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Por Andrea Daufí

Este 2 de abril se conmemora el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, en recuerdo del desembarco de tropas argentinas en 1982. La fecha no solo remite a quienes combatieron en las islas, también evoca lo vivido en el continente, atravesado por la espera y el dolor contenido.

¡Entraron en Malvinas!”, se escuchaba en calles y hogares al inicio del conflicto. La noticia generó una mezcla de emoción y preocupación que atravesó a toda la sociedad. Durante 74 días, desde el 2 de abril hasta el 14 de junio de 1982, la vida cotidiana quedó marcada por la angustia de no saber. Radios encendidas, televisores atentos y familias pendientes de cada novedad reflejaron una rutina cargada de tensión.

En ese contexto, La Opinión Austral dialogó con familiares de excombatientes para reconstruir cómo se atravesó la guerra desde el continente. Entre ellos, Darío, hermano de Fernando Alturria; Silvana, hija de Alfredo Tarcaya, sobreviviente del ARA General Belgrano; “Betty”, pareja de José Ruiz; Teresa, esposa de Nicolás Albarracín; y Paola, hermana de Andrés Fernández Cabral.

Este 2 de abril se conmemora el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de las Malvinas.

El recuerdo del hermano de Fernando Alturria: “Nadie pensaba que la mayoría de los soldados eran chicos”

Darío, de 66 años, es dos años mayor que Fernando Enrique Alturria —excombatiente, referente de la causa soberana y expresidente del Centro de Veteranos de Guerra “José Honorio Ortega” de Río Gallegos—, fallecido el 26 de julio de 2025.

El director de la Orquesta de la Municipalidad de Lanús contó a este medio que tenía 22 años y su hermano 20 cuando estalló la guerra. Oriundos de Capital Federal, pasaron gran parte de su infancia y adolescencia en Hurlingham, donde construyeron un vínculo muy cercano, que ilustró con una anécdota.

“Cuando yo tenía unos 10 años y él 8, vivíamos en Liniers y nos íbamos en colectivo los dos solos a la escuela. Hacíamos todo ese recorrido todos los días hasta que nos mudamos definitivamente. Estamos recontra unidos, recontrapegados desde chiquitos”, afirmó.

Recordó otra pasión compartida: el fútbol. Ambos eran fanáticos de Racing. “Yo tendría 12 años y él 10, y nos íbamos solos a la cancha”, señaló y agregó, con pesar: “La última vez que vino, fuimos a la cancha… no sabíamos que a los pocos días iba a pasar lo que pasó”.

Sobre cómo se enteraron de que Fernando debía ir a las islas, explicó: “Cuando empezó la guerra no nos sorprendió, porque él había ingresado de chico al Ejército y apenas egresó lo mandaron a Corrientes. Desde los 18 años ya estaba lejos de nosotros, así que la comunicación era poca. Estábamos acostumbrados a extrañarlo”. Y recordó: “Nos fuimos enterando de los primeros que salían del regimiento donde estaba él, y después nos avisaron que se iba, fue todo muy rápido”.

Respecto del clima social, describió: “Euforia. En ese momento nadie pensaba que la mayoría de los soldados eran chicos, jóvenes. La gente se agolpaba para ofrecerse como voluntaria. Era todo una fantasía”. Y continuó: “Mientras no llegara nada, era como que estaba bien. Después, noticias reales de cómo iba la guerra no tenía nadie. Hasta último momento, muchos creían que se ganaba”. Opinó que “en Buenos Aires parecía que no afectaba la vida cotidiana. Estaba el Mundial y la gente seguía los partidos. Era una psicosis, algo horrible”.

Una pasión compartida: Dario junto a Fernando en la cancha de Racing.

El momento más duro llegó con la incertidumbre: “Nos enteramos cuando estaba prisionero y esos días fueron de no saber qué pasaba”. Incluso reveló un dato impactante: “Una de las fotos más icónicas muestra a soldados argentinos en fila, prisioneros. Una de las caras principales es la de mi hermano”.

