La gélida noche del jueves en Río Gallegos se vio fracturada por el estruendo del metal contra el metal. En las inmediaciones de la Avenida Circunvalación y la calle 60, un sector largamente cuestionado por su precaria infraestructura, la desidia al volante y el presunto estado de ebriedad desataron un brutal choque que pudo haber terminado en una tragedia irreparable.
Sin embargo, antes de que el destello de las sirenas policiales y los camiones de bomberos iluminaran la escena para las diligencias de rigor, fue el puro instinto humano el que marcó la diferencia.
Este domingo, el equipo de La Opinión Austral fue recibido por Carlos Gómez y Asunción López, el matrimonio del barrio 22 de Septiembre que no dudó en arrojarse al peligro para auxiliar a las víctimas, entre las que se encontraba la familia del juez de El Calafate Carlos Albarracín. Si bien el magistrado hizo público su agradecimiento a través de colegas de Ahora Calafate, la crudeza y el heroísmo de aquellos minutos iniciales merecían ser contados por sus verdaderos protagonistas.
Lo previo al brutal choque
La noche comenzó con la cotidianidad propia de una familia numerosa santacruceña. “Nos estabamos preparando para ir a buscar a mi hija que hace gimnasia artística en un club acá en Río Gallegos”, rememoró Asunción, trazando la cronología de los hechos.
“Cuando salimos en la ruta, bueno, nos pareció raro ver un bulto en la ruta y después vimos el fuego y escuchamos el grito de auxilio de una mujer. Así que yo lo que primero pensé es preguntar si había niños. Creo que más es como un instinto maternal también. Me emocionó mucho porque el nene estaba muy asustado y tenía mucha confianza conmigo porque también le transmitía eso, que esté tranquilo, y también la nena que me decía que no le suelte la mano”, dijo en relación a Gerónimo y Martina Albarracín, los hijos del magistrado.
En medio del caos, la escena requería una contención extrema. Los menores involucrados viajaban distribuidos en el rodado siniestrado. “El nene estaba atrás y la nena estaba con la mamá adelante cuando llegamos”, explicó Asunción con voz pausada, reviviendo el trauma de los infantes.
“Después trataba de entablar una conversación con el nene para alejarlo un poco de la situación ahí. Le pregunté si estaba bien, si le dolía algo, lo puse en el auto nuestro y lo envolví con la campera de mi marido porque tenía mucho frío o no sé si temblaba por la situación misma. Hablamos un rato, me demostró que se le había roto sus anteojos así que estuvimos arreglando sus anteojitos y me contó que tenía 6 años. Me dijo su nombre, Gerónimo, así que no me olvido de Gerónimo”.
La asistencia fundamental
Mientras Asunción contenía a la familia en shock, Carlos se enfrentaba a una carrera contra el fuego y el reloj en el otro vehículo involucrado. Su formación y temple fueron determinantes. “Similar a lo que dijo mi esposa, era salir y ver un montículo de algo oscuro que, justamente en esa intersección, en realidad casi toda la Circunvalación, no hay una muy buena iluminación“, describió Carlos, apuntando a una de las problemáticas crónicas de la zona. “Me llamó la atención que había una sombra muy anormal y se prendía fuego en una de las partes. No entendía bien qué era hasta que nos acercamos un poco más, puse balizas y crucé el auto como para que otros me puedan llegar a ver”.
Las pericias viales posteriores confirmarían la magnitud del impacto, pero en ese momento todo era adrenalina pura. “Según el relato de mi señora, si yo hubiera visto todo eso no sé cómo actuaría, pero como somos de familia numerosa y al ver a los chicos a veces te impactan así cuando ves esas cosas, me dirigí más por el tema de mi trabajo y todas esas cosas. Creo que nos dividimos, ella quedó con la señora y los chicos y yo me fui con los otros dos chicos que estaban en el otro auto, porque estaban inconscientes y se estaba prendiendo fuego”.
La acción de rescate se tornó frenética. “No sé de dónde ella sacó un matafuego, me lo tiró y fue todo muy rápido”, continuó Carlos sobre la vital intervención de su esposa. “Costó un poco pero abrí la puerta del chofer y lo pude arrastrar al hombre unos 3, 4 metros hacia la izquierda del auto, me di cuenta que había un acompañante e hice lo mismo. Ya para eso vino una camioneta blanca, se bajó alguien, me ayudó a abrir la puerta del acompañante del cual tuvimos que romper el vidrio para poder sacarlo por la ventanilla al otro. Todo el tiempo los dos inconscientes“.
El estado de los ocupantes del vehículo oscuro generaba extrema preocupación por su integridad física. “Los dos inconscientes, los dos se despertaron una vez que lo bajamos en el piso. Estaban inconscientes. Por decirlo de alguna forma, porque se lastimaron mucho, se rompieron todo”.
