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A un año de la muerte del Papa Francisco, la homilía a cargo del presidente de la Conferencia Episcopal Argentina y arzobispo de Mendoza, Marcelo Colombo, en la Basílica de Luján, se convirtió en el eje central del homenaje al pontífice argentino, con un mensaje atravesado por la autocrítica social, el llamado al diálogo y la reivindicación de su legado.

En un contexto de fuerte presencia política y social, Colombo planteó la necesidad de “construir una patria de hermanos” y advirtió sobre los efectos de la división, la indiferencia y la falta de diálogo en la Argentina actual. Además, destacó que Francisco “entró en nuestras vidas para quedarse” y pidió retomar sus enseñanzas, especialmente en torno a la justicia social, el protagonismo de los excluidos y la cultura del encuentro.

La homilía incluyó múltiples referencias al pensamiento del Papa, desde su defensa de los más vulnerables hasta su insistencia en el diálogo como herramienta para el bien común. También hubo lugar para una autocrítica colectiva: “Hemos sido mezquinos como sociedad”, afirmó el arzobispo, en uno de los pasajes más contundentes del mensaje.

Homilía completa

Mis queridos hermanos,

Como Iglesia argentina, queremos testimoniar en esta Eucaristía nuestra gratitud a Dios por la vida y el ministerio del Papa Francisco. Lo hacemos acompañados por ministros y representantes de distintas religiones y confesiones cristianas, y con la participación de autoridades nacionales, provinciales y municipales, así como de numerosos dirigentes políticos, sociales y del mundo de la cultura, trabajadores y empresarios, entre otras procedencias significativas de nuestro país. A todos les agradezco, en nombre de los obispos argentinos, su presencia, que nos alegra y anima a seguir construyendo juntos una patria de hermanos.

En la primera lectura escuchábamos el testimonio de Esteban y la entrega generosa de su vida. En su predicación apasionada del Señor Jesús, defendió la libertad de los hombres de Dios para hablar en su nombre. Refiriéndose a Esteban, nos dice el Papa Francisco: “Él manifiesta la verdadera “madera” del discípulo de Cristo. No busca coartadas, no apela a personalidades que puedan salvarlo, sino que vuelve a poner su vida en manos del Señor (…) y muere como un hijo de Dios perdonando. Sus palabras nos enseñan que no son los buenos discursos lo que revela nuestra identidad como hijos de Dios, sino sólo el abandono de la propia vida en las manos del Padre y el perdón para aquellos que nos ofenden nos muestran la calidad de nuestra fe.” (Francisco, Audiencia del 25 de setiembre de 2019)

En el Evangelio que compartimos, Jesús se presenta a su pueblo como el Pan de Vida, no solo para saciar el hambre material, sino también como aquel que puede abrazar la totalidad del hombre en busca del sentido de la vida, desde la hondura de sus vínculos con Dios y con los hermanos. Comentando este pasaje, el Papa Francisco nos decía: “(…) la multitud, hambrienta de Jesús, se pone nuevamente a buscarle, va al encuentro de Jesús. Pero a Jesús no le basta que la gente lo busque, quiere que la gente lo conozca; quiere que la búsqueda de Él y el encuentro con Él vayan más allá de la satisfacción inmediata de las necesidades materiales. Jesús ha venido a traernos algo más, a abrir nuestra existencia a un horizonte más amplio respecto a las preocupaciones cotidianas del nutrirse, del vestirse, de la carrera, etc. (…) El Señor nos invita a no olvidar que, si es necesario preocuparse por el pan, todavía más importante es cultivar la relación con Él, reforzar nuestra fe en Él que es el «pan de la vida», venido para saciar nuestra hambre de verdad, nuestra hambre de justicia, nuestra hambre de amor.” (Francisco, Angelus del 5 de agosto de 2018)

La elección del Papa Francisco fue para la Iglesia argentina una inmensa alegría. A los obispos nos conmovió fuertemente que uno de nosotros fuera llamado por el Señor a una paternidad más amplia que implicaba la preocupación por todas las Iglesias (2 Cor 11,28). Francisco puso rápidamente de manifiesto, con audacia evangélica, su ministerio pastoral en favor de toda la humanidad, especialmente de las periferias existenciales.

