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Por Diego Bavio
Santa Cruz tiene recursos, inversiones y una nueva oportunidad. Lo que todavía no tiene es un modelo capaz de convertir esa riqueza en desarrollo real, alivio económico y movimiento social concreto. Santa Cruz no atraviesa todavía una recuperación. En el mejor de los casos, atraviesa una pausa dentro de una crisis más larga.
Después de años de estancamiento, retroceso productivo, deterioro del empleo y pérdida de dinamismo económico, la provincia parece haber dejado atrás la fase más aguda de su caída. Pero eso no significa que haya encontrado un rumbo. Significa, apenas, que todavía no terminó de tocar fondo.
Esa diferencia importa. Porque una cosa es empezar a salir. Otra muy distinta es simplemente haber dejado de caer al mismo ritmo. En ese marco, conviene evitar una lectura complaciente de la coyuntura actual. Santa Cruz vuelve a ser observada por el capital minero, energético y extractivo. Pero no porque haya logrado construir una estrategia ejemplar de desarrollo, ni porque su dirigencia haya sabido ordenar con claridad un modelo de futuro.
La provincia sigue siendo atractiva, sobre todo porque la naturaleza le dio mucho más de lo que su política ha sabido organizar. Petróleo, gas, minerales, viento, territorio, litoral marítimo y posición geográfica siguen haciendo de Santa Cruz un espacio objetivamente valioso. El problema es que esa riqueza estructural todavía no fue convertida en una economía sólida, diversificada y socialmente estable.
Ahí está, precisamente, la contradicción de fondo. Santa Cruz no carece de recursos. Carece de un modelo capaz de transformar esos recursos en desarrollo real.
En ese contexto, es justo reconocer que el Gobierno nacional ha acertado en algo central: sin estabilidad macroeconómica, sin reglas más previsibles y sin instrumentos capaces de volver viables grandes proyectos, no hay posibilidad seria de reactivar regiones periféricas ni de atraer capital hacia sectores que durante años estuvieron paralizados. En ese sentido, el RIGI aparece como una herramienta útil para abrir una nueva etapa de inversión en territorios como Santa Cruz, donde la escala de los proyectos exige condiciones que Argentina durante mucho tiempo no supo ofrecer.
Pero también sería un error creer que la sola llegada de grandes capitales resolverá, por sí misma, el problema económico de la provincia.
Santa Cruz está viviendo hoy, en carne propia, una transición delicada. La salida de YPF de áreas maduras en el norte provincial generó un impacto económico y laboral que todavía se siente en distintas localidades. Pero reducir ese episodio a una decisión empresarial sería quedarse en la superficie. Lo que quedó expuesto es algo más profundo: la fragilidad de un esquema excesivamente dependiente de una sola actividad y de pocos actores.
Durante años, buena parte de la economía hidrocarburífera santacruceña funcionó bajo una lógica de enclave. Mientras la actividad se sostuvo, el modelo pareció suficiente. Pero cuando uno de sus pilares se retiró, quedó a la vista una realidad más incómoda: la falta de un entramado económico capaz de amortiguar el impacto.
El problema, en definitiva, no fue sólo la salida. El problema fue la dependencia previa. Esta experiencia deja una enseñanza clara: ninguna estrategia de desarrollo puede basarse exclusivamente en sectores de alta rentabilidad, pero baja capilaridad. Las economías que dependen de un solo motor pueden generar ingresos importantes, pero también pueden detenerse de golpe. Sin tejido productivo, la riqueza pasa. Con tejido productivo, la riqueza queda.
Hoy Santa Cruz tiene, otra vez, una oportunidad. La minería ofrece una ventana de expansión, nuevas operadoras petroleras intentan recomponer parte del terreno perdido y la provincia vuelve a captar atención económica. Pero conviene no engañarse con los tiempos. Ni la recuperación petrolera será inmediata, ni la maduración minera tendrá un impacto social instantáneo.
Los grandes proyectos mineros, energéticos o de infraestructura pueden ser fundamentales para reordenar el horizonte productivo de la provincia. Pero sus efectos más profundos suelen ser lentos, selectivos y de maduración prolongada. Eso significa que Santa Cruz puede estar entrando en una nueva etapa de inversión sin que eso implique, al menos en el corto plazo, una mejora visible e inmediata en la vida cotidiana de la mayoría de su población.