La perspectiva de Carlos como padre tiñó su relato de una empatía palpable, imposible de disociar de su accionar. “Tenemos seis hijos por eso, sería un poco no sé cómo iba a actuar si es que veía a esa criatura o algo así. Después sí lo vi en el auto y entendí más o menos lo que ella me explicó, pero es feo ver a una mamá así y con los chicos. Además, mi hija tiene 13 años, esa nena tiene 11 y el chico con 6, que no sabían dónde estaban y todas esas cosas”.
Las repercusiones de su intervención
El agradecimiento público del juez Albarracín resonó en los medios de la provincia, pero para la pareja, actuar no fue una cuestión de identidades, sino de profunda humanidad anclada en su propia historia de resiliencia. “No tuvimos oportunidad de hablar, tampoco buscamos nada de prensa. No sabíamos de quién se trataba, era ayudar”, sentenció Carlos con firmeza afirmando que desconocía que la familia víctima era de un magistrado.
“Era un auxilio que dimos así porque nos encantaría a nosotros que si en algún momento llegase a pasar algo así. Fueron muy solidarios los vecinos de Río Gallegos con nosotros cuando en una oportunidad se nos quemó la casa, tuvimos esos problemitas y se portaron muy bien con nosotros. Entonces cada vez que podemos y más en esta ocasión, autos atrapados sin poder abrir las puertas y pidiendo socorro quien no podía. Fuimos nosotros, yo sé que si hubiera sido otra persona también hubiera podido hecho lo mismo”, indicó sobre un siniestro que los dejó con lo puesto en el año 2022.
Ese pasado trágico que los atravesó hace años cimentó en ellos una inquebrantable deuda de gratitud con la comunidad. “Los vecinos de Río Gallegos son muy solidarios”, enfatizó Asunción con emoción evidente. “Yo recalco mucho la ayuda que tuvimos durante todo ese año que se nos quemó la casa. Un vecino nos prestó su casa para mientras hasta que nosotros construyamos de vuelta acá. Amigos que conocían a él del trabajo también colaboraron con chapas, con Durlock, con cemento. Los vecinos, acá los vecinos del barrio mismo nos traían pedazos de chapa, ladrillos, colchones, camas, ropa, alimentos. Es una lista muy grande, pues muchos fueron los que de alguna forma colaboraron, fue mucha gente”.
Lo que pasó después del choque
El arribo de las fuerzas de seguridad y los servicios sanitarios marcó el fin de la intervención civil y el comienzo de la etapa profesional del rescate, con las actuaciones de la Comisaría Séptima. Ante la consulta sobre cómo se desarrollaron esos minutos posteriores, Carlos precisó la celeridad del operativo: “Primero llegaron los efectivos policiales, en minutos está la ambulancia. Recuerde que esto pasó en la 60 y Circunvalación y estabamos cerca de un puesto y estamos gracias a Dios bastante cerca de lo que es la Seccional Séptima, que enseguida vinieron. Y el Cuartel 24 de Bomberos que también arribó. Exactamente, casi todos junto vinieron. Yo creí que era una dislocación de la rodilla izquierda de la nena, pero después me di cuenta que creo que se fracturó”.
La complejidad técnica del rescate en el rodado siniestrado fue extrema, un aspecto que Carlos observó al detalle. “Uno se llega a maquinar a que puede llegar a pasar algo más y no poder sacarlo es medio jodido. Vinieron y pusieron en marcha un grupo electrógeno que tenían y con una pinza especial ahí cortaron y todas esas cosas e hicieron su trabajo”.
El panorama que dejaban en manos de los profesionales médicos desnudaba la violencia del impacto: “Pudieron sacar a la chica que realmente estaba mal, le agarraba la mano a mi esposa y le decía ‘por favor no me sueltes, por favor no me sueltes’, y estaban ahí, su mamá con mucho dolor en el tórax, en la panza, en el pecho, la criatura en shock en nuestro auto. Gracias al trabajo de mi mujer también, contábamos con guantes, empezamos a repartir guantes de látex, no sabíamos más qué hacer cuando ya estaban. En un momento lo vi mal al chofer del vehículo del auto negro, pero bueno, vi que por lo menos estaban respirando y nos quedamos un poco más tranquilos”.
Con el perímetro asegurado por el personal policial, el matrimonio dio un paso atrás. “Después de haber estado dando contención un poquito a la familia nos alejamos para que los profesionales hagan su trabajo”, relató Asunción. Sin embargo, el impacto psicológico, las secuelas invisibles de ser testigos de semejante desastre, ya comenzaban a calar hondo en su interior. “A mí me quedó la sensación de Martina que me sacaba la manito por el vidrio y me decía ‘no me sueltes la mano’, eso me queda en la mente y siempre le digo a mi esposo: ‘pudo haber sido alguna de mis hijas’. Y tener eso me queda dando vueltas en la mente. Se agradece mucho a Dios que no haya pasado a mayores, somos muy creyentes y estamos agradecidos a Dios que no haya sido peor, pero uno al ver esas cosas, al ver cómo estaban y pudo haber sido mucho peor”.
