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Por Ismael Tebes. ESPECIAL PARA LA OPINIÓN AUSTRAL
Es auxiliar en una escuela, entrena dos veces por día y distribuye sus horas entre el trabajo, el gimnasio y su familia. Maximiliano Noria viene de vencer a Ezequiel Leguizamón en Caleta Olivia y sueña con ingresar al ranking nacional para tener su oportunidad por un título argentino. “Me encantaría vivir del boxeo, pero sin dejar de lado mis responsabilidades, que son mis hijos y mi familia”, afirma.
Ni siquiera el esfuerzo de una pelea, altera su rutina diaria. Hay que levantarse temprano, llevar a su hijo a la escuela, entrenar, trabajar y al final de la jornada laboral, volver al gym. Ahí donde dicen está la única verdad de los boxeadores. Así se construye la carrera del “Cubano”, lejos (por ahora) de las grandes luces y de esas carteleras nacionales televisadas que alguna vez espera protagonizar. Con sacrificio, trabajo y una rutina en la que prácticamente cada hora del día tiene un destino.
ENTRE BOXEO, TRABAJO Y FAMILIA
Noria trabaja en el Instituto “Marcelo Spínola”, donde cumple tareas de maestranza, aunque su función cotidiana comprende mucho más que la limpieza de aulas, baños y oficinas. Es parte de la comunidad educativa y allí su condición de boxeador genera curiosidad y acompañamiento. “Los chicos de la escuela en la que trabajo siempre me preguntan cuándo y dónde peleo”, subraya.
Su día comienza alrededor de las seis de la mañana. Primero lleva a su hijo de 10 años, a la escuela. Después de unos mates reparadores a las 9 comienza el primer entrenamiento en el gimnasio Mosconi. Allí trabaja hasta aproximadamente las 11 y tras retirar a su hijo, a las 13 comienza su jornada laboral hasta las 19 con otra parte del entrenamiento por cumplir. “A las 20,40 llego a casa y ahí es donde estoy con mi familia”, describe. La rutina sintetiza buena parte de la historia de un boxeador que intenta abrirse camino en el profesionalismo sin tener la posibilidad de dedicarse exclusivamente al deporte.
Es que Noria sabe lo que significa trabajar desde muy jóven. A los 15 años comenzó en la albañilería y después fue jardinero, cadete, cuidador de adultos mayores y pintor. Oficios diferentes con un denominador común: trabajar para salir adelante.
En los últimos tiempos consiguió modificar parte de aquella rutina y eso también tuvo impacto sobre su rendimiento deportivo. “Creo que llego mejor, más descansado, que era lo más importante. Antes estaba despierto catorce horas seguidas sin poder descansar y eso termina complicando tanto la cabeza como el cuerpo”, explica.
LOS GOLPES Y LA CURIOSIDAD
La relación de Maximiliano Noria con los deportes de combate nació desde la curiosidad. Desde chico le llamaban la atención las disciplinas vinculadas con la lucha y la posibilidad de aprender a defenderse, aunque su primera experiencia quedó apenas como una anécdota. “Siempre me gustaron esos deportes de saber pelear. De chico mi papá me había llevado a taekwondo, pero era medio miedoso, no me gustaba que me dejaran solo”, recuerda entre risas.
El verdadero punto de partida llegó algunos años después gracias a la sugerencia de un amigo. Fue Daniel Larrondo quien lo llevó por primera vez a practicar boxeo y Noria todavía reconoce aquel gesto como determinante: “Mi amigo me llevó. Creo que si no fuera porque él me llevó, no sería lo que soy ahora”. A partir de ahí encontró una disciplina que terminó convirtiéndose en parte fundamental de su vida.
Comenzó a boxear de la mano de Oscar Abel Ayala, el entrerriano que fue pupilo del histórico Amílcar Brusa y que durante su etapa como pugilista llegó a guantear con Carlos Monzón. Actualmente, otro ex boxeador profesional, Daniel Chazarreta, es quien conduce su preparación y marca el día a día de su evolución. Su entrenador no solamente adapta los trabajos a una agenda cargada de obligaciones, sino que también gestiona y busca oportunidades para sostener una carrera que empieza a reclamar desafíos mayores.