En cuanto al reencuentro, relató: “Lo llevaron a una barraca, después lo trajeron por Montevideo. Había gente dispuesta a insultarlos. A nosotros nos avisaron que estaba en Campo de Mayo. Cuando nos autorizaron, fuimos. La emoción fue enorme, pero tenía un deterioro impresionante: flaquito, piel y huesos, curtido por el frío”.

Finalmente, destacó: “Al principio casi no se hablaba del tema. Nadie lo mencionaba hasta que él empezó a soltarse, cuando dio charlas. Fue referente del centro de veteranos en Río Gallegos”. Y añadió que participará en la vigilia en Lanús, donde interpretará una canción inspirada en la experiencia de su hermano: “Fernando logró un montón de cosas”.

Hija de Alfredo Tarcaya: “Los recuerdos que tengo me quedaron muy marcados”

Silvana es hija de Alfredo Carlos Tarcaya, veterano de Malvinas y sobreviviente del hundimiento del ARA General Belgrano, hoy de 74 años. El 2 de mayo de 1982, cuando ocurrió el ataque, él tenía alrededor de 29 años y era cabo primero de control de averías en la Armada. Ella tenía unos 4 años.

Al evocar ese momento, expresó: “Son reflejos, cosas que me vienen a la memoria de ese día, nada más”. Su padre es oriundo de Salta y la familia residía en Bahía Blanca: “Mi papá hizo toda su carrera en la Armada, y ya era la tercera vez que embarcaba en el crucero cuando fue lo de Malvinas”.

En ese entonces también vivía con su madre y una hermana de dos años. Recordó el momento en que supieron que debía partir hacia el Atlántico Sur: “Mi mamá se entera de que lo embarcaban en el crucero para ir a Malvinas. Estábamos en Bahía Blanca y decidieron que, para esperar, teníamos que ir a Coronel Pringles, donde estaban mis abuelos”.

Y agregó: “Son imágenes que me quedaron muy marcadas. Era chica, con una mirada de nena”. Uno de los momentos más presentes es el regreso de su padre, luego de sobrevivir al naufragio aferrado a una balsa: “Lo llevaron en avión a Ushuaia y después a Puerto Belgrano. Desde ahí viajó en tren a Pringles, con las monedas que tenía, porque así volvían de la guerra”.

Continuó puntualizando que “cuando llegó, tengo la imagen de que entró en un jeep. Nos llevaron a una oficina, porque yo fui a acompañarlo. Nos ofrecieron un jugo de naranja y un sándwich de miga, y a mí me dejaron a un costado. Recuerdo esa escena, todo enorme como lo ve una chica. Con el tiempo entendí que detrás de ese momento estaba la angustia y la incertidumbre que él atravesaba”. Pese a su corta edad, notó que “tenía las manos vendadas. Con el tiempo me contó que había llegado con hipotermia y quemaduras en las manos”.

Alfredo Carlos Tarcaya junto a cinco de sus seis hijos.

Entre lágrimas, sostuvo: “Siempre tuvo fortaleza. Cada vez que llega esta fecha aparecen un montón de emociones, y es difícil porque lo viviste y creciste así”. Luego de mencionar que tiene seis hermanos y que sus padres llevan 48 años de casados, remarcó: “Es un ejemplo de vida, de resiliencia, de fuerza, de dignidad, de amor por la patria”.

Valoró el compromiso de su padre con la causa Malvinas: “Siempre participa en los actos en Río Gallegos, va a las escuelas y habla con los chicos. Ellos quieren saber qué pasó, no dimensionan lo que fue: qué comían, cómo se vestían, el frío. Y está su historia, la de alguien que sobrevivió al crucero”.

Además, reveló una pérdida familiar: “Mi papá perdió a un primo en la guerra, que también estaba en el crucero, José Villegas. Tenía 18 años. Es algo que sigue muy presente en nosotros”.

