* Por Roberto Suarez. Presidente Diario Mendoza Today
Hoy recordamos al 30 de octubre de 1983, como una fecha clave en nuestra historia. Tras años de dictadura, el pueblo argentino volvió a votar y eligió la libertad. Y hoy hubiera cumplido 66 años Diego Armando Maradona, el mayor ídolo del pueblo argentino. Su figura sigue siendo símbolo de devoción, emoción y orgullo para la Argentina y para el mundo del fútbol.
El retorno de la democracia en Argentina es el proceso por el cual se restauró el gobierno democrático tras la dictadura cívico-militar de 1976. Se inició con las elecciones del 30 de octubre de 1983, donde ganó Raúl Alfonsín, y culminó con su asunción presidencial el 10 de diciembre de 1983. Este evento significó el fin de siete años de represión y muerte, y el inicio de una nueva etapa basada en el Estado de derecho, los derechos humanos y la participación ciudadana.
Conmemoramos hoy 43 años del fin de la última dictadura militar y el comienzo del período democrático más largo de nuestra historia.
Ese logro tuvo un protagonista clave: Raúl Alfonsín, el presidente que tomó las riendas del país en 1983 tras la desolación social y económica que dejaron los más de siete años de dictadura militar.
Alfonsín pasaría a la historia -no solo de Argentina sino del mundo- por ordenar, días después de asumir, que se juzgue a los líderes de las juntas militares que habían gobernado con brutalidad entre 1976 y 1982 y que habían promulgado una ley de autoaministía para protegerse, que el Congreso, a instancias de Alfonsín, anuló.

uiero hoy, traer a la memoria un ensayo, de Jorge Luís Borges -quien entonces tenía 84 años y un historial de pensamiento conservador y crítico de los gobiernos de turno- donde reconoce con hidalguía que el civismo del pueblo argentino en las urnas y el abandono de la pesadilla del terrorismo de estado, la censura y la guerra le demostraron que el camino democrático era, aun con sus limitaciones, un renacimiento necesario. El célebre artículo y texto reflexivo escrito por Borges, se tituló:
“El último domingo de octubre”, y decía:
” Yo escribí alguna vez que la democracia es un abuso de la estadística; yo he recordado muchas veces aquel dictamen de Carlyle, que la definió como el caos provisto de urnas electorales.
El 30 de octubre de 1983, la democracia argentina me ha refutado espléndidamente. Espléndida y asombrosamente.
Mi Utopía sigue siendo un país, o todo el planeta, sin estado o con un mínimo de estado, pero entiendo, no sin tristeza, que esa Utopía es prematura y que todavía nos faltan algunos siglos. Cuando cada hombre sea justo podremos prescindir de la justicia, de los códigos y de los gobiernos. Por ahora son males necesarios.
Es casi una blasfemia pensar que lo que nos dio aquella fecha es la victoria de un partido y la derrota de otro. Nos enfrentaba un caos que, aquel día, tomó la decisión de ser un cosmos. Lo que fue una agonía puede ser una resurrección.

La clara luz de la vigilia nos encandila un poco. Nadie ignora las formas que asumió esa pesadilla obstinada. El horror público de las bombas, el horror clandestino de los secuestros, de las torturas y de las muertes, la ruina ética y económica, la corrupción, el hábito de la deshonra, las bravatas, la más misteriosa, ya que no la más larga, de las guerras que registra la Historia. Sé harto bien que este catálogo es incompleto.
Tantos años de iniquidad o de complacencia nos han manchado a todos. Tenemos que desandar un largo camino. Nuestra esperanza no debe ser impaciente. Son muchos e intrincados los problemas que un Gobierno puede ser incapaz de resolver.
Nos enfrentan arduas empresas y duros tiempos.
Asistiremos, increíblemente, a un extraño espectáculo.
El de un Gobierno que condesciende al diálogo, que puede confesar que se ha equivocado, que prefiere la razón a la interjección, los argumentos a la mera amenaza.
Habrá una oposición. Renacerá en esta República esa olvidada disciplina, la lógica. No estaremos a la merced de una bruma de generales.
La esperanza, que era casi imposible hace treinta días, es ahora nuestro venturoso deber. Es un acto de fe que puede justificarnos. Si cada uno de nosotros obra éticamente, contribuiremos a la salvación de la patria “.
Publicada en Mendoza Today
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