjo durante la campaña presidencial, a través de referentes libertarios de Puerto Madryn, amigos personales de Alan. La obra fue acompañada por su certificado de autenticidad. “Es un lindo recuerdo”, expresó.

Pero el reconocimiento político no fue su único alcance internacional. Una de sus piezas llegó a manos de un integrante de la fuerza aérea estadounidense destinado en Corea del Sur. Otra fue adquirida por alguien vinculado al Parlamento de Gales, conectando así su identidad artística con su linaje.

“Guardianes de la Eternidad” de Alan Williams.

Identidad galesa y Patagonia salvaje

Descendiente de colonos galeses llegados a Chubut en 1865, Alan incorporó esa historia a su narrativa visual. La épica de la colonización, la hostilidad del clima patagónico y la crudeza del paisaje aparecen en sus trazos intensos, muchas veces salvajes, cargados de tensión.

Reconoció influencias del artista patagónico Carlos Regazzoni, cuyos imponentes murales sobre la Ruta 3 marcaron su infancia. También mencionó lecturas técnicas de Andrew Loomis, recomendadas en su juventud, que le permitieron perfeccionar perspectiva, anatomía y composición.

Pero su recorrido no estuvo exento de excesos ni contradicciones. En ese proceso valoró especialmente la figura de Pablo Sotomayor, quien lo alentó a canalizar su talento hacia muestras solidarias que permitieran generar donaciones y ayuda concreta para personas vulnerables. “El arte también puede producir cambios tangibles”, sostuvo.

 

“Contemplación”, una de sus intervenciones en la localidad que se desarrolla en uno de los laterales del antiguo edificio municipal donde décadas atrás funcionaba el matadero municipal.

Guardianes de la Eternidad en Las Heras

Su llegada a Las Heras se produjo a partir de una invitación del área de Cultura municipal. El proyecto presentado se tituló “Guardianes de la Eternidad” y contempló la pintura de zorros patagónicos sobre un paisaje regional, con iluminación azul nocturna para resaltar los tonos naranjas fluorescentes.

En diálogo con La Opinión Austral, el artista explicó que una de sus intervenciones en la localidad se desarrolla en uno de los laterales del antiguo edificio municipal donde décadas atrás funcionaba el matadero municipal. Allí trabaja sobre la obra del hombre sentado frente a un caballete, una pieza que aún se encuentra en proceso.

Sobre esa imagen señaló que se trata de una obra introspectiva. La figura transmite contemplación y pausa. No busca imponerse visualmente desde el impacto, sino invitar a quien la observe a detenerse. “No siempre el mejor lugar es el más visible”, explicó.

Para Alan Williams, ser artista no fue un hobby ni una etiqueta ligera. Lo definió como disciplina, constancia y búsqueda económica sostenible. “No es solo decir que sos artista. Es trabajar todos los días y encontrar qué querés comunicar”.

En paralelo, avanza con la etapa de limpieza y retiro de pintura deteriorada en el tanque ubicado en la zona de la Laguna de los Patos, uno de los espacios más elegidos por los vecinos para caminar y realizar actividad física. Una vez concluida esa preparación, proyecta plasmar allí “Guardianes de la Eternidad”, intervención que demandará aproximadamente dos semanas de trabajo hasta quedar finalizada.

También trabajó en un mural denominado “Contemplación”, ubicado en un espacio lateral, casi discreto, pensado para ser descubierto más que exhibido. “No siempre el mejor lugar es el más visible”, explicó.

Su mensaje osciló entre lo poético y lo crudo. No siempre buscó lo “lindo”. A veces eligió lo incómodo, lo trash, lo polémico, con la intención de provocar reflexión.

El arte como disciplina y modo de vida

Para Alan Williams, ser artista no fue un hobby ni una etiqueta ligera. Lo definió como disciplina, constancia y búsqueda económica sostenible. “No es solo decir que sos artista. Es trabajar todos los días y encontrar qué querés comunicar”, afirmó.

Su mensaje osciló entre lo poético y lo crudo. No siempre buscó lo “lindo”. A veces eligió lo incómodo, lo trash, lo polémico, con la intención de provocar reflexión. Como en las cuevas de las manos —dijo— el ser humano sigue expresando: “Yo estoy acá”.

Hoy divide su tiempo entre Caleta Olivia, la casa familiar y su propiedad en Puerto Madryn, donde proyecta un nuevo atelier. Mientras tanto, continúa pintando, gestionando cultura y dejando huella en cada ciudad que recorre.

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