Elvira y su ayuda social en plena guerra

Elvira Elizabeth, más conocida como “Betty”, es esposa de José Ruiz, artillero que —según relató— fue quien derribó el primer avión que cayó en Malvinas. Se conocieron a los 18 años, cuando él fue trasladado por la Fuerza Aérea a Río Gallegos y coincidieron en un colegio. “Me inscribo en el secundario y ahí conozco a José. Había llegado en diciembre de 1980. Él nació en la provincia de Córdoba”, detalló. Contó que “en Tandil es donde lo especializaron en artillería antiaérea. Así que nos pusimos de novios un 28 de agosto hasta que, al año siguiente, llegó lo de Malvinas”.

En el año en que estalló el enfrentamiento, ella había aceptado un trabajo que implicaba viajar. Él tenía 20 años y se encontraba de licencia en Córdoba. “Betty”, por su parte, estaba en el interior cuando se enteró del desembarco en las islas, a partir de los gritos en la calle: “Me agarró en Tellier. El 2 de abril, a la mañana, serían como las 10, escucho un ruido que me llamó mucho la atención. Digo: ‘¿Qué pasa?’. Abro una ventanilla y veo gente que corría y gritaba: ‘Malvinas, Malvinas’”.

Relató que “llegó la comisionada del momento y, como todo ocurrió en pocos minutos, me dijo ‘Nena, estamos en Malvinas, nuestros militares entraron en Malvinas’”. Y agregó: “A él lo llevaron en un vuelo a Córdoba, después volvió acá y llegó a Malvinas el día 3 en la madrugada. Se presentó en su unidad y lo trasladaron a las islas”.

Sobre lo que atravesó en ese tiempo, expresó: “Tenía todos los miedos que puede tener cualquiera. Desde el primer minuto te planteás la guerra y sabés que hay peligro. Dentro de eso, ponés mucha fe, mucha esperanza en que va a volver, esperando que los ingleses no avanzaran para atacar”.

Lejos de quedarse de brazos cruzados, “Betty” desarrolló una intensa actividad social en Río Gallegos durante el conflicto: “Mi papá era una persona muy conocida y trabajaba en el Ministerio de Asuntos Sociales. Un día le dije: ‘Tengo que hacer algo’. Fue a buscar a mi tío, a dos hermanos, a mi mamá, a dos sobrinos, a cuñados y a otros familiares”.

Con el paso de los días comenzaron a preparar chocolate, mate cocido y té: “Nosotras —fuimos tres mujeres— recibimos pan para cortar y empezamos a armar sándwiches. Nos dieron cajas, no tan grandes, donde colocábamos los sándwiches de jamón y queso, envueltos en servilletas. Cuando se llenaban, venía un soldado y los acomodaba en un camión. Eso se llevaba a los soldados apostados en la zona”.

Elvira o “Betty” hablando con la periodista de LOA, Andrea Daufí. FOTO: LEANDRO FRANCO/LA OPINIÓN AUSTRAL.

Recordó que en ese período había restricciones para circular en la ciudad: “Se podía salir a partir de las 8 de la mañana, pero a las 6 de la tarde ya regía el toque de queda”. En ese marco, explicó: “Teníamos instrucciones. Mi papá estaba en Defensa Civil y era manzanero, así que recorría toda la cuadra. Hubo que tapar las casas para evitar la luz, reducir la calefacción; en esos años la mayoría de los hogares usaban carbón”.

Al mencionar el regreso de su esposo, se emocionó: “Recibí cuatro cartas de mi marido. Si hubo más, ni él las recibió ni yo tampoco. Las perdí en un incendio hace un año y medio (…). Todas las noches soñaba que volvía y golpeaba la puerta de mi dormitorio, en la casa de mi mamá. Un día me desperté asustada, fui al cuarto de mis padres y dije: ‘Mami, están golpeando’. Cuando abrí la ventana, mi mamá casi se desmaya. Habían pasado muchos días en medio de la guerra; él había bajado mucho de peso, tenía el cabello largo, por debajo de los hombros, y estaba muy delgado. Hasta ese momento yo no sabía que operaba un cañón”.

