“De un día para el otro te enseñan a matar, porque sabés que es tu vida o la del enemigo”, resumió Gustavo Vilches, excombatiente de la Guerra de Malvinas, en diálogo con La Opinión Austral.
Formó parte de la defensa de Piedra Buena durante el combate bélico en 1982. Se incorporó el 7 de febrero en Ramos Mejía, Buenos Aires, para luego viajar a Río Gallegos.

En el Batallón 181 de Ingenieros de Combate, sobre la ruta 3 de la capital de Santa Cruz, comenzó la instrucción.
El primer pensamiento fue que entrarían en guerra con Chile. Llegó el mes de marzo y les avisaron que entraban en guerra con Inglaterra. Desde ese momento cambió todo.
“A partir de ahí empezaron a hacer movimientos y nos llevan a Piedra Buena donde armamos el puente, súper rápido. Decían que, si el inglés atacaba el continente y el puente, desde la ruta 3 para abajo quedaba sin abastecimiento”, describió. Estuvieron unos cinco días armándolo.
“El miedo estaba en que no nos atacaran de espaldas, sino nos agarraban”.
Luego los enviaron al aeropuerto de Santa Cruz. “Ahí cuando llego a la pista de aterrizaje pusieron cuatro camiones en cada punta del aeropuerto, me tocó estar en un pozo al lado de la pista”, detalló.
La temperatura no subía de los 15 o 20 grados bajo cero. “Se hacía difícil aguantar, dormía en el pozo y estuve unos 30 días aproximadamente ahí”, contó.
En un momento los reúnen y los llevan caminando a un cerro, cruzando con unos diez tanques que iban a gran velocidad.
Vilches fue chofer de un unimog, un camión de tracción de cuatro ruedas
La guerra había comenzado. Los hicieron cargar cosas como de basura, latas, botellas, cartones. “Dispersas por toda la montaña, éramos unos 30 soldados y nos hicieron parar uno al lado del otro, nos hicieron gastar los cargadores completos. Gasté 21 balas, pero los compañeros míos que tenían FAL gastaron 100 municiones tirando a los blancos”, describió.
Ahí, Vilches se dio cuenta que el tema iba en serio. “En ese momento nosotros no sabíamos nada, teníamos miedo, pero estábamos esperando a ver qué pasaba. Me di cuenta que estábamos en una situación grave porque la instrucción era apuntar y disparar y me di cuenta que gastar 100 municiones cada uno era porque nos estábamos preparando realmente para disparar y no errar”, relató.
Los hicieron juntar las vainas y los devolvieron al aeropuerto donde los repusieron de municiones. “Ahí me di cuenta de la importancia”, reiteró.
“Estábamos en un pozo a dos metros de un acantilado que tendría unos 100 metros, altísimo, una locura”, describió.
El entrenamiento consistía en correr y tirarse al suelo, Vilches recuerda la mata de la zona que era filosa y hacía lastimar las manos. La oscuridad, continuó en su relato, le genera tristeza hasta hoy.
En ese lugar, durante un mes, estuvieron todas las noches despiertos, dormían algunas horas sólo durante el día. Se encontraban completamente solos. “Me dieron un fusil y el clima se hacía cada vez más hostil. Se me dormían los pies y manos, tenía que salir del pozo para moverme y entrar el calor porque se me endurecía el cuerpo del frío”, relató.
La sensación era de bronca: “El no poder disparar porque se te endurecían los dedos, si te encontrabas con los ingleses tenías las manos congeladas, eso realmente me tocó muchísimo”. Lo que sabían del combate “lo habíamos visto en películas o series, era lo único que sabíamos de combate”. Algunos rezaban, otros hablaban solos, otros lloraban.
Toda la noche era rezar para tener suerte de que no los ataquen, contó. “En todos los idiomas rezaba. Tenía 18 años, veía ese acantilado, la oscuridad y el mar de la noche con ese frío, yo decía si estos vienen en barcos y nos atacan no teníamos nada, nos moríamos”, relató.
Vilches estuvo 30 días en un pozo a oscuras. “El cuerpo se entumecía del frío”, contó
Las noches transcurrían mirando el cielo, solos en el vacío de la nada. “La guardia que hacíamos era más mirando para atrás que para el mar, porque era muy difícil saber si podían entrar por otra zona, no sabíamos si había más gente cuidando, entonces decíamos que si venían por detrás nos sorprendían y nos agarraban”, recordó.
“¿Con qué te protegés de una bomba o una granada? No hay nada que te proteja de eso, no hay valentía, no hay preparación, no hay nada. No saber de qué manera nos iban a atacar, ese era el verdadero miedo”, cerró.
A los 30 días se lo llevan al batallón en Río Gallegos. Los prepararon porque irían a un reemplazo en las islas Malvinas, pero Argentina se rinde y la guerra termina. “Todos respiramos al habernos salvado de eso, ahí terminó la historia”, recordó.
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