“Ir a la periferia en lo concreto, te permite tocar el sufrimiento y las penurias de un pueblo, pero te permite también conocer las alianzas que ya se están produciendo, para apoyarlas y alentarlas. Lo abstracto nos paraliza, en lo concreto se abren caminos de posibilidad… cuando hablo de cambio, no significa que tenemos que cuidar mejor de uno u otro grupo de gente. Quiero decir que esas personas que están ahora en la periferia se conviertan en protagonistas del cambio de la sociedad. Esto es lo que hay en mi corazón.” (Papa Francisco, “Soñemos juntos. El camino a un futuro mejor.”, pp. 12-13.18-19)

Ha pasado un año desde su fallecimiento y nos conmueve su viva presencia como testigo, profeta y pastor de estos tiempos de la Iglesia y la humanidad. Muchas imágenes de Francisco, desde los comienzos mismos de su ministerio pastoral y hasta el final de sus días, nos sacuden y llenan de entusiasmo. Como cuando, apenas elegido Papa, invitó a la multitud en la Plaza de San Pedro a bendecirlo; o cuando en Río de Janeiro, en la Jornada Mundial de la Juventud, pidió a los jóvenes que «hagan lío»; o su primer viaje pastoral a Lampedusa, para visibilizar la muerte de los migrantes; o la oración bajo la lluvia, en pandemia, en la Plaza de San Pedro; cuando se arrodilló y besó los pies de los líderes políticos de Sudan del Sur, suplicándoles la paz para sus pueblos; en su último Jueves Santo, en plena convalecencia y muy delicado, visitando a los presos y en la Pascua, su última bendición desde la Plaza.

Es muy común escuchar entre nuestra gente, respecto de Francisco, que se lo extraña. Lejos de constituir una nostalgia paralizante o la negación de esta valiosísima etapa eclesial conducida por el Papa León, reconocemos que Francisco, en nombre de Cristo, entró en nuestras vidas para quedarse.

¡Cómo nos gustaría escucharlo hoy, en estos momentos tan duros, y dejarnos interpelar una y otra vez por sus palabras, que nos invitaban siempre a luchar por un «nosotros» más grande! Con su apasionado amor al Pueblo de Dios y sus intuiciones sobre las urgencias actuales, a ejemplo de la entrega de Jesús, Francisco nos propuso asumir los desafíos pastorales que conllevan, en particular, la situación de los excluidos y descartados, así como el protagonismo de los movimientos sociales como articuladores de la solidaridad profética de los pobres: “Nuestro camino sigue soñando y trabajando juntos para que trabajadores tengan derechos,
todas las familias techo, todos los campesinos tierra, todos los niños educación, todos los jóvenes futuro, todos los ancianos una buena jubilación, todas las mujeres igualdad de derechos, todos los pueblos soberanía, todos los indígenas territorio, todos los migrantes acogida, todas las etnias respeto, todos los credos libertad, todas las regiones paz, todos los ecosistemas protección. Es un camino permanente, habrá avances y retrocesos, habrá errores y aciertos, pero no tengan duda: es el camino correcto.” (Encuentro de los Movimientos populares promovido por el Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral. Discurso de Francisco. 20 de septiembre de 2024)

Refiriéndose a la comunidad eclesial, Francisco animó su conversión permanente para ser una «Iglesia en salida», hospital de campaña y casa de todos, con la sinodalidad como dimensión constitutiva de su ser y de su hacer, la evangelización de los distintos universos juveniles y el acompañamiento pastoral integral de las familias, con una especial consideración y discernimiento de la situación de las nuevas uniones. “La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia
del Padre y su fuerza difusiva (…) La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo (…) La comunidad evangelizadora se dispone a «acompañar». Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites.” (Evangelii gaudium, 24).