Para concluir, Elvira —quien lleva 45 años de matrimonio y tiene seis hijos— remarcó: “Él no volcó sobre los hijos su historia, su sufrimiento, su llanto. No son de hielo, no eran un bloque, eran personas. Entonces, a partir de ahí le digo desde dónde contar su historia: desde su sentimiento, desde lo que le genera. Y así empezó a hablar”.

“Es importante que la sociedad sepa lo que uno pasó como esposa”

Teresa, esposa de Nicolás Albarracín, excombatiente de Malvinas, conoció a su pareja en 1979 en Catamarca, cuando él estaba destinado en el Regimiento 17. Tras tres meses de noviazgo, se casaron. Luego, a su esposo le asignaron el traslado al Regimiento 25 de Chubut. En diálogo con La Opinión Austral, rememoró cómo se enteró de que su marido estaba en la guerra.

“En ese momento tenía 22 años y mi esposo ya tenía 27. Este año van a ser 47 años de casados y tenemos seis hijos (…). Y cuando lo llamaron yo pensé que era una instrucción más que tenía mi marido, porque en ese momento no nos dijo que se iban a una guerra”, comentó.

Conmovida por ese recuerdo, relató que comprendió la situación cuando la confirmación se difundió por televisión: “Resulta que mi esposo me saca pasajes. Me da un maletín negro y me dice: ‘Teresa, acá tenés los seguros’. Entonces yo lo miré, pero nunca sinceramente me imaginé eso. No me imaginé, era una niña de 22 años, pero ya tenía dos hijos. En ese momento me dice: ‘Tomá los seguros’. Entonces digo: ‘¿Para qué?’, y él responde: ‘Tenelos porque uno no sabe, me puede pasar algo’”.

Contó que él le dijo que se iría “de instrucción” y le dejó pasajes para que viajara con sus hijos a Catamarca: “Fue un momento muy difícil para nosotros, como esposa y como madre de nuestros chicos (…) Me enteré cuando estaba por tomar un avión y ahí justo encontré a un militar que también viajaba. Cuando me vio, me dijo: ‘Tere, querida, ¿viste que el ‘Puki’ (apodo de Nicolás) se va a Malvinas?’. Yo le pregunté: ‘¿Cómo?’. Y él me respondió: ‘¿Que no les dijeron?’. Después me abrazó y me pidió que cuidara a mis nenes”.

La emoción de Teresa, esposa de Nicolás Albarracín, al hablar de la guerra de Malvinas. FOTO: LEANDRO FRANCO/LA OPINIÓN AUSTRAL.

Por otro lado, sostuvo que las noticias que llegaban desde la guerra le generaban “mucha angustia”. En ese sentido, destacó el acompañamiento de su suegra y la familia de su esposo: “Me apoyaron muchísimo, me sostuvieron emocionalmente. Mi suegra, una luchadora, una guerrera, y mi suegro me decía: ‘Si yo tengo que ir a luchar para ayudar a mi hijo por nuestra patria, lo voy a hacer, hija’”.

En medio del temor constante, recordó uno de los momentos más duros, cuando recibió información falsa de una supuesta muerte de su pareja. “Yo tenía miedo de que lo mataran. Había una iglesia y rezaba, iba todos los días”, dijo.

“Nos habían llegado las noticias de que mi marido había muerto, que lo habían matado en la guerra. Fue un comentario… yo me desesperaba, y mi suegra y mi suegro, todos llorábamos. Entonces mandé una carta preguntando por mi esposo, si era verdad, y a los dos días llegó una carta de él donde me decía que estaba bien. Cuando la leía, le decía a mi suegra: ‘¡Está vivo, está vivo mi marido, Carmen!’”, precisó.

Aseveró que el reencuentro “fue algo muy emocionante, pero mi marido venía tan flaquito, desconocido. Yo lo esperaba en Catamarca y él bajó en la ruta 40 y caminó hasta la casa de mis suegros. Yo estaba durmiendo la siesta con mis dos hijos. Cuando salí y lo vi, no lo podía reconocer, estaba muy flaco, con sabañones”.

