El 2 de abril de 1982, “me encontraba en el Batallón de Aviación de Combate 601 de Campo de Mayo, cuando recibimos la noticia de la recuperación del archipiélago. Era mecánico de aeronaves y al poco tiempo nos avisaron que debíamos preparar los helicópteros para ir al Sur”, contó tiempo atrás Gudiño a LOA.

“La euforia inicial de todo el país nos contagió. Estábamos entusiasmados con la idea de ser protagonistas de ese hecho histórico”, dijo.

Arribo

“Las máquinas llegaron a las Malvinas en grupos. Salimos de Buenos Aires para embarcar en Bahía Blanca en el portaaviones 25 de Mayo, pero cruzamos a las Islas en Hércules desde Comodoro Rivadavia el 13 de abril”, narró.
“Los helicópteros viajaron desarmados para que pudieran entrar en los aviones, nuestra tarea inicial fue ensamblar las palas. El tráfico aéreo era incesante por la llegada de materiales, víveres y pertrechos”, sostuvo.

“Se hicieron muchos vuelos de reconocimiento en las dos islas. Había que distinguir la tierra maciza, en los lugares donde se ubicarían los vehículos pesados de combate no podía haber turba”.

“Requisamos los equipos de radio y los paños de señalamiento, que podían brindar datos al enemigo. Por las particularidades del archipiélago, el helicóptero fue clave en la guerra, transportó personal y, más adelante, evacuó heridos”.

“En Malvinas hubo unos 25 helicópteros, presupone una tripulación cercana a las cien personas, todos de la Aviación de Ejército. Fuimos trasladando nuestra ubicación, siempre en las cercanías de Puerto Argentino. La base inicial fue MoodyBrooke, la antigua sede de los Royal Marines”, expresó.

Primero de Mayo

“A partir del primer día de mayo entramos bruscamente en la realidad, hasta ahí todo parecía una película. De repente, entramos en combate y todo cambió, especialmente nuestra conciencia”. señaló más adelante.

“Nos despertamos muy sobresaltados por la alerta roja y fuimos testigos del ataque aéreo al aeropuerto. Preparamos los helicópteros a la espera de órdenes. Después del bombardeo trasladamos personal a distintas posiciones en las Islas”, añadió.

“Desde esa fecha se incrementaron las misiones. Nos encontrábamos limitados por nuestra tecnología y sólo podíamos volar con la luz del día, que se prolongaba entre las nueve de la mañana y las cinco de la tarde”.

“En las misiones de transporte de tropas, llegamos a llevar más de las diez personas permitidas. No sabíamos si regresábamos, máxime cuando debíamos realizar vuelos tácticos a ras del suelo o el agua para evitar que nos descubrieran”.

“Íbamos entre cañadones, sin medir los riesgos de una maniobra tan complicada. Uno toma conciencia cuando vuelve a su base de operaciones. Arriba del helicóptero, en mi función de artillero me encontraba a cargo de una ametralladora”.

“No llegué a usarla. Lo más cerca fue un combate en un traslado de efectivos a Ganso Verde. Desembarcamos, recibimos fuego británico. Nos replegamos luego de cumplir con nuestro objetivo”.

“En otra oportunidad rescatamos un piloto que se había eyectado de su avión, un Mirage derribado por un Harrier inglés”, “fue llevado al hospital para que le curen la fractura de tobillo que sufrió al dar contra el suelo. Uno se siente muy bien, prima el hecho de salvar una vida”.

“Un día fuimos de Puerto Argentino hasta la isla Soledad, atravesamos la Gran Malvina y el estrecho de San Carlos, bajo dominio inglés. Volamos a ras del agua, y nos encontramos con un cardumen de atunes que saltaban a nuestro lado. Algo increíble”.

“Una mañana estábamos en un cañadón con diez helicópteros, pasó una patrulla inglesa que atacó Puerto Argentino y nos descubrió. Volvieron y un avión que le quedaban unas bombas destruyó un Chinook y un Puma. Carecíamos de defensa aérea, aunque en ese momento les tiramos hasta con piedras”, expresó Gudiño.

“En las misiones, si había alguno que no creía en Dios, seguro terminó siendo creyente. En cada regreso agradecíamos por seguir con vida. No había nada más hermoso que ver regresar un helicóptero con los camaradas. Había alivio, pero al poco tiempo nos preparábamos para otra misión”.

Y recordó: “Permanecí en Malvinas hasta el 9 de junio, una semana antes de la rendición. Mi máquina fue pintada de blanco para tareas de rescate y transporte de heridos. Como se dispuso una reducción de la tripulación, debí regresar al continente”.

“Volvimos en un avión de la Marina que aterrizó en Río Gallegos. Fue un vuelo rasante para esquivar el bloqueo inglés. Viajamos en el piso de la aeronave, en silencio y con las luces apagadas. Cuando salimos de la zona peligrosa, el avión tomó altura y se volvió a iluminar en medio de una algarabía total”.

Por Alejandro Ampuero

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