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Murió José Totino Caloa, antiguo poblador y pionero del servicio funerario en Las Heras. Tenía 82 años y falleció este martes, luego de atravesar una enfermedad terminal sobre la que, según había contado a este medio, decidió no someterse a tratamiento. En los últimos días permanecía sedado, a la espera de un desenlace que finalmente se produjo en las últimas horas, tal como confirmó al diario su hija Roxana Totino.

Un día habíamos salido, desde FM Las Hreas, la radio del Grupo La Opinión Austral,  a buscar una historia, la de un hombre, la de José Totino Caloa, para rescatar la memoria viva de un pueblo y que no se pierda la historia de alguien que vio crecer a Las Heras desde adentro, que llegó cuando la localidad era apenas un puñado de calles de tierra, que trabajó toda la vida, que fundó un servicio que acompañó a generaciones enteras y que, con su recorrido personal, ayudaba a contar también la historia de la comunidad. Así ingresamos a su casa y, hoy, tras su muerte confirmada al diario por su hija Roxana Totino, recuperamos ese material de nuestro archivo para que su historia deje de ser un recuerdo personal y pase a ser parte de la memoria colectiva.

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José Totino, junto a uno de sus nietos. Una escena familiar que refleja el vínculo cercano y el afecto que lo rodeaba.

La charla fue larga y sin apuro. José no necesitaba ordenar demasiado para empezar: “Yo nací en Puerto Deseado, el 16 de agosto del ’43”, dijo, y desde ahí fue hilando una vida que, sin proponérselo, se confundía con la de muchos. Hijo de inmigrantes italianos, su padre había llegado desde Calabria en la década del veinte, primero a Buenos Aires y luego al sur, donde encontró trabajo y formó su familia. “Arrancó de abajo”, repetía, y en esa frase había algo más que un dato: una forma de entender el mundo.

Entre esos recuerdos, aparecía una escena que lo definía. “Mi viejo ganó la lotería… y le dio la plata a un amigo para arreglar los motores de la usina”, contó. El pueblo estaba a oscuras. Para él, esa decisión explicaba todo lo demás.

José Totino Caloa junto a su familia, acompañado por su esposa y sus hijos, en un encuentro íntimo que refleja su vida rodeado de afectos.

En 1951, cuando tenía apenas siete años, su vida cambió de paisaje. “El 16 fue mi cumpleaños y el 19 ya estábamos viajando para Las Heras”, recordó. Su madre le había preparado una torta y un chocolate antes de salir. Al día siguiente, el camión, el polvo, el viaje. El destino, un pueblo chico, todavía en formación. “Mil y pico de habitantes, calles de tierra, faroles”, describió. Ese fue el lugar donde creció y donde decidió quedarse.

No siguió estudiando. Eligió trabajar. “Le dije a mi viejo: quiero trabajar con vos”, contó. Y trabajó. Desde muy joven manejó camiones, hizo viajes largos por rutas de ripio, llevó mercadería cuando los tiempos eran otros y cada traslado implicaba horas y, muchas veces, días enteros. La logística de entonces era una cadena de esfuerzos: cargar, viajar, descargar, volver a cargar.

También fue parte de una etapa que hoy casi no se nombra, pero que fue clave para la economía regional. “Traíamos zinc, plomo… todo a mano, bolsas de 50 kilos”, explicó. El recorrido era largo: camión hasta el punto de acopio, tren hacia Puerto Deseado y, desde allí, barco. Un circuito que mezclaba distancias, climas y trabajo físico. “Era duro, pero era lo que había”, dijo.

José Totino Caloa junto a Néstor Kirchner, en una de las visitas que el dirigente santacruceño realizaba a su casa.

En medio de ese ritmo apareció Kika, su compañera de toda la vida. “La conocí en el hotel, me invitó un café con leche y no me fui más”, recordó. Diez años de noviazgo y más de cinco décadas de matrimonio. Hijos, nietos, bisnietos. “Me salieron buenos hijos”, resumió, sin grandilocuencias.

La funeraria llegó después, casi sin buscarla. “Me llegó”, dijo. Cuando murió el dueño del servicio, le propusieron continuar. Dudó, pero aceptó. Y ese oficio, que muchos evitarían, se convirtió en su lugar en la comunidad. “Esto no es vender caramelos, acá hay que tener respeto”, repetía. No era una frase: era una forma de trabajo.

Durante más de cuarenta años estuvo presente en velatorios y despedidas. “Estuve en todos los velorios”, dijo, y en una localidad como Las Heras esa afirmación no suena exagerada. Su nombre quedó inevitablemente ligado a ese momento que atraviesa a todos. Sin exposición, sin discursos, con una presencia constante.

José Totino Caloa en una imagen de sus años de actividad, cuando impulsaba su candidatura a intendente de la localidad.

Con el tiempo, la empresa creció junto con el pueblo. A medida que la localidad se expandía, también lo hacía la demanda. “Quería hacer otra sala, porque a veces no alcanzaba”, comentó. Era un proyecto en marcha, una idea de continuidad que ahora quedará en manos de su familia.

También tuvo un paso por la política. Fue candidato a intendente en una época distinta, cuando los vínculos eran más cercanos y la discusión pasaba por otros lugares. En esos años, según recordó, Néstor Kirchner llegaba a su casa a tomar café y a charlar. No lo contaba como una anécdota de poder, sino como parte de una relación cotidiana.

José Totino Caloa junto a sus hijos, hijas, nietos y bisnietos durante el descubrimiento de una placa en su homenaje, en el aniversario de la funeraria que fundó y sostuvo durante más de cuatro décadas en Las Heras.

Pero su identidad no estuvo ahí, la fue construyendo con  trabajo, con la familia, en ese rol silencioso que lo mantuvo durante décadas en el mismo punto, acompañando a otros, y así quedando ligado a la historia de Las Heras.

En su casa, en esa charla que hoy vuelve a tener sentido, José no buscó explicar nada. Contó lo que hizo, lo que vivió, lo que fue. Y alcanzó. Sus restos serán velados en la cochería de su propiedad y recibirán cristiana sepultura este miércoles.

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