Subrayó que “estos días para mí son muy sensibles, por eso es importante que la sociedad sepa lo que una pasó como esposa. Nosotros vinimos a Río Gallegos en los ’90 por un traslado del Ejército y, por suerte, encontré personas con experiencias similares, compañeras de vida, por así decirlo”.

La hermana de Andrés Fernández destacó: “A él el teatro lo salvó”

LOA recopiló igualmente el testimonio de Paola, hermana menor de Andrés Fernández Cabral, excombatiente de Malvinas y reconocido dramaturgo y actor en Río Gallegos. Entre ambos hay una diferencia de 13 años; ella tenía alrededor de 8 cuando ocurrió el enfrentamiento con el Reino Unido. “Andrés tenía unos 21. Somos de una localidad que se llama Libertad, partido de Merlo”, comenzó diciendo.

Al respecto de cómo se enteró de que su hermano estaba en la guerra, expresó: “Toda la información yo no la tenía, porque era una niña, no podía tenerla tan cruda, pero sí estaba presente en el colegio, por las maestras, los directivos, y en el barrio también; aparte de Andrés había otros dos chicos que habían ido a la guerra. Él fue convocado para reincorporarse al Ejército, le llegó una cédula o un telegrama. Se dirigió a Mercedes, donde era la convocatoria, y luego lo trasladaron a El Palomar. Subieron a un avión, pararon en Río Gallegos, aparentemente, y después ya se dirigieron a la isla”.

A su vez, destacó el vínculo cercano que mantenían: “Era muy mimada por mis hermanos, jugaban mucho conmigo (…). De Andrés tengo muchos recuerdos de la infancia: me leía cuentos y también mirábamos películas”.

Las cartas tuvieron un valor fundamental durante su permanencia en el archipiélago. A partir de ese material, años después obtuvo una de las 500 Becas Bicentenario a la Creación, otorgada por el Fondo Nacional de las Artes y el Ministerio de Cultura, lo que le permitió desarrollar la obra teatral Silencio ficticio, basada en esos escritos.

Silencio Ficticio es el resultado de un trabajo realizado en base a la experiencia de Andrés como veterano de guerra en Malvinas.

“En el cumpleaños de mi mamá, el 22 de mayo, estábamos todos reunidos en casa, toda la familia, y ella recibió el telegrama de Andrés saludándola. Fue un momento muy emotivo no solamente para mi mamá, sino para todos al recibir las noticias de Andrés, que estaba bien”, recordó.

Al referirse a la información que circulaba en el continente, señaló: “Por un lado se contaba una realidad que no era, y nosotros teníamos lo que decían las cartas, lo que realmente estaba pasando. Era muy triste, se vivía un clima de mucha angustia”.

Frente a ese panorama, la pequeña Paola le escribió. En una de esas cartas, a la que accedió este medio, se lee con letra infantil: “Querido hermanito, espero que estés bien (…) mamá se puso contenta porque ese día, 22 de mayo, recibió el telegrama tuyo. Te diré que saliste en la revista ‘Para Ti 60 aniversario’, que estás sentado con los soldados y también jugando a la pelota. Bueno, no tengo nada más que decir, un beso grande a vos”.

A propósito de cómo atravesaron ese período en familia, indicó: “Seguíamos con nuestras actividades escolares y laborales, pero siempre con el tema presente: hablábamos, escribíamos cartas en el colegio con mis compañeras, juntábamos alimentos y ropa, hacíamos artesanías. Mi mamá no se despegaba de la radio, y mi papá tampoco”.

A modo de cierre, se refirió a la decisión de su hermano de dedicarse a la actuación: “Pienso que es una elección de vida. A él el teatro lo salvó. Después de vivir una situación tan traumática, encontró una forma de comunicar y expresar lo que siente. Es un medio que le permite imaginar y crear otros mundos”.

Una historia que no se olvida

A más de cuatro décadas, Malvinas sigue presente en cada memoria, en cada relato y en las huellas que dejó en las familias que esperaron, resistieron y acompañaron desde el continente. Como sintetiza una de las frases más repetidas en la historia argentina: “Las Malvinas fueron, son y serán argentinas”.

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