Además transitó por otros deportes. Practicó artes marciales mixtas y jugó al futsal, una actividad que todavía disfruta cuando las obligaciones y los entrenamientos se lo permiten. El fútbol también aparece relacionado con otro lugar importante en su vida deportiva: el club Catamarca, institución que representa cada vez que sube al ring. “Nunca me animé, pero me hubiera gustado jugar”, asevera. Finalmente fue el boxeo el que ganó la pulseada.
DEL NORTE AL SUR
Noria nació en Salta, pero hablar con él es hacerlo con alguien que se siente profundamente santacruceño. Llegó a Caleta Olivia cuando tenía apenas tres años. Su madre había viajado hacia Santa Cruz por cuestiones laborales y él terminó siguiéndola en una mudanza que terminó siendo para toda la vida. “Me trajo a mí porque yo me portaba mal y quería estar con ella. Mi hermana mayor se quedó con mi abuela en Salta. Ella vino por trabajo y de ahí no volvimos más”, detalla.
Los primeros tiempos estuvieron marcados por mudanzas y por el esfuerzo permanente de su madre para conseguir trabajo. “Fue difícil porque vivíamos de acá para allá y mi mamá siempre se la rebuscaba para trabajar de algo. Me acuerdo que vivíamos en un alquiler en el centro; yo bajaba en calzones a una tienda que estaba en planta baja y me regalaban medias y juguetes”, recuerda.
“Me crié bien y mi mamá fue la que me cuidó y creó lo que soy”, asegura. Con los años, Caleta Olivia dejó de ser simplemente la ciudad a la que había llegado siendo niño. Se transformó en su lugar en el mundo.
Hoy representa al barrio Rotary 23 y es un boxeador que ya suena conocido en el ojo del público. Por eso, aunque el documento indique que nació en Salta, cada vez que sube al ring siente que representa a la ciudad que camina todos los días.
Detrás del boxeador existe además una estructura familiar sin la cual, admite, sería imposible sostener su carrera. Reconoce en su esposa, Dana Melihuechun, una participación fundamental. Se ocupa de buena parte de la organización familiar y también colabora directamente con las exigencias que impone el deporte, especialmente con la alimentación y los horarios.
“Mis hijos también entienden todo el esfuerzo”, remarca. Mauro Adriel (10) y Joaquín (5) representan mucho más que el acompañamiento, sino la principal razón que encuentra para perseguir su objetivo. La propia experiencia de su infancia influye en esa manera de entender la paternidad: “Mi papá no pudo acompañarme mucho cuando era chico y yo quiero darles a mis hijos lo mejor. No quiero dejarlos de lado solamente por un sueño mío de ser campeón”.
Por eso, cuando habla de la posibilidad de dedicarse completamente al deporte, establece inmediatamente un límite: “Nunca voy a dejar de lado mis responsabilidades. Quiero tener a los míos siempre bien. Que no falte un plato de comida, un techo y lo más importante, el calor de familia”.
EL SUEÑO DE PELEAR POR TEVÉ
El “Cubano” siente que todavía no alcanzó su techo: “La verdad que siento que todavía sigo creciendo. Físicamente noto que sigo evolucionando y creo que todavía estoy en ese camino”.
Entre sus próximas aspiraciones aparece la posibilidad de formar parte de una cartelera importante fuera de Santa Cruz y, especialmente, combatir en Buenos Aires. “Pelear en una velada de la Federación Argentina de Box o en Buenos Aires sería un lujo. Eso sería algo grandioso. Me encantaría”, deseó.
No se trata solamente de conocer otros escenarios. Noria pretende que cada combate represente un escalón hacia el objetivo principal. Meterse en el ranking nacional y después, pelear por un título: “Eso es lo que más quiero, para dejar marcado que en Caleta Olivia el apellido Noria y mi apodo pisan fuerte. Me gustaría muchísimo meterme en el ranking y cumplir con lo que me propuse: pelear por un título argentino”. En una ciudad con historia y referentes dentro del boxeo, pretende ganarse un lugar propio.
Y como ninguna carrera se construye en soledad. Por eso, cuando enumera agradecimientos, comienza inevitablemente por su casa: “Primero que nada, mi gran mujer que se encarga de todo en casa, y mis hijos”. Después aparecen quienes colaboran desde diferentes lugares para que pueda entrenar, viajar y mantenerse competitivo.
Aportes grandes y pequeños que terminan formando parte de una misma construcción. Porque detrás de los golpes, los aplausos y una mano levantada existen factores que nadie observa. Con generosidad, sin mezquindades.
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