En esa dinámica de asumir los contextos como oportunidades evangelizadoras que necesitan signos y palabras concretas —lo cual se manifestó en su predicación diaria—, Francisco ejerció para nosotros, en tiempos de pandemia, un ministerio de consuelo, esperanza y solidaridad frente a la soledad, el aislamiento y el «sálvese quien pueda» que la realidad quería imponer.

“Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente (…) descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.” (Francisco, Momento de oración extraordinario en tiempos de epidemia, 27 de marzo de 2020)

Se jugó hasta el final de sus días por la sublime causa de la paz, sobre todo en sus reiteradas apelaciones a la construcción de una sociedad más justa a través de la interacción comprometida de los distintos sectores y dirigencias, así como al diálogo ecuménico e interreligioso como instrumento al servicio de la fraternidad humana.

“Acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto, todo eso se resume en el verbo “dialogar”. Para encontrarnos y ayudarnos mutuamente necesitamos dialogar. No hace falta decir para qué sirve el diálogo. Me basta pensar qué sería el mundo sin ese diálogo paciente de tantas personas generosas que han mantenido unidas a familias y a comunidades. El diálogo persistente y corajudo no es noticia como los desencuentros y los conflictos, pero ayuda discretamente al mundo a vivir mejor, mucho más de lo que podamos darnos cuenta.” (Francisco, Encíclica Fratelli tutti, n. 198)

“La falta de diálogo implica que ninguno, en los distintos sectores, está preocupado por el bien común, sino por la adquisición de los beneficios que otorga el poder, o en el mejor de los casos, por imponer su forma de pensar. Así las conversaciones se convertirán en meras negociaciones para que cada uno pueda rasguñar todo el poder y los mayores beneficios posibles, no en una búsqueda conjunta que genere bien común. Los héroes del futuro serán los que sepan romper esa lógica enfermiza y decidan sostener con respeto una palabra cargada de verdad, más allá de las conveniencias personales. Dios quiera que esos héroes se estén gestando silenciosamente en el corazón de nuestra sociedad.” (Francisco, Exhortación apostólica, Encíclica Fratelli tutti, n. 202)

Mucho nos hemos lamentado de no haberlo tratado bien, de haber sido mezquinos como sociedad e incluso como Iglesia, al no acoger sus propuestas bien inspiradas, al desconfiar y retacear nuestro apoyo a tantas iniciativas en favor de nuestro pueblo. Nos queda aprender de una buena vez y no seguir castigándonos con la indiferencia, el desinterés, la agresividad permanente en el lenguaje y los gestos violentos

También nos hemos referido reiteradamente al viaje que no realizó para visitarnos. Más allá de las múltiples posibles razones invocadas, permítanme expresarles, con cierto pudor, que creo que nunca se fue del todo de su Patria porque permaneció como un interlocutor permanente en nuestras mesas y en nuestra vida social, aunque faltara el calor del encuentro con las muchedumbres de los viajes papales. Siguió poniéndole nombre a los temas difíciles e inventando palabras para expresar contenidos que nos fueran comprensibles y nos sacudieran de las modorras conceptuales —muchas veces vacías y desinteresadas de todos y de todo—, dejando caer las formalidades que fueran un lastre a la hora de afrontar un problema, y llamándonos a reconocer la complejidad de la trama que nos toca habitar y a “aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en un eslabón de un nuevo proceso.” (Francisco, Evangelii gaudium, n. 227).

En este atardecer en la casa de nuestra Madre, la Virgen de Luján, ¡cómo no sentirnos cobijados bajo su mirada mientras celebramos la entrega de Jesús y la vida de Francisco, su testigo fiel! Que Ella nos cuide y obtenga la protección de su Hijo para nosotros y nuestra Patria, para el mundo y sus muchedumbres pobres que Francisco supo amar como padre universal, en nombre de un Dios amor, todo misericordia.

EN ESTA NOTA El Papa Francisco

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