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En el marco de la vigilia por el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, uno de los momentos más significativos en la localidad de Las Heras fue el testimonio de Carlos Ferreira, excombatiente que a más de cuatro décadas del conflicto volvió a poner en palabras su experiencia.
Nacido en Sarmiento, Ferreira fue incorporado al servicio militar obligatorio sin saber que su destino lo llevaría a la guerra. “Nosotros hicimos la colimba como cualquier soldado, no teníamos idea de lo que iba a pasar. Recién en Río Grande nos avisaron que habían tomado las Malvinas y que teníamos que ir”, recordó en diálogo con La Opinión Austral.
Su arribo a las islas se concretó en los primeros días de abril de 1982. Tenía apenas 19 años. “Pensábamos que no iba a pasar nada, que los ingleses no iban a venir. Pero el 1 de mayo empezaron los bombardeos y ahí nos dimos cuenta de que estábamos en guerra”, relató.
Lejos de describir el miedo como una constante, Ferreira explicó que el sentimiento predominante era otro. “Uno sabía que tenía que defender la patria. La instrucción te prepara para eso. Por momentos había incertidumbre, pero también tranquilidad en el sentido de saber qué tenías que hacer”, sostuvo.
El combate, sin embargo, dejó marcas imborrables. “Veíamos las municiones como si fueran lucecitas, pero cuando caían cerca sentías el impacto. Ahí tomabas dimensión de lo que estaba pasando”, explicó sobre los enfrentamientos.
El 14 de junio marcó un antes y un después. “Nosotros no sabíamos que se habían rendido. Nos hicieron movernos de posición y cuando llegamos a la ruta principal vimos a todos los soldados formados. Ahí nos enteramos”, contó.
Ese momento, asegura, fue el más difícil de todos. “Es lo más feo. Ver la bandera inglesa en lugar de la tuya, después de haber estado en combate, es algo que no se olvida”, expresó.
Tras la rendición, Ferreira permaneció como prisionero de guerra durante varios días. “Dormíamos en el piso, con frío, con poca comida. A veces comíamos cuando encontrábamos algo. Fueron días duros”, relató.
A pesar del paso del tiempo, la memoria sigue intacta. Y su historia no sólo se reconstruye en su propia voz, sino también en la de su familia.
Su hija, Mayra Ferreira, expresó el orgullo que siente al escucharlo. “Cada vez que lo escucho me emociona. Me siento muy orgullosa de él, de lo que vivió y de que hoy lo pueda contar”, dijo.
Por su parte, su esposa, Ana, con quien comparte más de tres décadas de vida, destacó el camino recorrido. “Es un orgullo. Fue difícil, como todo, pero hoy somos una familia y estamos bien. Él es un gran compañero y un gran padre”, señaló.
A 44 años de la guerra, el testimonio de Carlos Ferreira vuelve a poner en primer plano una historia que sigue viva en la memoria de quienes la atravesaron y de quienes hoy la escuchan.
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