Ahí es donde aparece una verdad muchas veces subestimada: el primer golpe de recuperación real no lo van a dar necesariamente las grandes empresas, sino la capacidad de activar una economía pyme que vuelva a mover empleo, consumo y circulación local. Porque una provincia no empieza a sentirse mejor sólo cuando exporta más. Empieza a sentirse mejor cuando vuelve a haber trabajo, contratistas, talleres, comercio, servicios, pequeñas obras, proveedores y familias que recuperan margen para consumir. Las grandes inversiones ordenan el horizonte. Las pymes pueden mover el presente.
Por eso, el verdadero desafío de Santa Cruz no es sólo atraer capital. Es transformar la renta en densidad económica. Es pasar de la lógica del enclave a la construcción de un ecosistema productivo. Y eso exige una agenda concreta. No de industrialización abstracta ni de regreso al Estado empresario, sino de desarrollo de encadenamientos productivos: proveedores locales, servicios técnicos, mantenimiento, logística, formación profesional, financiamiento para pymes, articulación entre grandes proyectos y economías locales.
La primera industrialización posible de Santa Cruz no es la gran planta. Es la profesionalización de su red de servicios productivos. Porque una economía no se consolida sólo cuando atrae inversión. Se consolida cuando esa inversión genera arraigo, consumo y continuidad. Hay, además, una dimensión que no debería quedar afuera de ninguna discusión seria sobre desarrollo provincial: el bolsillo de la gente común. Santa Cruz puede atraer inversiones, ordenar expectativas y abrir una nueva etapa económica. Pero si esa dinámica no se traduce también en un alivio concreto sobre la economía cotidiana, la recuperación corre el riesgo de sentirse lejana para buena parte de la sociedad.
En una provincia golpeada, el consumo no se reactiva sólo con anuncios. Se reactiva cuando la gente vuelve a tener margen. Por eso, además de pensar en grandes proyectos y en la reconstrucción del tejido pyme, también resulta indispensable discutir una agenda de alivio impositivo y descompresión económica sobre la vida diaria: el comercio, el pequeño contribuyente, el trabajador independiente, la economía familiar. Y en ese punto hay un tema que merece ser dicho con claridad. Si existe un impuesto que impacta de manera casi instantánea sobre la vida cotidiana y sobre la capacidad de consumo de la población, ese impuesto es el IVA.
El IVA es, probablemente, el tributo con mayor impacto directo sobre el consumidor final. No es el más discutido, pero es el que todos pagan todos los días. En una economía provincial golpeada, donde el margen de las familias y de los comercios se encuentra comprimido, este tipo de carga se vuelve especialmente relevante. Porque cuando el consumo se frena, no sólo se resiente el comercio: se enfría toda la circulación económica. Reducir la presión sobre el consumo no es una decisión sencilla ni exenta de costos fiscales. Pero tampoco es sostenible pensar una recuperación apoyada únicamente en grandes inversiones mientras la economía cotidiana permanece asfixiada.
Hasta ahora, gran parte del esfuerzo reformista se concentró en volver competitivos los grandes proyectos. El paso pendiente es volver respirable la vida económica de la gente común. No alcanza con hacer rentable la inversión. También hay que hacer viable la vida económica. Y eso importa especialmente en Santa Cruz, donde el desafío no es sólo cuánto se exporta o cuánto se invierte, sino cuánto se compra, cuánto se vende, cuánto se mueve y cuánto margen tiene todavía la gente para sostener su vida cotidiana. La gran inversión prepara el terreno. La pyme mueve la economía. Y el alivio impositivo puede encender, de manera mucho más inmediata, el consumo y la circulación que hoy siguen faltando en muchas localidades de la provincia.
Santa Cruz no necesita elegir entre renta y desarrollo. Necesita usar la primera para construir el segundo. Ese es, en definitiva, el verdadero desafío. No sólo atraer capital, no sólo celebrar anuncios, no sólo esperar que la próxima gran inversión ordene por sí misma el futuro. El desafío es construir una provincia más resistente, más diversificada y más viva. Porque una provincia no se desarrolla sólo cuando exporta más. Se desarrolla cuando logra vivir mejor alrededor de lo que exporta.
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