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Rebeca Fideleff quiere vivir. Lo deja claro cada vez que habla de su enfermedad y de la batalla que enfrenta. Pero también plantea algo que muchas veces permanece escondido detrás de las puertas de una habitación, en los pasillos de un hospital o en las conversaciones difíciles de una familia: qué ocurre cuando la medicina ya no puede curar y el cuerpo comienza a apagarse.

La Opinión Austral profundiza en la historia de Rebeca, quien tiene cáncer metastásico. Vive en Epuyén, en la Comarca Andina de Chubut, y conoce de cerca la incertidumbre que significa convivir con una enfermedad avanzada. Por esa razón, decidió iniciar una campaña para que en Argentina se discuta la legalización de la eutanasia.

No plantea que quiera morir ahora. Plantea exactamente lo contrario: quiere seguir viviendo mientras pueda hacerlo. Lo que reclama es tener una opción si alguna vez llega el momento en que la enfermedad avance, los tratamientos dejen de ofrecer respuestas y continuar signifique atravesar un sufrimiento que considere intolerable. “Tengo cáncer metastásico y no quiero agonizar cuando ya no quede nada por hacer”, expresó.

La frase es cruda porque la realidad que intenta poner sobre la mesa también lo es. En poco más de un mes, Fideleff consiguió reunir más de 25 mil adhesiones. Su historia comenzó a circular por las redes sociales y trascendió las fronteras de Epuyén. La página de FacebookPor la eutanasia legal en Argentina” se convirtió en el espacio desde donde relata su experiencia y busca sumar acompañamiento para que el tema llegue al Congreso de la Nación.

Pide “partir en paz”. De la enfermedad irreversible y el dolor a los límites de los tratamientos.

Detrás de cada firma aparece una discusión que excede ampliamente su caso. Qué puede decidir una persona sobre su propio cuerpo cuando padece una enfermedad irreversible. Hasta dónde debe llegar la medicina. Qué sucede cuando prolongar la vida significa también prolongar un padecimiento. Y quién tiene la última palabra cuando ya no existe una posibilidad razonable de recuperación.

Fideleff decidió hablar de esas preguntas desde su propia enfermedad. “Sé que, en la última etapa, el cáncer es muy doloroso y no quiero llegar a eso, tampoco que otras personas pasen por lo mismo”, manifestó. Su reclamo tiene como telón de fondo una posibilidad que ningún paciente oncológico quiere enfrentar: que llegue un momento en el que los tratamientos ya no tengan finalidad curativa y la atención médica deba concentrarse en controlar síntomas y aliviar el sufrimiento.

Ella quiere que, además de los cuidados disponibles al final de la vida, exista legalmente la posibilidad de decidir. “Yo sólo quiero que cuando llegue mi final, poder decir adiós sin dolor”, escribió. Y también lo resumió de una manera todavía más directa: “No quiero agonizar hasta el final”.

Hablar de eutanasia mientras se atraviesa un cáncer puede conducir fácilmente a una interpretación equivocada. Por eso Fideleff insiste en una diferencia fundamental. Su campaña no nace de haber abandonado la pelea por vivir. Nace, precisamente, de querer decidir hasta dónde darla.

Lucho por vivir y cuando llegue el momento quiero luchar por morir bien”, afirmó. En esa frase está concentrada buena parte del planteo que intenta instalar. Hoy pelea contra su enfermedad. Mañana, si la enfermedad avanza hasta un punto irreversible, pretende conservar la posibilidad de elegir cómo atravesar ese último tramo.

No pide una muerte inmediata sino una ley que establezca condiciones, procedimientos, evaluaciones y garantías para que una persona que reúna determinados requisitos pueda solicitar asistencia médica para morir.

El escenario que teme es concreto: encontrarse en una cama, con el cáncer extendido, sin alternativas terapéuticas capaces de modificar el curso de la enfermedad y atravesando un sufrimiento que considere insoportable, pero sin disponer legalmente de la posibilidad de ponerle fin. Es justamente ese futuro el que intenta enfrentar ahora, cuando todavía puede hacerlo públicamente.

Fideleff hoy lucha contra el cáncer. Su reclamo trascendió Epuyén y viaja por todo el país.

