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Con la imposición de la ceniza en forma de cruz sobre la frente de los fieles, la Iglesia Católica dio inicio este miércoles al tiempo de Cuaresma. En Las Heras, la celebración fue presidida por el presbítero César Heltner ante una masiva participación de la comunidad que se acercó al templo para comenzar este período de preparación espiritual que culmina en la Pascua.

Durante su homilía, el sacerdote centró su mensaje en el sentido profundo de la conversión. Recordó que la ceniza no es un gesto externo ni una costumbre social, sino un signo bíblico que expresa arrepentimiento y deseo sincero de cambio. Citando al profeta Joel —“Rasguen su corazón y no sus vestiduras”— insistió en que la Cuaresma exige una transformación real del interior de la persona.

En la tradición cristiana, la conversión no es simplemente dejar de hacer algo incorrecto. El término bíblico “metanoia” implica un cambio profundo de mentalidad, de orientación de vida y de prioridades. Es un giro del corazón hacia Dios. No se trata solo de un sentimiento pasajero, sino de una decisión concreta que compromete la voluntad y las acciones.

El sacerdote remarcó que colocarse la ceniza carece de sentido si no está acompañada por una actitud auténtica de arrepentimiento. La conversión, explicó, implica reconocer los propios errores, asumir responsabilidades y emprender un camino nuevo.

Con un templo colmado y un clima de recogimiento, comenzó así en Las Heras el tiempo de Cuaresma.

El corazón como centro de la transformación

En su predicación, el presbítero señaló que la conversión comienza en el corazón, entendido en sentido bíblico como el centro de la persona: allí donde se toman las decisiones y se definen las opciones de vida. “Rasgar el corazón” significa dejar que Dios transforme aquello que está endurecido, superficial o desordenado.

No es una conversión meramente emocional ni una promesa pasajera. Es un proceso que requiere constancia y sinceridad. En ese sentido, la Cuaresma ofrece un tiempo concreto para revisar actitudes, sanar vínculos y reorientar la propia existencia.

La Cuaresma, que se extiende durante cuarenta días, prepara a la Iglesia para celebrar el misterio central de la fe cristiana: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

El ejemplo de David y el hijo pródigo

El sacerdote evocó la figura del rey David, quien tras cometer un grave pecado reconoció su culpa y pidió perdón, mostrando que el arrepentimiento verdadero abre la puerta a la misericordia. También recordó la parábola del hijo pródigo, que decide regresar a la casa del padre después de haber errado el camino.

Ambos ejemplos reflejan el núcleo del mensaje cuaresmal: siempre es posible recomenzar cuando hay un cambio sincero del corazón.

El presbítero César Heltner presidió la celebración y llamó a vivir estos cuarenta días como un proceso auténtico de conversión interior y transformación.

Un camino hacia la Pascua

La Cuaresma, que se extiende durante cuarenta días, prepara a la Iglesia para celebrar el misterio central de la fe cristiana: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Pero ese camino no es automático ni meramente ritual. Exige una participación consciente y una renovación interior.

Al imponer la ceniza, se recuerdan palabras que resumen esta doble dimensión: la fragilidad humana —“Polvo eres y al polvo volverás”— y el llamado a la fe activa —“Conviértete y cree en el Evangelio”.

Con un templo colmado y un clima de recogimiento, comenzó así en Las Heras el tiempo de Cuaresma, marcado por un llamado claro a vivir estos días no como un rito aislado, sino como un verdadero proceso de conversión real y profunda.

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