La tensa espera por las novedades médicas y policiales se prolongó durante la madrugada, mientras se llevaban a cabo las pericias de rigor. “Estaban todos conscientes y estaban todos bien y entonces te quedás muy tranquilo”.
“Lo primero que pregunté es si crudamente si hubo un fallecido, y esa tranquilidad que nos dio cuando nos dijo ‘no, no hay ningún fallecido. Sea quien haya sido culpable o no es otra cosa, pero lo importante es que estaban todos bien. Cuando el oficial en este caso me dice que estaba bien, que no pasó a mayores más que fracturas y el susto, nos quedamos mucho más tranquilos porque siempre estuvimos igual siguiendo las noticias a ver si hay alguna novedad sobre el caso”.
La reflexión
A la luz del día, el análisis del sitio del siniestro cobró otra dimensión, evidenciando la brutalidad de la cinemática del choque. “Al otro día una vez que amaneció vimos el panorama y yo no soy ningún perito ni nada pero uno ve cosas y al ver el frenado que se pegó, la distancia que hubo y el fuego, el manchón de humo, los restos del auto, de todo que quedó, siempre uno está pensando que pudo haber sido peor y repito, gracias a Dios no hubo pérdida humana“.
El destino, o acaso una casualidad doméstica, jugó un rol vital esa noche que alteró la línea temporal de la tragedia. Asunción expresó que “él (por su marido) me dijo después cuando ya nos retiramos y dejamos que los profesionales trabajen, me dijo ‘si no hubieses puesto a amasar el pan nosotros íbamos a estar ahí involucrados también‘”.
Carlos detalló esa mínima fracción de tiempo que los separó del desastre: “Porque fueron segundos que tardamos. Pongo el pan para que se leve, es mezclarlo y para que se leve el pan que todos los días estamos amasando. Fueron segundos que nos tomamos, después nos fuimos despacito y vimos eso. Yo sé que pudo haber otra gente después de nosotros o hubiéramos pasado el accidente y nosotros no enterarnos, pero sinceramente formar parte de esto y poder ver y formar parte de esto es bueno. O sea, lástima la situación, pero ayudar y sentirse útil es bueno. Pero si ya que sucede y formar parte de eso es bueno.
El cierre de esta entrevista no solo deja el alivio de las vidas salvadas, sino también un profundo llamado a la responsabilidad social y vial, apuntando directamente a las falencias del sistema, la falta de inversión y la letalidad de la irresponsabilidad al volante.
“La señora nos decía ‘por favor no le llamen a mi marido’, nosotros no sabíamos de quién se trataba y toda esa cosa, pero ahora el saber que más o menos están bien, es algo bueno”, reflexionó Carlos, antes de lanzar una contundente advertencia a la comunidad. “Como a todos los que nos toca manejar un vehículo, cuidémonos y cuidemos al otro también. Porque uno puede estar bien y estar consciente, tener un arma como es un auto, pero más consciente también para los demás. No solo yo estoy bien sino que mirar también alrededor y tratar de hacer el manejo defensivo lo mejor posible, porque hay que mirar por todos lados. Circunvalación: falta luminaria, falta demarcación, los caballos es eterno problema” enumeró .
“Hay que tener un poco más de conciencia porque cuando miramos las noticias no pasa nada, pero cuando nos pasa a nosotros y podemos evitarlo… el único mensaje que podemos dar es tratar de evitar, estas cosas se pudieron haber evitado. Y la consumición de alcohol es cero alcohol, creo que los castigos tienen que ser un poquito más fuertes. Uno no sabe qué puede pasar así como estos tipos que venían alcoholizados y marcaron a una familia para toda la vida porque esos nenes no sé cómo se van a olvidar de esto”.
La indignación de Carlos frente a la negligencia ajena es el corolario de una noche que desnudó lo mejor de la solidaridad vecinal y lo peor de la imprudencia vial. Su voz se quebró al ponerse en el lugar de la familia afectada, revelando el peso de un accionar que exige no solo una condena social, sino una severidad jurídica ejemplificadora. “Siempre nos trasladamos a lo que a nosotros pudo haber sido, si le hubiese pasado a alguno de mis hijos y yo siento un aliento etílico como que sentí, y no sé qué hago. Creo que dejo que el fuego siga porque ya no me va a importar, ¿se entiende?“, admitió con una brutal honestidad que hiela la sangre.
Su última frase encapsuló la verdadera esencia del dolor ajeno, trascendiendo cargos y estratos sociales para apelar a la empatía más primaria. “Yo me imagino ese papá, más allá de que sea juez, que sea quien sea, es un papá. Y yo hablo como papá, no como juez ni como nada. Es tu hijo a quien tocaron por una irresponsabilidad. Los chicos venían sin luz, los del auto negro estaban sin luz y venían con aliento etílico”.
Leé más notas de La Opinión Austral
Compartir esta noticia