Más de 25 mil firmas

Lo que comenzó como el reclamo personal de una mujer de una pequeña localidad cordillerana adquirió rápidamente una dimensión nacional. En poco más de un mes, más de 25 mil personas acompañaron la petición. Cada adhesión empuja el mismo objetivo: llevar la discusión al Congreso y conseguir que la eutanasia deje de ser solamente un debate social, médico, ético o familiar para transformarse en una discusión legislativa. Fideleff utiliza las redes para contar su realidad sin esconder la palabra cáncer ni el escenario que teme porque la enfermedad dejó de ser para ella un asunto estrictamente privado.

Su diagnóstico pasó a ser también el punto de partida de una militancia que probablemente nunca imaginó protagonizar. La campaña intenta además hablar por quienes atravesaron situaciones similares y por las familias que debieron acompañar procesos de enfermedad prolongados. Porque el final de la vida no afecta únicamente al paciente. Alrededor están los hijos, padres, parejas, hermanos y amigos que acompañan el deterioro físico y, muchas veces, enfrentan decisiones extremadamente complejas.

Fideleff pide que la persona enferma pueda tener una voz decisiva sobre ese momento y diferencia “morir dignamente no es lo mismo que eutanasia”. Argentina ya cuenta con una legislación conocida como Ley de Muerte Digna, pero eso no significa que la eutanasia sea legal.

La Ley 26.742 modificó la normativa sobre derechos del paciente y reconoce que una persona que atraviesa determinadas situaciones puede rechazar procedimientos médicos, quirúrgicos, reanimación artificial o medidas de soporte vital cuando resulten extraordinarias o desproporcionadas en relación con las perspectivas de mejoría. En determinadas circunstancias también contempla el rechazo de hidratación y alimentación artificiales.

El principio es que una persona no está obligada a aceptar indefinidamente intervenciones médicas que solamente prolonguen una situación irreversible. En la muerte digna, la persona puede decidir que determinados tratamientos no continúen y la enfermedad sigue su evolución natural, con la correspondiente atención médica y paliativa.

La joven española Noelia Castillo Ramos, de 25 años, falleció el 26 de marzo de 2026 tras recibir la eutanasia en un centro sociosanitario de San Pedro de Ribas (Barcelona).

La eutanasia supone algo diferente: una intervención médica destinada deliberadamente a provocar la muerte a solicitud del propio paciente y dentro de las condiciones que establezca una legislación. Ese procedimiento no está actualmente legalizado en Argentina.

Y es precisamente allí donde apunta el reclamo. La campaña de la vecina de Epuyén aparece, además, en un momento en el que el Congreso volvió a recibir iniciativas relacionadas con la muerte voluntaria médicamente asistida. Durante mayo de 2026 fueron presentados proyectos que buscan establecer un marco legal para estas situaciones.

Uno de ellos es el expediente 2408-D-2026, denominado “Régimen de Muerte Voluntaria Médicamente Asistida”, presentado por el diputado nacional Esteban Paulón y que contempla modificaciones a las leyes 26.529 y 26.994. Pocos días después ingresó el expediente 2487-D-2026, denominado “Régimen de Asistencia en el Final de la Vida – Derecho a la Muerte Voluntaria Médicamente Asistida”, firmado por los diputados Nicolás Trotta, Jimena López y José Glinski, representante de Chubut.

La existencia de proyectos, sin embargo, está lejos de significar que la eutanasia vaya a convertirse inmediatamente en ley. El debate involucra cuestiones médicas, jurídicas, bioéticas, religiosas y culturales. También obliga a discutir cuáles serían las enfermedades o condiciones habilitantes, cómo se garantizaría que la decisión del paciente sea libre e informada, qué evaluaciones profesionales deberían realizarse y qué mecanismos deberían existir para impedir abusos.

Pero para el primer paso es que esa discusión ocurra. La vecina de Epuyén mira también lo ocurrido en Uruguay como un antecedente regional. El país vecino avanzó en 2025 con una legislación específica sobre eutanasia, incorporándose al reducido grupo de países que reconocen legalmente alguna modalidad de asistencia médica para morir bajo condiciones reguladas. Para ella, la experiencia uruguaya demuestra que la discusión también puede producirse en esta parte del mundo.

Su pedido es que Argentina atraviese su propio debate. No pretende ocultar la muerte ni suavizarla. Habla de ella mientras pelea por seguir viva. Y quizá allí radique el aspecto más fuerte de su historia.

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